WakfuFamilia 3
[El manuscrito ha sido escrito con tinta de muy mala cantidad, diluida varias veces sin duda. Está recubierto de polvo y
1,327 palabras
100%
[El manuscrito ha sido escrito con tinta de muy mala cantidad, diluida varias veces sin duda. Está recubierto de polvo y escarcha. Todo lleva a creer que ha sido masticado varias veces por una criatura no identificada, y faltan varias páginas.]
[...]
Hay que decir que, a pesar de lo que cuentan por ahí, no me ha ido tan bien de momento. Sí, las caracolas de las playas de Sufokia se vendían bien, pero lo que yo buscaba eran perlas o, aún mejor, ¡un mapa del tesoro dentro de una botella!
Pensaba que estaba hecho para la aventura igual que un kama está acuñado para el comercio. Eso es lo que me hizo ir a Brakmar infiltrado como comerciante de trigo. Allí, no hay lugar a dudas de que puedes encontrar gente hecha para la aventura y la acción, siempre que sepas guardarte las espaldas.
Intenté unirme a cualquier tripulación de filibusteros, pero hay muy pocos tymadores marinos dispuestos a confiar en un anutrof cuando llega el momento de repartir el botín.
El comercio me reportaba un buen peculio, aunque, a decir verdad, era una cantidad modesta. Lo que las historias no cuentan es cómo llegué a lo que pronto se convertiría en mi isla.
Con mi bolsa hasta arriba (una cantidad moderada, por supuesto), había olvidado en parte mi proyecto de aventura. En ese momento me encontré con mi viejo amigo zurcarák y antiguo asociado en la venta de caracolas: Gael Fe, conocido como "Gafe".
Él seguía con los mismos sueños de piratería. Y ese mismo día, no sé cómo, ¡consiguió que un capitán tymador apostara su propio barco en una partida de cartas!
Contrariamente a como suele ser, parecía muy seguro de sí mismo, y con razón: al parecer, otro tymador de los mares, de nombre Rex, se había puesto en contacto con él y le había asegurado que le ayudaría a ganar la partida. Todo lo que Gafe tenía que hacer era la apuesta inicial.
Al verlo venir a lo lejos como el hocico en la cara de un jabatillo, mi mano se cerró instintivamente resguardando los kamas.
Al final, ayudado por los recuerdos de juventud y los muchos vasos llenos de leche de bambú y ron, acabó consiguiendo que aflojara los cordones de mi bolsa.
[...]
La partida de cartas en sí misma es solo un recuerdo empañado de jarritas, de momentos pícaros y de la sombra de un tymador misterioso que imagino que será Rex. De él es de quien guardo un mayor recuerdo. Este último navegaba hábilmente por la sala, arengando a los grupos de filibusteros reunidos alrededor de la mesa de juegos. Animaba a nuestro adversario en las cartas al mismo tiempo que efectuaba regularmente signos cabalísticos con las manos. Con cada gesticulación misteriosa, veía como los pelos de la nuca de Gafe se ponían de punta. Así es como comunicaba la mano de su adversario...
El resto de la velada no es más que un vacío de mi memoria. Tanto que, a la mañana siguiente, me desperté en la cabina del Albatroz, nuestro nuevo navío. Salí con dificultad hasta el puente y una horrible sensación de vértigo se apoderaba de mí.
Al poner un pie en el castillo de proa, me di cuenta de que mi estado vacilante no se debía a los abusos de la noche anterior, sino a que el buque ya no estaba en el muelle y se mantenía a flote navegando a toda vela.
[...]
Como Gafe me había propuesto el puesto de capitán del navío, me tomé mi tiempo de inspeccionar un poco la nave y su tripulación. Reconocí algunas caras familiares de Sufokia y Bonta de nuestro negocio de caracolas, hecho que me tranquilizó bastante.
En cuanto al Albatroz, la situación era muy diferente: el casco necesitaba un buen enlosado y pintura fresca, las velas estaban más negras que blancas, y el puente tan resbaladizo como la piel de un pez alfombra.
