Trozo de pergamino
Hay muchas historias que empiezan como la de nuestro héroe. Una historia que podemos contar cuando estamos entre amigos alrededor de un fuego o cuando estamos con la familia tranquilamente sentados junto a la chimenea del salón. Puede compartirse en el devenir de una conversación de taberna o, mucho más sencillo, encontrarse entre las páginas de un hermoso libro. ¿No se suele decir que los libros son mundos abiertos a cualquier aventura? Quizás esta historia te embarque en una bella epopeya. ¿Quién sabe?
En un reino no tan alejado del tuyo, un héroe curioso y erudito estaba en busca de una ancestral receta de cuya existencia le había llegado el rumor. Una pócima capaz de concederle un gran y preciado poder: el de descifrar sin dificultad cualquier idioma del mundo y, con ello, tener acceso ilimitado a todos los conocimientos. El héroe, valiéndose de su juventud y de su audacia, se puso a buscar la preciada obra que contenía la receta que tanto ansiaba. Le aconsejaron que preguntara a los profesores y a los sabios de la pequeña ciudad donde vivía, pero muy pronto se dio cuenta de que nadie podría serle de gran ayuda.
Tras largos meses, por fin encontró el objeto de su búsqueda en un pueblo de Amakna. Había investigado mucho en los lugares de ciencia de los alrededores, pero aquello no había sido en vano, ya que por fin tenía la preciada obra en sus manos. Tomó el hermoso libro encuadernado en cuero, lo abrió y empezó a leerlo.
Los capítulos se sucedían ante sus ojos maravillados, las palabras se encadenaban a una velocidad increíble y las páginas pasaban con un gesto enérgico y preciso. Nuestro héroe estaba ensimismado en su lectura, como si estuviera atrapado en el agitado corazón de un tornado, sin poder escapar. El corazón le dio un vuelco cuando descubrió las líneas que hacían referencia a la receta de la pócima. La sorpresa y la desesperación se apoderaron por completo de él cuando descubrió las páginas desgarradas y arrancadas en lugar de la receta tan deseada. No quedaba nada de aquellas líneas. Nuestro héroe, muy apesadumbrado, dejó el libro abierto y ya se disponía a abandonar su búsqueda cuando se dio cuenta de que había algunas palabras inscritas en una página virgen de la obra. Las palabras aparecían y componían oraciones que, al final, resultaban ser una serie de indicaciones.
«Desde hace siglos y siglos, alquimistas procedentes de todo el Mundo de los Doce han trabajado en esta pócima capaz de conceder una gran reputación. Si las palabras de todos los dialectos e idiomas deseas comprender y aprender sin dificultad, recompón este capítulo encontrando las páginas perdidas en los lugares donde el silencio y el saber son los soberanos. La perseverancia y la valentía serán tus mejores aliadas en esta búsqueda».
Nuestro héroe releyó aquellas palabras, las copió con atención y guardó el pequeño pergamino en su bolsa, listo para seguir el camino de la aventura y lleno de emoción. No sabía cuándo, pero daría con aquella receta antes o después. Nuestro héroe se preparó con precaución para la larga aventura que lo aguardaba. Solucionó algunos trámites y se despidió de su familia y de sus amigos, a quienes creía que no volvería a ver hasta que pasaran unos años.
Comenzó su aventura atravesando un puente y justo después un extraño bosque lleno de árboles y de plantas que no había visto nunca. La fauna y la arquitectura de aquella isla lo cautivaron tanto que decidió invertir parte de su tiempo en recorrerla, sin olvidar nunca el objeto de su búsqueda. En un pueblo, encontró una biblioteca pequeña y acogedora. Nuestro héroe conoció a los asiduos del lugar; estos, aunque desconfiados al principio, al final aceptaron conversar con el aventurero. Este último se llevó una grata sorpresa cuando encontró un primer trozo de página cuyas inscripciones era incapaz de descifrar. Pensó que aquello debía de formar parte del sortilegio que guardaba celosamente la receta de la pócima: mostrar la receta final solo cuando todas las páginas hubieran sido encontradas. Con el corazón afligido después de dos años de descubrimientos tan impresionantes como enriquecedores, dejó la isla a bordo de un pequeño navío mercante que lo llevó hasta una gran ciudad portuaria.
No fueron el movimiento de los barcos ni los olores del mar lo que más perturbó a nuestro aventurero. Un día, había leído una reseña que hablaba sobre aquella ciudad, pero nada coincidía con las descripciones: todo era más bello, más soleado, más grande. Se instaló en una casita alquilada, pensando que tenía muchas cosas que descubrir allí. Recorriendo los mercados, las tabernas y los lugares de ciencia, conoció a más gente y aprendió a descifrar algún que otro lenguaje antiguo. Mientras registraba el archivo de un conocido lugar de ciencia de la ciudad, nuestro héroe se topó con una segunda página del libro que contenía la receta de la pócima deseada. Había pasado otro año, y ya era hora de que nuestro aventurero siguiera su camino hacia otro destino.
