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Historia del marqués de Lhambadda

por Anónimo583 palabras
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Durante mucho tiempo, he guardado mi promesa de mantener en secreto la existencia del marqués –aunque él jamás ha tenido problema para hacerse conocer sin mi ayuda-, ¡pero parece que su tendencia a meterse en problemas le ha impedido venir a comprar mi silencio este mes! Este increíble hombre es, por cierto, un excelente tema para un libro y creedme cuando digo que no voy a esperar ni un segundo más para presentarlo.

Tiene prohibida la entrada a Pandala por haber metido plantas diuréticas en los barriles de bebida sagrada de la Taberna del Pandawa Borracho dos veces el mismo día; Amayiro le odia por haber cambiado el arsenal de la milicia bontariana por escudos de espuma el día anterior a una importante conquista territorial; y Mago de Zo lo persigue desde el día en el que agujereó los frascos que se iban a utilizar en un concurso de jóvenes alquimistas en el que él sería el principal juez. El marqués de Lhambadda tiene un don particular para hacerse una cantidad incalculable de enemigos en un periodo de tiempo razonablemente corto.


Por suerte, el marqués es rico. Es muy, muy rico. Un día, me contó que lo había heredado todo de una mujer con la que había creído conveniente casarse en su decimoquinto cumpleaños y a quien ofreció una luna de miel en un barco con destino a Moon. Desgraciadamente, la novia y el navío jamás llegaron a tierra firme: él había creído pertinente agujerear el casco del barco de madrugada y escaparse en una barca. «¡¿Por qué?!», le pregunté. «Por el amor a una buena historia», respondió él antes de continuar: «Yo quería que mi herencia estuviese a la altura de mi capacidad a hacer zozobrar... corazones.» Siempre recordaré la sonrisita que tuvo a lo largo de todo el relato y siempre me preguntaré si solo decía sandeces o si realmente era tan mezquino.


El marqués siempre flirteó con las tendencias más ladinas y jamás se planteó el Bien o el Mal como líneas de conducta que deben adoptarse obligatoriamente. Alegría, desprecio o tristeza son sentimientos que él juzga con valor equivalente, si el modo que nos lleva a tal emoción vale la pena. Es un amante del caos. De hecho, yo creo que a nuestro marqués le concome un miedo inmundo que arrastra sin duda desde su infancia: ¡Le aterran las cosas monótonas! Guiado por ese miedo a pasar un solo momento sin divertirse, se presenta como el primer partidario de una vida completa y movida. En este sentido, creo que la muerte no tiene gran importancia en la ecuación de su existencia: para él, lo que se opone a la vida es el aburrimiento.


No conozco su infancia, a pesar de que creo que jamás ha llegado a dejarla atrás. Si su temperamento es aquel de un cuarentón lleno de una profunda confianza en sí mismo y de una nobleza de alma exquisita, su espíritu sigue siendo el de un niño cuyo nerviosismo es imparable. Nadie ha conseguido ni conseguirá catalizarlo jamás y nadie podrá encadenarlo a la monotonía. Si, por suerte o por divina desgracia, tuvieras la ocasión de cruzártelo, reza para no convertirte en el centro de su interés malsano. Cuando uno piensa que se divertía prendiendo fuego al bastión pirata en el que se había infiltrado, imagínate lo que pudo hacerme cuando quiso probar que un discípulo de sadida podía preferir la diversión al descanso. Los pelos quemados de mi trasero aún se acuerdan, marqués de Lhambadda.

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