Seis Dofus
Fragmentos Encontrados - Tomo V
Los dofus emiten pulsaciones y difunden la armonía en el mundo. Numerosos pequeños dioses, dioses menores, minoritarios, diosecillos, se van interesando más por el Mundo de los Diez. Los demonios también, tales como Rushu, uno de ellos, y no de los menos importantes.
Los diez dioses siguen con interés la evolución del mundo. Nubes regordetas y bien cargadas se mecen en el cielo, las dos luces celestes alternan su camino a paso lento, uno la noche y otro el día. El mundo está cubierto de montañas, bosques, llanuras, ríos, riachuelos y mares. Eso y los géiseres humeantes que revientan la tierra con el chorro sordo del agua. La vida ha florecido por todo el mundo. La hierba ríe mecida por el viento cálido y húmedo de las praderas. Las semillas germinan de mil formas. Los pueblos de los fieles han levantado civilizaciones. Los huevos de los dragones laten al unísono, y su aura propaga la armonía.
Los tres dragones de Osamodas han creado un mundo influenciable por la magia, la blanca y la negra. Y una multitud de dioses pequeños no ha dejado de crecer: dioses sin fieles, jóvenes e incultos... Uno ha elegido domicilio en una hoja de fresno, otro remoja los pies en una gota de rocío. Pueblan el mundo con su minúscula y encantadora presencia.
Y las legiones de demonios codician también este mundo que, rumor o habladurías, ha sido creado por la garra de Osamodas, un dios que se parece, hasta el punto de confundirlo, a ¡un demonio! Pequeños y grandes, demonios mayores y menores, todos se amontonan alrededor de este planeta lleno de vida. Naturalmente, les está prohibido poner ni un solo dedo peludo más allá de los límites conocidos de todos los demonios. Un pacto se firmó entre los dioses de aquí y los demonios de allá. Este pacto prohíbe a los demonios invadir el Mundo de los Diez...
No hay que compadecerlos, ya que el que conoce a los demonios sabe que hay buenas razones para que estén encerrados en un plano infernal hecho de azufre y de piedras, seguramente lleno de buenas intenciones, pero con un clima muy cálido, o, mejor dicho, sofocante y bastante difícil de vivir.
Se amontonan más allá de esta barrera invisible. Los más ruidosos son los demonios pequeños, el demonio de las heces, el del moho, el del pus amarillo, el del pus verde, el de los cadáveres y de los gusanos blancos, el demonio del forúnculo y de la verruga... En fin, todo el populacho demoníaco, curioso y agitado, como en los días de fiesta.
Gritos y protestas se levantan de entre el bullicio. Es Rushu, el demonio más poderoso del Krosmoz. Se abre paso entre sus congéneres a latigazo limpio. Pitones, mechones incandescentes, dientes y hasta trozos de ojos o de orejas salen volando alrededor de él. Se pone delante de los otros, abriéndose paso a codazos para ver lo que se trama en el Mundo de los Diez. Llama a los dioses:
«¡Mis hermanos! Pero ¿qué pasa en este mundo para que le dediquéis toda vuestra atención?».
«¡No estás invitado a unirte a nosotros, Rushu!», ruge el dios Yopuka. «¡Cinco dioses de magia negra y cinco de magia blanca son una garantía de equilibrio! ¡Y cuán raro es esto!».
Rushu entrecierra los ojos; pasa su lengua incandescente por sus dientes afilados, algo que, fuera de la boca de Rushu conduciría a provocar efectos monstruosos y terroríficos. Se oye un silbido estridente.
«Bien, señor Yopuka... Así será —se mofa Rushu— respetaré el pacto y respondo de mis demonios como de mí mismo...». Rushu golpea la cabeza de un pequeño demonio escarlata, cuya piel chisporrotea un poco más con cada golpe. La diosa Feca acerca imperceptiblemente su escudo contra su pecho.
«¿Y qué pasa con los dofus? ¿Hay huevos sagrados en este mundo?», pregunta Rushu con un aire falsamente inocente.
«Es posible», dice la diosa Ocra. Ella siente vibrar su arco en la mano, como una invitación a no decir nada más. El demonio añade, con un tono inocente: «¿No está poblado este mundo de dragones?».
«¡Ciertamente sí!», admite la diosa.
«Podremos afirmar la presencia de dofus cuando comiencen a latir. Y, para eso, para contar sus pulsaciones, nos hace falta un reloj, ¡un reloj divino!», clama Yopuka.
«Y quien mejor que tú podría fabricarlo, ¿no, Xelor?», dice el dios felino Zurcarák. Xelor esboza una sonrisa bajo sus vendas.