Lo que más pena daba era la bandera que ondeaba en la parte más alta del mástil central: ¡la bandera de proa Smis! Hice que la bajaran.
En fin, el barco no estaba en el mejor de los estados, pero como decía mi abuelo: "A kama regalado, no le mires el cincelado".
[...]
No sé cómo pudo conseguir otro barco tan rápido, pero en cuanto lo hizo, comenzó a perseguirnos por los mares.
Durante más de una semana, podía ver, sin necesidad de catalejo, cómo su bandera negra se iba haciendo más grande. Cada día se acercaba un poco más.
No nos detuvimos en ningún puerto, por miedo a que nos alcanzara con su tripulación de filibusteros.
A veces, cuando el viento estaba a favor, tenía la impresión de escuchar el eco de sus insultos y maldiciones contra mí.
[...]
No tardaría en alcanzar mi buque, solo era cuestión de días, incluso horas. Fue entonces cuando tomé la decisión más importante de mi vida, y la más audaz.
Mi instinto de supervivencia y quizás un empujoncito del dios Anutrof, me llevaron a dirigir el navío hacia un lugar que todos los marinos temen: el mar de Brumas. Navegar por el mar de Brumas es como correr sobre manteca de jalalínea: se sabe dónde empieza, pero cuando vemos el obstáculo, ya es demasiado tarde. Ningún marino navega por esas aguas, es demasiado peligroso.
Sin embargo, no solo conseguí despistar al filibustero, sino que además me llevaba el Albatroz a una región inexplorada. Mi corazón de niño aventurero se hinchaba como un sámara en época de apareamiento.
Tranquilicé a mi tripulación lo mejor que pude, ya que no confiaba mucho en mí mismo, y navegué el Albatroz a estima. Rápidamente, el aire se volvió frío. Y tras tres días avanzando a una velocidad mínima y casi a ciegas, la bruma fue desapareciendo.
Al cabo de unas horas navegando en esta atmósfera más despejada, la tierra empezó a vislumbrarse en el horizonte. Pusimos rumbo hacia ese nuevo objetivo y pronto supimos que ninguno de nosotros conocía ese archipiélago.
[...]
No había escrito antes lo que sigue por miedo a que me tomaran por un loco. Durante el tiempo que navegamos entre la bruma, exploré la cala con el fin de hacer un inventario de lo que llevaba el barco, como potenciales recursos utilizables en el comercio. ¡A un viejo anutrof no hay que enseñarle cómo sacar beneficios! Entonces, me ocurrió la más extraña de las aventuras, hecho que puede parecer improbable en un espacio tan confinado. En efecto, tras la enésima caja de pischis ahumados abierta y que cerré rápidamente para evitar la asfixia, sentí un vértigo de lo más inquietante. Mientras veía cómo la cala se retorcía y finalmente desaparecía en un gran flash luminoso, comencé a sentirme aspirado en una especie de torbellino. A la vez que mis ojos se iban acostumbrando a la luz, me di cuenta de que era imposible que siguiera a bordo del Albatroz.
Ahora me encontraba en una habitación de madera y acero. Unos mecanismos gigantescos se perdían en la oscuridad, tanto por encima como por debajo de mí. Extraños depósitos llenos de un líquido azul claro y reluciente estaban unidos a unas máquinas de otra época. ¡Durante un instante llegué a pensar que me encontraba en el Gran Reloj de Xelor!
Ante mí aguardaba un grupo de lo que podrían parecer aventureros. Lo que más me chocó - aparte de sus ropas horteras y anticuadas que ni mi tatarabuelo habría osado vender a un superviviente del Caos de Ogrest - fue la hoja de la espada de uno de ellos.
Noqueado, caía inconsciente... Un poco más tarde me despertaba desorientado, de vuelta a la cala del Albatroz, con la cabeza dentro de una caja de pischis ahumados...
