Trozo de pergamino
Comenzó su aventura atravesando un puente y justo después un extraño bosque lleno de árboles y de plantas que no había visto nunca. La fauna y la arquitectura de aquella isla lo cautivaron tanto que decidió invertir parte de su tiempo en recorrerla, sin olvidar nunca el objeto de su búsqueda. En un pueblo, encontró una biblioteca pequeña y acogedora. Nuestro héroe conoció a los asiduos del lugar; estos, aunque desconfiados al principio, al final aceptaron conversar con el aventurero. Este último se llevó una grata sorpresa cuando encontró un primer trozo de página cuyas inscripciones era incapaz de descifrar. Pensó que aquello debía de formar parte del sortilegio que guardaba celosamente la receta de la pócima: mostrar la receta final solo cuando todas las páginas hubieran sido encontradas. Con el corazón afligido después de dos años de descubrimientos tan impresionantes como enriquecedores, dejó la isla a bordo de un pequeño navío mercante que lo llevó hasta una gran ciudad portuaria.
No fueron el movimiento de los barcos ni los olores del mar lo que más perturbó a nuestro aventurero. Un día, había leído una reseña que hablaba sobre aquella ciudad, pero nada coincidía con las descripciones: todo era más bello, más soleado, más grande. Se instaló en una casita alquilada, pensando que tenía muchas cosas que descubrir allí. Recorriendo los mercados, las tabernas y los lugares de ciencia, conoció a más gente y aprendió a descifrar algún que otro lenguaje antiguo. Mientras registraba el archivo de un conocido lugar de ciencia de la ciudad, nuestro héroe se topó con una segunda página del libro que contenía la receta de la pócima deseada. Había pasado otro año, y ya era hora de que nuestro aventurero siguiera su camino hacia otro destino.
Unas semanas después de abandonar la ciudad portuaria y tras recorrer pueblos, landas, llanuras y lugares peligrosos, atravesó las puertas de una gran e impresionante ciudad. Nunca había visto una de ese tamaño: el pavimento, la agitación, los ciudadanos, los vendedores, todo era algo nuevo para nuestro aventurero. Quería instalarse en un sitio cómodo, así que, debido a que el precio del alquiler era mucho más elevado que en cualquier otro sitio, tuvo que ponerse a trabajar. Aprendió algunas nociones de caza y a coser la ropa y su propio calzado, y también el trueque y la venta. Finalmente, encontró un modesto trabajo de archivista en la biblioteca principal. Las secciones y las obras de la biblioteca, tan imponente como la ciudad que lo había acogido, parecían no acabarse nunca. Pero, por muy agotador que fuera su trabajo, nuestro aventurero no se rindió y tuvo todo el tiempo del mundo para dedicarse a sus investigaciones. Una noche, antes de marcharse, encontró una tercera página mientras ordenaba la última estantería y la escondió en su bolsa para después analizarla en casa. Acababan de pasar tres años desde que había abandonado la ciudad portuaria, y su trabajo empezaba a dar sus frutos. Había llegado la hora de encontrar la penúltima página de la receta y de ponerse en marcha hacia nuevos horizontes.
El viaje hacia el norte le llevó un mes, en el que hizo muchos descubrimientos. ¡El aventurero llegó a una ciudad tan grande como la anterior y mucho más radiante! En ella uno se sentía en paz y muy a gusto. Nuestro héroe había ahorrado el dinero suficiente como para vivir cómodamente, y pudo pasar los días sin trabajar, demorándose en la gran biblioteca y paseando por las callejuelas llenas de transeúntes que siempre estaban de buen humor. Descubrió la cuarta página atrapada entre dos obras colocadas en una cajita de cartón: ¡nadie habría imaginado encontrarla allí! Su perseverancia estaba tan intacta como el primer día. Con la fuerza que le daba su último descubrimiento, empaquetó sus efectos personales y volvió al lugar donde todo había empezado, convencido de que, por entonces, no había buscado bien.
Tras siete años de viajes, de descubrimientos, de encuentros y de aventuras, volvía a casa.