La elección del presidente Seryph
Entrevista con Kelerog y Seryph
Seryph, discípulo de Feca, se unió al gremio en el 638. Por aquel entonces, el conde Razof seguía siendo el presidente. Seryph y Kelerog fueron raras excepciones al reclutamiento en esa época. El gremio sufría una alarmante escasez de miembros, sobre todo de cazadores.
Seryph, que era un gran luchador, se unió con el propósito de poner sus talentos al servicio de la causa.
Cuando Kelerog ingresó en el gremio tres años más tarde, él y Seryph comenzaron a trabajar juntos. Desde un primer momento, encajaron a la perfección y completaron muchas misiones en pareja. Cito: «Seryph era la mente y el escudo y yo, la fuerza bruta. ¡Así éramos capaces de todo!». – Kelerog
Seryph y Kelerog pasaban todo su tiempo fuera del gremio llevando a cabo las misiones que se les asignaban. El conde Razof, presidente en aquel momento, no les daba descanso. «Sois los cazadores más competentes de nuestro gremio», decía, «y nos faltan efectivos. Siento imponeros este ritmo de vida, pero no tenemos elección».
Kelerog y Seryph no cuestionaban las órdenes. Les gustaba salir de misión juntos. Y, aunque sabían que el conde en realidad no lo «sentía» tanto, también eran conscientes de que tenía razón: claramente no eran bastantes como para permitirse el lujo de remolonear.
Pero fue precisamente su ausencia casi constante en el gremio lo que despertó las sospechas de estos dos hombres. Ellos, cazadores, apenas pasaban tiempo en el gremio, y sabían que los alquimistas también estaban siempre ocupados en el castillo de Amakna. En resumen: prácticamente nunca había nadie en los campamentos y bastiones del gremio, salvo el propio presidente. Pero... ¿de verdad estaba allí?
Fue al desobedecer cuando Seryph y Kelerog descubrieron que el conde Razof, en realidad, nunca estaba en su puesto. O casi nunca, excepto cuando sabía que Seryph, Kelerog u otros miembros del gremio regresaban para informar. Gracias a ellos, se destaparon las fechorías del conde Razof y se decretó su expulsión del gremio (véase «La expulsión del conde Razof», de Amelia Moniaco»). No obstante, aquel destierro trajo consigo una gran responsabilidad: la presidencia quedó vacante. Pese a ello, los miembros continuaron con sus misiones, dirigidos por sí mismos, pero tal situación podría desembocar rápido en el caos. Seryph, preocupado por la deriva de un gremio descabezado, intentaba asumir las responsabilidades de la presidencia cuando disponía de algo de tiempo.
Lamentablemente, Seryph sufrió una grave herida en una de sus misiones. Su pierna quedó tan dañada que tuvo que retirarse del combate. No tardó en confesarle a Kelerog su intención de abandonar el gremio de los cazadores. Se consideraba inútil en aquellas condiciones. Creía que su tiempo había terminado. Pero no contaba con que Kelerog, su fiel camarada, alzase la voz para decirle lo que todos los demás pensaban: ¡el gremio lo necesitaba! Los efectivos escaseaban, sobre todo los cazadores, y perder a alguien tan inteligente y talentoso como Seryph sería un duro golpe en plena crisis. Aunque ya no fuese útil sobre el terreno, por dentro todos sabían que Seryph debía quedarse con ellos. Que Seryph debía guiarlos. Solo había una persona que no estaba del todo convencida: el propio Seryph. Insistía en que Kelerog era quien realmente merecía el puesto de presidente.
Kelerog, por su parte, admitió que ese tipo de responsabilidad no era para él. «Soy un hombre de acción, ¡a mí no me metáis en papeleos!».
Tras estos debates entre ellos, Kelerog organizó una votación para elegir al nuevo presidente. Quería demostrarle a Seryph que tenía madera de presidente y que esa era la voluntad de todo el gremio. Kelerog estaba muy seguro. Sabía de buena mano que no lo elegirían a él.
¡En el 645, Seryph fue elegido oficialmente presidente del gremio de cazadores! Nombró a Kelerog como teniente y le prometió que, sin importar su rango, nunca tendría que hacer papeleos.