Hoy día, pienso que aquella desventura no fue más que un mal sueño, debido al inesperado encuentro entre mi cabeza y una de las vigas, tal y como testificaba el chichón que adornó mi cabeza durante varios días.
[...]
[...]
Hay que decir que, a pesar de lo que cuentan por ahí, no me ha ido tan bien de momento. Sí, las caracolas de las playas de Sufokia se vendían bien, pero lo que yo buscaba eran perlas o, aún mejor, ¡un mapa del tesoro dentro de una botella!
Pensaba que estaba hecho para la aventura igual que un kama está acuñado para el comercio. Eso es lo que me hizo ir a Brakmar infiltrado como comerciante de trigo. Allí, no hay lugar a dudas de que puedes encontrar gente hecha para la aventura y la acción, siempre que sepas guardarte las espaldas.
Intenté unirme a cualquier tripulación de filibusteros, pero hay muy pocos tymadores marinos dispuestos a confiar en un anutrof cuando llega el momento de repartir el botín.
El comercio me reportaba un buen peculio, aunque, a decir verdad, era una cantidad modesta. Lo que las historias no cuentan es cómo llegué a lo que pronto se convertiría en mi isla.
Con mi bolsa hasta arriba (una cantidad moderada, por supuesto), había olvidado en parte mi proyecto de aventura. En ese momento me encontré con mi viejo amigo zurcarák y antiguo asociado en la venta de caracolas: Gael Fe, conocido como "Gafe".
Él seguía con los mismos sueños de piratería. Y ese mismo día, no sé cómo, ¡consiguió que un capitán tymador apostara su propio barco en una partida de cartas!
Contrariamente a como suele ser, parecía muy seguro de sí mismo, y con razón: al parecer, otro tymador de los mares, de nombre Rex, se había puesto en contacto con él y le había asegurado que le ayudaría a ganar la partida. Todo lo que Gafe tenía que hacer era la apuesta inicial.
Al verlo venir a lo lejos como el hocico en la cara de un jabatillo, mi mano se cerró instintivamente resguardando los kamas.
Al final, ayudado por los recuerdos de juventud y los muchos vasos llenos de leche de bambú y ron, acabó consiguiendo que aflojara los cordones de mi bolsa.
[...]
La partida de cartas en sí misma es solo un recuerdo empañado de jarritas, de momentos pícaros y de la sombra de un tymador misterioso que imagino que será Rex. De él es de quien guardo un mayor recuerdo. Este último navegaba hábilmente por la sala, arengando a los grupos de filibusteros reunidos alrededor de la mesa de juegos. Animaba a nuestro adversario en las cartas al mismo tiempo que efectuaba regularmente signos cabalísticos con las manos. Con cada gesticulación misteriosa, veía como los pelos de la nuca de Gafe se ponían de punta. Así es como comunicaba la mano de su adversario...
El resto de la velada no es más que un vacío de mi memoria. Tanto que, a la mañana siguiente, me desperté en la cabina del Albatroz, nuestro nuevo navío. Salí con dificultad hasta el puente y una horrible sensación de vértigo se apoderaba de mí.
Al poner un pie en el castillo de proa, me di cuenta de que mi estado vacilante no se debía a los abusos de la noche anterior, sino a que el buque ya no estaba en el muelle y se mantenía a flote navegando a toda vela.
[...]
Como Gafe me había propuesto el puesto de capitán del navío, me tomé mi tiempo de inspeccionar un poco la nave y su tripulación. Reconocí algunas caras familiares de Sufokia y Bonta de nuestro negocio de caracolas, hecho que me tranquilizó bastante.
En cuanto al Albatroz, la situación era muy diferente: el casco necesitaba un buen enlosado y pintura fresca, las velas estaban más negras que blancas, y el puente tan resbaladizo como la piel de un pez alfombra.
Lo que más pena daba era la bandera que ondeaba en la parte más alta del mástil central: ¡la bandera de proa Smis! Hice que la bajaran.