Unas semanas después de abandonar la ciudad portuaria y tras recorrer pueblos, landas, llanuras y lugares peligrosos, atravesó las puertas de una gran e impresionante ciudad. Nunca había visto una de ese tamaño: el pavimento, la agitación, los ciudadanos, los vendedores, todo era algo nuevo para nuestro aventurero. Quería instalarse en un sitio cómodo, así que, debido a que el precio del alquiler era mucho más elevado que en cualquier otro sitio, tuvo que ponerse a trabajar. Aprendió algunas nociones de caza y a coser la ropa y su propio calzado, y también el trueque y la venta. Finalmente, encontró un modesto trabajo de archivista en la biblioteca principal. Las secciones y las obras de la biblioteca, tan imponente como la ciudad que lo había acogido, parecían no acabarse nunca. Pero, por muy agotador que fuera su trabajo, nuestro aventurero no se rindió y tuvo todo el tiempo del mundo para dedicarse a sus investigaciones. Una noche, antes de marcharse, encontró una tercera página mientras ordenaba la última estantería y la escondió en su bolsa para después analizarla en casa. Acababan de pasar tres años desde que había abandonado la ciudad portuaria, y su trabajo empezaba a dar sus frutos. Había llegado la hora de encontrar la penúltima página de la receta y de ponerse en marcha hacia nuevos horizontes.
El viaje hacia el norte le llevó un mes, en el que hizo muchos descubrimientos. ¡El aventurero llegó a una ciudad tan grande como la anterior y mucho más radiante! En ella uno se sentía en paz y muy a gusto. Nuestro héroe había ahorrado el dinero suficiente como para vivir cómodamente, y pudo pasar los días sin trabajar, demorándose en la gran biblioteca y paseando por las callejuelas llenas de transeúntes que siempre estaban de buen humor. Descubrió la cuarta página atrapada entre dos obras colocadas en una cajita de cartón: ¡nadie habría imaginado encontrarla allí! Su perseverancia estaba tan intacta como el primer día. Con la fuerza que le daba su último descubrimiento, empaquetó sus efectos personales y volvió al lugar donde todo había empezado, convencido de que, por entonces, no había buscado bien.
Tras siete años de viajes, de descubrimientos, de encuentros y de aventuras, volvía a casa.
Para nuestro aventurero, el pueblo seguía como antes. Sus amigos habían envejecido, y él también; también era más sabio y más culto. De nuevo en la biblioteca donde su búsqueda había empezado, inspeccionó un rincón que solo él conocía: una pequeña sección dedicada a la literatura antigua. Nuestro héroe se topó justo con la página tan querida, esperada y deseada.
Su búsqueda había acabado; ya solo le quedaba una simple tarea por hacer: recomponer las páginas y la obra. No había sufrido el paso del tiempo: era igual de hermosa, estaba igual de limpia, con su cubierta de cuero, y seguía esperando a que el aventurero regresara. Este la abrió por donde las páginas habían desaparecido y, de pronto, brillando cual estrella, la obra se recompuso y se cerró bruscamente. Con las manos temblorosas y el corazón palpitante, nuestro héroe se sentó y colocó el libro ante él. Lo abrió por la mitad y pasó las páginas hasta llegar a la receta. El corazón le dio un vuelco cuando descubrió que las páginas no contenían anotación alguna. Lo que antes había sido indescifrable se había vuelto invisible.
Fueron muchas las ideas que se le pasaron por la cabeza. El héroe, que creía que había llegado al final de su búsqueda y que podría por fin elaborar y probar la pócima, veía como su trabajo había sido en vano. No quedaba nada; creía que ya no tenía nada. Pero estaba completamente equivocado, y la obra le abrió los ojos: tal receta jamás había existido, pues no habría servido para nada. Al investigar, al viajar y al aprender los idiomas de los lugares por los que había pasado, el aventurero había aprendido más de lo que ningún libro podría enseñarle jamás. Lo único que resulta de utilidad para quienes buscan el conocimiento, los eruditos y los curiosos, es la perseverancia y la voluntad de aprender. La búsqueda de la receta solo era un señuelo para que nuestro héroe comprendiera que la vida no se reduce a tomar una pócima y ya está, sino que todo es posible a base de trabajo.
Un libro es un universo entero en el que tienen lugar las aventuras más hermosas; esta historia es la prueba de ello. Nunca subestimes el poder que una historia puede transmitirte, pero, sobre todo, nunca te des por vencido: tú eres el único responsable de tus éxitos. La historia de nuestro héroe ha recorrido todo el mundo y, desde entonces, ya solo se lo llama por su apodo, el «Peregrino del saber».