La Elección de los Dioses
Fragmentos Encontrados - Tomo II
Diez dioses se reunieron alrededor de Osamodas. Diez dioses conocidos que escucharon el canto del nuevo mundo. Como es costumbre entre los dioses, cada uno de los diez se disponía a darle un don.
¡Ay, si hubieses visto a los dos dragones Uronigrido y Helioboros mientras presidían el mundo a un lado y a otro como brillantes pilares, uno negro y otro blanco!
¡Ay! Si hubieses visto las volutas azuladas enredarse lentamente alrededor de este nuevo mundo y a Spiritia aprisionándolo delicadamente entre sus anillos!!!
Quizás hubieses visto todo eso... si fueras un dios. Pero no uno cualquiera, sino uno capaz de acercarse a Osamodas: su aura es tan poderosa que rechaza a todas las entidades de débil envergadura, lo que hace que Osamodas se encuentre a salvo de importunos. «Todos los dioses menores que sueñan con ascender en la escala del panteón... merecen morir lentamente a golpe de pico de tofu». Este comentario, lanzado por el dios a quien quisiera escucharlo, acababa con los que insistían en molestarle.
Hasta ahora, nueve dioses han podido acercarse a Osamodas y sus dragones. Actualmente, cuatro se encuentran a su alrededor. Sram, encapuchado en los gruesos y oscuros pliegues de su capa, cuyos dientes brillan como pálidas medias lunas. Sadida, petrificado en una postura de sacrificio; de su máscara se desprenden gotas de luz. Anutrof, dragón de llamas y de oro que no termina de quemarse ni fundirse. Y por último Xelor: en el pasado su golpe aplastó muchos cráneos y dobló las campanas de muchos dioses, y lo mismo ocurrirá en el futuro.
De repente, se escuchó una especie de cloqueo, medio orgánico medio metálico... «¿Qué es ese ruido? ¡¿Son las oscilaciones del reloj de Xelor haciendo ruido de nuevo?!», exclamó Yopuka, que acababa de llegar.
Sacando músculo, Yopuka lanzó una mirada de reproche a Xelor.
«¡Oxidada me parece ver tu coraza, espléndido guerrero!», contestó Xelor con indiferencia. «El metal de tu armadura se estropeará, ¿o quizás uno de tus músculos?», añadió.
«Cruz, Xelor; cara, Yopuka», dijo Zurcarák para evitar que la discusión se enconara. El dios gato que reina sobre la suerte y el azar, sacó una moneda de su bolsillo con la sonrisa en los bigotes.
«¡Solo tendríais que pedirles a vuestros fieles que os dirigieran sus mejores plegarias!», exclamó Aniripsa, diosa de los cuidados y los remedios. Y la diosa Feca, la protectora, añadió: «Sobre todo habría que decirles que: 'Te lo suplico, aplasta la cabeza del crujibola, por favor, dios Yopuka' o 'Momifícame rápido, por favor, dios Xelor', ¡no son plegarias surgidas de una auténtica fe!».
«¡Ya basta, amigos!», dijo la diosa de los arqueros, la bella y temible Ocra. «Este mundo acaba de nacer, se merece toda nuestra atención... Al menos la misma atención que le prestan nuestros compañeros».
Osamodas, Sram, Sadida, Anutrof y Xelor se encontraban inclinados sobre el mundo y sus ojos tenían el color de la codicia.
«¿Pero ese mundo tiene conciencia?», preguntó Aniripsa.
«Una conciencia de recién nacido, acaba de ser creado...», respondió Osamodas. «Esperaba que... estuviéramos todos reunidos. ¡No podemos escaquearnos de la tarea que nos espera!».
Aniripsa no se esperaba ese tipo de respuesta. La situación le pareció cuanto menos extraña: ¿desde cuándo los dioses de la magia negra crean mundos? ¡Se les da mejor la destrucción!
Lanzó una mirada insistente a Osamodas, flanqueado por Sram y Xelor. Por lo que pudo ver, Sram le dirigía una sonrisa, sacando los dientes.
En cuanto a Xelor, es una minimomia peleona que, por mucho que se proteja, se desmorona como el polvo... ¡Y lo peor es que lo ensucia todo! Una verdadera plaga polvorienta, con hongos hasta las cejas, que te pegará una alergia para toda la vida (al menos esa era la opinión de Aniripsa).
