WakfuFamilia 8
Abroché con fuerza el artefacto a mi cinturón y decidí salir de aquella gruta. Tenía que llegar cuanto antes al Puertorí
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Abroché con fuerza el artefacto a mi cinturón y decidí salir de aquella gruta. Tenía que llegar cuanto antes al Puertorífico. El sol no tardaría en ponerse y yo no tenía intención alguna de transformarme en cubito de hielo y convertirme en una nueva decoración de aquella cavidad helada.
El viento glacial era de lo más cortante. Como yo mismo lo había vaticinado, la luz solar estaba muriendo. La perspectiva de tener que seguir el mismo camino que a la ida no me hacía la menor gracia, pero ya sabes, querido diario, que unos pocos crujidores no serán los que acaben con Inkama Yons.
En cuanto salí de la caverna, tomé de nuevo el sendero más que escarpado que bordeaba el norte y este del lago. Avanzaba a duras penas por culpa de la nieve acumulada sobre la capa de hielo que constituía el suelo de la Isla Berg.
Al final del camino, llegué a una meseta nevada bastante extensa. A lo lejos, podía escuchar los lamentos de los crujidores polares. Sin embargo, un nuevo desafío se erigía ante mí: remontar el sendero que bordeaba el lago y evitar a toda costa caer en las aguas heladas me había tomado demasiado tiempo, por lo que, pronto, la luz agonizante del sol solo sería un triste recuerdo, y yo quedaría irremediablemente expuesto a las tinieblas de la noche.
Dicho y hecho: a la vez que este pensamiento me helaba el alma, la noche cayó sobre mí.
Tú me conoces, diario, a mí no me entra el pánico... pero, en aquel instante, sentí una extraña angustia agarrarse a mi garganta.
Me dejé guiar por mi incomparable sentido de la orientación y tomé lo que consideraba el sur.
La noche en la Isla Berg es extrañísima, ¿lo sabías, querido diario?
Se levantó una bruma densa que corría sobre el hielo, propulsada por fuertes borrascas de viento.
Empujado por esas borrascas e incapaz de orientarme en la bruma, creí que mi hora había llegado.
Todas las maravillosas aventuras vividas, los tesoros encontrados... Todo, para acabar así: muriendo en una isla helada completamente desierta...
No podía permitirlo. Con poco aliento, manos y pies helados, continué errando a través de la bruma durante lo que me pareció una eternidad.
Cuando las piernas empezaban a fallarme, mi sentido inkámico me previno de un evento potencialmente salvador: a una buena distancia de donde yo estaba, vi un flash luminoso seguido de un halo de luz azulada y ondulante. En todo el Mundo de los Doce, solo una cosa puede producir una luz así.
Alguien acababa de activar un zaap no muy lejos de donde yo estaba.
Animado con la idea de un mañana feliz, me lancé hacia aquella luz tan familiar.
El viento glacial era de lo más cortante. Como yo mismo lo había vaticinado, la luz solar estaba muriendo. La perspectiva de tener que seguir el mismo camino que a la ida no me hacía la menor gracia, pero ya sabes, querido diario, que unos pocos crujidores no serán los que acaben con Inkama Yons.
En cuanto salí de la caverna, tomé de nuevo el sendero más que escarpado que bordeaba el norte y este del lago. Avanzaba a duras penas por culpa de la nieve acumulada sobre la capa de hielo que constituía el suelo de la Isla Berg.
Al final del camino, llegué a una meseta nevada bastante extensa. A lo lejos, podía escuchar los lamentos de los crujidores polares. Sin embargo, un nuevo desafío se erigía ante mí: remontar el sendero que bordeaba el lago y evitar a toda costa caer en las aguas heladas me había tomado demasiado tiempo, por lo que, pronto, la luz agonizante del sol solo sería un triste recuerdo, y yo quedaría irremediablemente expuesto a las tinieblas de la noche.
Dicho y hecho: a la vez que este pensamiento me helaba el alma, la noche cayó sobre mí.
Tú me conoces, diario, a mí no me entra el pánico... pero, en aquel instante, sentí una extraña angustia agarrarse a mi garganta.
Me dejé guiar por mi incomparable sentido de la orientación y tomé lo que consideraba el sur.
La noche en la Isla Berg es extrañísima, ¿lo sabías, querido diario?
Se levantó una bruma densa que corría sobre el hielo, propulsada por fuertes borrascas de viento.
Empujado por esas borrascas e incapaz de orientarme en la bruma, creí que mi hora había llegado.
Todas las maravillosas aventuras vividas, los tesoros encontrados... Todo, para acabar así: muriendo en una isla helada completamente desierta...
No podía permitirlo. Con poco aliento, manos y pies helados, continué errando a través de la bruma durante lo que me pareció una eternidad.
Cuando las piernas empezaban a fallarme, mi sentido inkámico me previno de un evento potencialmente salvador: a una buena distancia de donde yo estaba, vi un flash luminoso seguido de un halo de luz azulada y ondulante. En todo el Mundo de los Doce, solo una cosa puede producir una luz así.
Alguien acababa de activar un zaap no muy lejos de donde yo estaba.
Animado con la idea de un mañana feliz, me lancé hacia aquella luz tan familiar.