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WakfuFamilia 3

Cocatzín es el nombre que me dio mi padre, Cocoburio. Héroe invulnerable cuya existencia acabó brutalmente en mitad del

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Cocatzín es el nombre que me dio mi padre, Cocoburio. Héroe invulnerable cuya existencia acabó brutalmente en mitad del caos que sacudió el mundo. Los gritos y las lágrimas de un pueblo en duelo se mezclaron con los elementos desatados.

Sí, éramos huérfanos de quien nos despejaba el camino. Ahora que yo también me acerco a la nada, lego mis últimos instantes al testigo que lea estas palabras. Que el fin de los orgullosos cocodrails no se olvide. Que no quede impune a pesar de los terribles errores que me abruman.

Pero lo temía, ese impensable momento. Ese en el que nuestro emperador, nuestro astro, nuestro faro en la noche, desaparecería. Su cegadora luz terminó extinguiéndose, dejándome con las tinieblas como única guía. Yo no tenía alma de guerrero, él lo sabía. Aun así, me legó Cocobur, la espada legendaria que había tejido los hilos del destino de mi pueblo.
Tal vez se había dado cuenta de que una mente despierta sería mejor que una fuerza implacable para guiar a nuestro pueblo en el caos en que se había convertido el mundo. El arma era pesada. Los poderosos brazos heredados de mi progenitor no me permitían manejarla. Sin duda, estaba aplastado por el peso de su leyenda y de las responsabilidades que ahora me incumbían.

Nuestro mundo solo era un montón de ruinas a la deriva. Después de un éxodo agotador, nuestras frágiles embarcaciones encallaron en esta isla deshabitada. Hice lo que pude para asegurar la supervivencia de mi pueblo y darle una segunda oportunidad. Todo ello manteniendo nuestra cultura para no convertirnos en las bestias sedientas de sangre que fueron nuestros antepasados.

Esta isla, rica en recursos, aseguraría la supervivencia de los míos durante varias generaciones. Pensaba que mantenernos alejados del resto del mundo nos permitiría reconstruirnos como pueblo y pasar nuestro luto. Para que los supervivientes aprendieran de nuevo a vivir.
Pero una buena parte de ellos, sobre todo de la nueva generación, tenía otras aspiraciones. Mi autoridad como guía iba menguando poco a poco. Murmuraban que Cocoburio nunca habría dejado que los cocodrails se pudrieran en esta isla.

¿Qué más opciones tenía, además de encomendarme a nuestros dioses para trazar nuestro camino? Levantar un templo en esas extrañas ruinas de la montaña ha sido mi mayor error. Si hubiera tenido la valentía de marchar a la conquista, ¿habría sido diferente? Seguramente ese demonio no habría podido sembrar la semilla de la duda en mi mente.

Cuando comenzó la invasión de los pieles verdes, nuestra victoria parecía evidente, pero... unos días después nos dimos cuenta de nuestro terrible error. No sabría explicar la implacable violencia que los movía ni la naturaleza de su poderosa magia, pero nuestros guerreros caían derrotados.
Y, aunque vendían caras sus escamas, nuestras filas menguaban con cada crepúsculo. A pesar de mis súplicas, huir ya no era una opción. Las generaciones jóvenes habían esperado toda su existencia para participar en una batalla a la altura de las que vivieron sus antepasados. Yo solo podía ser el siniestro testigo de sus cuerpos sin vida, abandonados en el suelo.

Con intención de salvar a los que todavía se podía salvar, fui a nuestro templo acompañado de mis últimos seguidores. El demonio se regocijaba indicándome cómo llevar a cabo el ritual que lo devolvería a nuestro mundo.

Mis amigos y sirvientes más queridos derramaron su sangre en el altar para asegurar la supervivencia de nuestro pueblo. Pero, cuando el sangriento portal se abrió y el espectro de la destrucción se apoderó de mi cuerpo, un escalofrío me confirmó la evidencia: mi debilidad acababa de condenarnos a la oscuridad.
Con mi cuerpo, el demonio despedazó a los últimos supervivientes escamosos y se sació con su sangre. Impotente, mi consciencia se evaporaba como si flotara en una pesadilla escarlata. ¿Acaso el horror de la masacre despertó mi espíritu para que cumpliera con su última tarea? ¿No era lo que me deparaba el destino, que me empujaba hacia lo inevitable? Sea como fuere, durante un breve instante, pude volver a ser yo.

Con la espada símbolo de mi pueblo, puse fin al ciclo que lo ataba a ese demonio. Esta hoja, que había derramado la sangre de tantos enemigos, probó la de su portador. Un terrible alarido resonó en mis huesos mientras el alma del demonio era arrancada de mi cuerpo agonizante y encerrada en el artefacto.
Mis últimas fuerzas solo me dejaron usar la pluma con esfuerzo. Si aún queda un dios que me escuche, rezo por que esto sea suficiente, rezo por que el demonio permanezca en su tumba. Pero, si mis súplicas solo encuentran el silencio como respuesta, entonces me encomiendo a ti. Ojalá tomes la decisión correcta. No dejes que las atrocidades del pasado resurjan en este mundo.

Así termina nuestra historia... Con la sangre y la violencia que quería evitar a mi pueblo... Respirar es un suplicio, me pesan los párpados, mucho... ¿Qué es esa oscura luz? Padre... ¿has venido... a por mí?

*Una marca recta parece indicar que el brazo del cocodrail se detuvo en esta última frase, antes de caer sin vida*