Osamodas permanecía en silencio y pensaba: «crear especies diversas y variadas, con alas, con patas, con plumas, así sin orden ni concierto... para que miles de años después haya que verlas destruidas por un cataclismo y todo ¡por culpa de la distracción del dios que se limpia los dientes con su daga mientras que los demás conceden su don! ¡Todo menos eso! ¡¡¡No como la última vez!!! ¡Ni hablar! ¡Esta vez habrá orden y método!
«¡Dios Yopuka! Tu dejadez nos costó cara en el pasado... La última vez que engendramos un mundo, lo abandonaste, lo dejaste a merced de la suerte del universo. Y un meteorito chocó contra él. ¡Lo arrasó! ¡Lo destrozó! ¿Pensaste un solo momento en las almas? Sabes bien lo que me preocupo por las almas, ¡¿verdad dios Yopuka?!».
Yopuka frunció el ceño. ¿Pero qué le pasaba al viejo Osamodas? Con el humor que se gastaba, mejor era dejarlo tranquilo... ¡De todas formas, lo del meteorito no fue realmente su culpa! Además, eso pasó en un insignificante mundo azul al otro lado del universo. Aunque es verdad que dejó que un montón de criaturas más o menos reptiles se asaran, ¡Mala hierba de demonio ni más ni menos! Por lo que él sabía, el mundo en cuestión estaba mucho mejor sin ellos. La verdad es que Osamodas estaba celoso. ¿Pero de qué? Hacía tiempo que Yopuka llevaba haciéndose esta pregunta. Pasó los dedos por la vaina de su espada con aire flemático, signo de que estaba un pelín exasperado.
¡Quizás habrías podido oír un incómodo silencio invitarse entre los dioses! Anutrof lanzaba pequeños aros de llamas en un medio carente de aire, mientras que Sadida intentaba dejar el mayor espacio posible entre él y su florida cabellera. Sram, por su parte, seguía sonriendo (bueno, enseñando los dientes). Xelor intentaba reprimir un ataque de tos, mientras que Aniripsa permanecía alerta: no podía dejar que los miasmas del dios momia llegaran a sus vías nasales.
La diosa Feca sacaba brillo a su escudo al ritmo del boing boing que hacía la diosa Ocra con la cuerda de su arco. Feca había llegado la última, toda desaliñada. Zurcarák se había acercado imperceptiblemente a Yopuka, dándole vueltas a una moneda entre sus dedos. Así, si se presentaba el caso, podría separar a Osamodas y Yopuka...
«Ya está, estoy lista... Entonces, ¿qué? ¿Formamos el círculo?», exclamó la diosa Feca. Con la sonrisa en los labios y admirando su escudo, no se había enterado de nada de lo que acababa de pasar.
«¡Acerquémonos y formemos el círculo!», dijo la diosa Ocra, aprovechando la oportunidad para relajar la atmósfera... Entonces, el círculo de los diez dioses se formó.
«Con nuestra presencia, nuestro aliento y nuestra voz, damos a este mundo el fuego, la tierra, el aire y el agua. Cada criatura que viva en él estará sometida a la ley de los cuatro elementos: nosotros concederemos las fuerzas y debilidades a todos y cada uno de ellos...
¡Que aquellos que sirven a la magia negra se pongan al lado de Uronigrido, el Negro!
¡Que aquellos que sirven a la magia blanca se pongan al lado de Helioboros, el Blanco!
¡¡Que Spiritia el tornasolado una nuestros deseos en una única voluntad!!».
Aniripsa se acercó y dijo:
«Mis discípulos aniripsas serán seres de gran inteligencia y la llama del fuego blanco arderá en sus mentes y espíritus. Que las montañas revienten la corteza terrestre y que sus laderas queden bañadas con la luz y el calor. Los aniripsas vivirán en ellas y recolectarán las flores, plantas y rocas necesarias para la preparación de sus curas...».
La inteligencia. ¡Que a los discípulos de Xelor agudos de ingenio también les sea concedido este don! Que aticen el fuego negro y que el fuego negro los atraiga de vuelta... Les otorgo los desiertos áridos, se deleitarán con la sequía y jugarán con el tiempo».
«Yo quiero lo mismo para mis discípulos fecas, ¡que sean tan inteligentes como los anteriores! Serán protectores del fuego blanco; el fuego blanco los guiará y los animales confiarán en ellos. ¡Que las soleadas llanuras sean creadas y les sean concedidas!».