En fin, el barco no estaba en el mejor de los estados, pero como decía mi abuelo: "A kama regalado, no le mires el cincelado".
[...]
No sé cómo pudo conseguir otro barco tan rápido, pero en cuanto lo hizo, comenzó a perseguirnos por los mares.
Durante más de una semana, podía ver, sin necesidad de catalejo, cómo su bandera negra se iba haciendo más grande. Cada día se acercaba un poco más.
No nos detuvimos en ningún puerto, por miedo a que nos alcanzara con su tripulación de filibusteros.
A veces, cuando el viento estaba a favor, tenía la impresión de escuchar el eco de sus insultos y maldiciones contra mí.
[...]
No tardaría en alcanzar mi buque, solo era cuestión de días, incluso horas. Fue entonces cuando tomé la decisión más importante de mi vida, y la más audaz.
Mi instinto de supervivencia y quizás un empujoncito del dios Anutrof, me llevaron a dirigir el navío hacia un lugar que todos los marinos temen: el mar de Brumas. Navegar por el mar de Brumas es como correr sobre manteca de jalalínea: se sabe dónde empieza, pero cuando vemos el obstáculo, ya es demasiado tarde. Ningún marino navega por esas aguas, es demasiado peligroso.
Sin embargo, no solo conseguí despistar al filibustero, sino que además me llevaba el Albatroz a una región inexplorada. Mi corazón de niño aventurero se hinchaba como un sámara en época de apareamiento.
Tranquilicé a mi tripulación lo mejor que pude, ya que no confiaba mucho en mí mismo, y navegué el Albatroz a estima. Rápidamente, el aire se volvió frío. Y tras tres días avanzando a una velocidad mínima y casi a ciegas, la bruma fue desapareciendo.
Al cabo de unas horas navegando en esta atmósfera más despejada, la tierra empezó a vislumbrarse en el horizonte. Pusimos rumbo hacia ese nuevo objetivo y pronto supimos que ninguno de nosotros conocía ese archipiélago.
[...]
No había escrito antes lo que sigue por miedo a que me tomaran por un loco. Durante el tiempo que navegamos entre la bruma, exploré la cala con el fin de hacer un inventario de lo que llevaba el barco, como potenciales recursos utilizables en el comercio. ¡A un viejo anutrof no hay que enseñarle cómo sacar beneficios! Entonces, me ocurrió la más extraña de las aventuras, hecho que puede parecer improbable en un espacio tan confinado. En efecto, tras la enésima caja de pischis ahumados abierta y que cerré rápidamente para evitar la asfixia, sentí un vértigo de lo más inquietante. Mientras veía cómo la cala se retorcía y finalmente desaparecía en un gran flash luminoso, comencé a sentirme aspirado en una especie de torbellino. A la vez que mis ojos se iban acostumbrando a la luz, me di cuenta de que era imposible que siguiera a bordo del Albatroz.
Ahora me encontraba en una habitación de madera y acero. Unos mecanismos gigantescos se perdían en la oscuridad, tanto por encima como por debajo de mí. Extraños depósitos llenos de un líquido azul claro y reluciente estaban unidos a unas máquinas de otra época. ¡Durante un instante llegué a pensar que me encontraba en el Gran Reloj de Xelor!
Ante mí aguardaba un grupo de lo que podrían parecer aventureros. Lo que más me chocó - aparte de sus ropas horteras y anticuadas que ni mi tatarabuelo habría osado vender a un superviviente del Caos de Ogrest - fue la hoja de la espada de uno de ellos.
Noqueado, caía inconsciente... Un poco más tarde me despertaba desorientado, de vuelta a la cala del Albatroz, con la cabeza dentro de una caja de pischis ahumados...
Hoy día, pienso que aquella desventura no fue más que un mal sueño, debido al inesperado encuentro entre mi cabeza y una de las vigas, tal y como testificaba el chichón que adornó mi cabeza durante varios días.
[...]