Cuentos y leyendas del bayou, volumen 2
El silbido de la muerte
Escuchar el silbido de una vivíbora es, para la mayoría de los habitantes del bayou, un mal presagio. En cuanto a ver una cruzarse en tu camino... pocos de los que siguen con vida están dispuestos a hablar de ello, por miedo a que la mala suerte se acuerde de haberlos olvidado por el camino.
Sin embargo, la vivíbora no siempre ha estado vinculada a los oscuros presagios de la muerte. Hay que remontarse a la época en la que los dioses, arrogantes y presuntuosos, un día tuvieron a bien ignorar a la diosa de la muerte.
Tikoltenak, la capital cocodrail, suele atraer la mirada de las divinidades, a las que les gusta reunirse en ella, darle a la sin hueso mientras predicen las futuras batallas y conquistas de sus fieles. Una noche, Ixchelonia, la diosa de la noche, preguntó por qué las estrellas no tenían nombre. La luz de los astros luminosos solo brillaría plenamente cuando los seres del archipiélago de las Escamas supieran murmurar sus nombres.
Intrigados por esta repentina declaración, los dioses decidieron reunirse la siguiente luna para convertir a las estrellas en astros de pleno derecho. Todos recibieron la llamada de Ixchelonia. Todos, excepto la Reina Serpiente.
Por la mañana, Ixchelonia se retiró pensativa bajo un sol que tardaba en salir mientras que, en las oscuras entrañas de la ciudad cocodrail, Huacaraknas tejía, risueña, su telaraña. Reía porque sabía quién de los dioses no había sido invitado a la cita de la tarde. Huacaraknas bajó por su telaraña hasta las profundidades de la ciudad donde encontró a Tanatekutli, enroscada en la humedad del lugar.
Diosa de la muerte, Tanatekutli es la Reina Serpiente del reino subterráneo. Cada día y cada noche serpentea los bajos fondos de su siniestro reino. Conoce cada rincón, cada corriente de agua y cada alma perdida que habita estos muros helados.
Huacaraknas se deslizó hasta llegar a la diosa aletargada y murmuró suavemente para llamar su atención. Le habló de la cita que los dioses se habían dado para nombrar las estrellas y se sorprendió falsamente cuando la Reina Serpiente le aseguró que nadie la había avisado. Huacaraknas, riéndose ahogadamente, subió por su telaraña hasta la ciudad, mientras que una oscura ira se instalaba entre las escamas de Tanatekutli.
Al llegar la tarde, la Reina Serpiente abandonó el reino subterráneo y deslizó su cuerpo de reptil hasta la cima del templo de Cocabulia. Los dioses, sin sospechar de la ira de Tanatekutli que se les venía encima, observaban las estrellas. Dibujaban por turnos las constelaciones que iluminarían cada noche a los habitantes del archipiélago de las Escamas. De este modo, trazaron doce constelaciones en el cielo negro.
Cuando Tanatekutli apareció en la cima del templo de la Madre Escamosa, se dio cuenta de que ninguna constelación llevaba su marca. La poderosa Reina Serpiente avasalló a las otras divinidades y dibujó una decimotercera constelación en la inmensidad del cielo. De la forma un tanto angulosa de las estrellas aparecieron los hijos de Tanatekutli.
Unas vivíboras moteadas con un poderoso veneno surgieron por todo el archipiélago de las Escamas. La Reina Serpiente maldijo a los arrogantes que osaran olvidarse de ella otra vez. Hizo la promesa de que el pavor y la amenaza del veneno de las vivíboras impediría que nadie borrara el nombre de Tanatekutli de su memoria.
La fuente de la juventud
El bayou alberga numerosos sucesos y leyendas extrañas y misteriosas. Es uno de los lugares místicos de los que habla esta historia.
Érase una vez un cruel cocodrail que sembraba el terror y la destrucción en el bayou. Durante años, el cocodrail estuvo aterrando a las criaturas del archipiélago de las Escamas. Pero la traicionera vejez fue alcanzando poco a poco al cocodrail, que tomó consciencia de los límites que la edad había impuesto a su cuerpo.
En una noche triste, cuando el cocodrail apenas lograba moverse en aquel imponente manglar, se encontró un pozo que había ignorado durante tantísimos años. El cocodrail se asomó al manantial y se llevó el agua a la boca.
Entonces, ¡se obró un milagro! Las escamas desgastadas y estropeadas del cocodrail mudaron en escamas duras y brillantes. Sus dientes se afilaron y el cocodrail fue recobrando poco a poco la fuerza y la vitalidad de antaño.
Pero, en su sed de juventud eterna, el cocodrail estuvo toda la noche bebiendo de la fuente. Cuando, una mañana, el cocodrail se asomó al manantial inagotable, descubrió un reflejo de lo más extraño. Al darse cuenta de que había alcanzado el tamaño de un simple lagarto, se asustó y huyó hacia el oscuro bayou. Ninguna criatura del archipiélago volvió a oír hablar del terrible cocodrail que había estado tantos años causando estragos en el bayou.