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Las colas bífidas de Osamodas

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Hubo un tiempo en el que un yopuka cazador de dragones recorría Incarnam armado con una espada de más de dos metros de largo y con un casco que le oscurecía tanto la vista como el espíritu. Se pensaba descendiente del difunto Rykke-Errel (aunque todo el mundo le aseguraba que el paladín había muerto sin descendencia). Arremetía contra todo aquello que tuviera escamas u osara cruzarse en su camino: ni siquiera los gobios estaban a salvo de su irracional venganza.

Se cuenta que, una noche de niebla, el cazador encontró un dragón. ¿Era un verdadero dragón o más bien un reptil de tamaño poco habitual? Nadie lo sabe. El yopuka sorprendió a la criatura en pleno sueño. Dejándose llevar por su relativo valor, emprendió la matanza. La bestia se despertó y esquivó el ataque, pero de un golpe el yopuka cortó limpiamente sus múltiples colas bífidas.

Como lo malo nunca viene solo, aquel monstruo resultó ser una de las mascotas favoritas de Osamodas. El Gran Conjurador no tardó en manifestarse. Castigó enseguida la afrenta hecha a su protegido: transformó al pobre yopuka en una larva temblorosa y, luego, se la comió sin ni siquiera cocinarla, solamente le añadió un poco de ajo para darle sabor.

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