Trozo de pergamino
Para nuestro aventurero, el pueblo seguía como antes. Sus amigos habían envejecido, y él también; también era más sabio y más culto. De nuevo en la biblioteca donde su búsqueda había empezado, inspeccionó un rincón que solo él conocía: una pequeña sección dedicada a la literatura antigua. Nuestro héroe se topó justo con la página tan querida, esperada y deseada.
Su búsqueda había acabado; ya solo le quedaba una simple tarea por hacer: recomponer las páginas y la obra. No había sufrido el paso del tiempo: era igual de hermosa, estaba igual de limpia, con su cubierta de cuero, y seguía esperando a que el aventurero regresara. Este la abrió por donde las páginas habían desaparecido y, de pronto, brillando cual estrella, la obra se recompuso y se cerró bruscamente. Con las manos temblorosas y el corazón palpitante, nuestro héroe se sentó y colocó el libro ante él. Lo abrió por la mitad y pasó las páginas hasta llegar a la receta. El corazón le dio un vuelco cuando descubrió que las páginas no contenían anotación alguna. Lo que antes había sido indescifrable se había vuelto invisible.