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La jarra de Pandawa

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Un día, el dueño de la taberna de Incarnam invitó a las almas que estaban de paso a un trago. Algunos clientes se sorprendieron de que no sirviera cerveza. La razón era muy simple: desde que la Señora del Bambú pasara por su taberna, sus barriles estaban condenados a permanecer vacíos.

En una calurosa tarde verano, el tabernero vio con sorpresa como la mismísima Pandawa entraba en su establecimiento. La diosa se acercó a la barra con paso titubeante y pidió «cerveza hasta apagar mi sed», sosteniendo una jarra vacía de tamaño gigantesco.

Después de haberse bebido de un par de tragos toda la birra que había, Pandawa le ordenó servirle todo lo que tuviera en la bodega. Desbordado por la situación, lo hizo sin chistar. Cuando las barricas estuvieron vacías, la diosa siguió con las reservas del futuro: bebió toda la cerveza que debía servirse a los clientes durante los siguientes mil años.

Satisfecha temporalmente, Pandawa eructó de una manera brutal, le dio las gracias al tabernero, que se quedó pasmado, y se fue como había venido: zigzagueando. Pero olvidó su jarra.

Desde aquel día, las únicas bebidas que se sirven en Incarnam son la limonada y la leleche.

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