«¡Dos discípulos del fuego negro por los dos discípulos del fuego blanco! Discípulos osamodas, ¡seréis semejantes a mí! ¡Vuestra inteligencia será temible y vuestra resistencia asombrosa! ¡Viviréis cerca de los volcanes y en el interior de las azufreras! Seréis respetados por los dragones y las criaturas acudirán a vuestra llamada».
Yopuka, soltando una carcajada atronadora, profirió:
«Discípulos de Yopuka, ¡vuestra sangre será roja! Sacaréis vuestra fuerza del fuego, la tierra o el aire, cualquiera de ellos siempre que sea blanca... ¡Que nazcan mil montañas! En ellas resonarán vuestros cantos guerreros, ellas os protegerán en vuestro descanso...».
¡Así me gusta! ¡Que así sea también para los discípulos ocra! Acatarán la ley del aire, pero también la de la tierra y la del fuego blanco. Su visión será penetrante, ¡vivirán en las cimas las montañas, en las copas de los árboles o en las copas de los árboles de las montañas!».
«Yo, Sadida, pongo a mis discípulos bajo la protección del fuego negro, ¡a cambio tendrán que servirle! ¡También servirán al aire negro! Se alimentarán de agua y de tierra y vivirán en los bosques. Inteligentes sadidas, fabricaréis criaturas obedientes, leales y asesinas. A este mundo naciente, le lego un florilegio de árboles, musgo, plantas...».
Sadida, satisfecho, rio con sarcasmo... En ese momento, Zurcarák entonó:
«¡Zurcarák! ¡Vuestros hechizos, salidos directamente de la tierra blanca serán comparables a vuestra fuerza! Que surjan montañas y bosques, que se conviertan en vuestro hogar, en un refugio y una zona de combate a la altura de vuestras zarpas».
Anutrof dijo con voz ronca:
«Se servirán de la magia negra... mis aventureros anutrofs... Tendrán una suerte fenomenal... extraída de los abismos y de las profundidades... ¡Yo les inspiraré! Aunque se encuentren alejados en la entrañas de la tierra, lejos de la vida, nunca fallarán... ¡nunca!».
Por último, Sram murmuró:
«¡Ladrones, atracadores, mangantes, rateros, carteristas, saqueadores y estafadores! Srams, mis discípulos, os lego agilidad y fuerza. Os hago rápidos como el aire negro y amantes de la tierra negra. Sus adornos vegetales os disimularán y sus atavíos rocosos os esconderán... Seréis invisibles a los ojos de todos... ¡excepto a los míos!».
Osamodas dio una palmada:
«¡¡Ha llegado el momento de darle un nombre a este mundo!!», exclamó con un cierto tono jocoso.
«¿Has pensado en alguno?», le preguntó Yopuka.
«¡Claro! Yo he encontrado este mundo, ¡así que se llamará “Osamodia”!».
«¿“Encontrado”? ¿Quieres decir que no lo has creado?», preguntó Aniripsa, desconcertada.
«¿Y quién te da derecho a ponerle ese nombre?», gritó el dios Yopuka.
«¡Sería un inmenso privilegio acordarte eso! Ya que estamos, ¿por qué no "Mundo de Xelor"?».
«Xelor apreciará este gesto, dios Yopuka, ¡te estará más agradecido que nunca!», clamó Xelor.
«Me lo volveré a pensar dentro de un millón de años, dios Xelor», masculló Yopuka.
«Saxyfosoza es un nombre que me gusta bastante», dijo Sram.
«¿Pero qué...?». Se atragantó la diosa Feca.
«¡Son las iniciales de los diez dioses aquí reunidos!», respondió con orgullo.
«Recuerdo a esta divina asamblea que ya reinamos en otros dos mundos... llamados Zaasfyxoso y Saoxosfya...», respondió Anutrof.
«Y la musicalidad de ese nombre me hace daño en los tímpanos, dios Sram», lanzó la diosa Ocra.
«¿Y por qué no “Mundo de los Diez”?
...»
Al unísono, los dioses repitieron «Mundo de los Diez». Entonces el mundo nació y, a partir de ese momento, tuvo un nombre, fue poblado por seres y criaturas, y suscitaría el interés de los dioses más poderosos del universo, lo que vaticinaba un destino épico, heroico y en ningún caso banal.