Las zarzas de Sadida
Las zarzas petrificadas que marcan este lugar fueron terribles verdugos: redujeron a harapos al único títere viviente de Incarnam.
¿Cómo es posible que un ser así existiese? La mayor parte de los relatos dicen que el dios Sadida, una noche de luna llena, bailó con uno de los espantapájaros de entrenamiento de la torre de los kerubimes después de una velada con Pandawa y Zurcarák, en la que no faltó la bebida. Un baile con el Maestro de las Muñecas puede tener efectos inesperados: el maniquí, habiendo probado los placeres de moverse, dejó su empleo de recibe-tortas y se marchó a descubrir las delicias de pasear por los campos de Incarnam. Se talló una máscara de madera a modo de cara y, fiel a su papel original, ayudaba a los jóvenes aventureros en su aprendizaje.
Pero, por mucho que se moviera, aún le faltaba algo a aquel títere: un alma. Con el paso de los años, estaba seco, duro, roto... Su carácter amable dejó paso a una malicia que se alimentaba de rencor y envidia. Se regocijaba con los golpes bajos, parecía que le gustaba fastidiar a los que había ayudado en otro tiempo.
Cansado de escuchar hablar de lo malvada que era su creación de una noche, Sadida decidió intervenir. Interrumpió una de sus cotidianas siestas y sorprendió al títere haciendo una de sus fechorías. La sentencia fue brutal: el Dios Frondoso invocó unas zarzas, que deshilacharon al espantapájaros. Trozos de paja y de trapos se dispersaron en el viento. En cuanto a la máscara de madera, nadie sabe lo que le pasó...