Del Wakfu
El Wakfu es un perpetuo flujo de vida, que atraviesa todas las formas dándoles una sustancia. Todo es Wakfu y todo vuelve al Wakfu, en un ciclo eterno inalterable.
¿Nada? Durante mucho tiempo se ha pensado que nada podía modificar el desarrollo de la vida, sin embargo numerosos investigadores demostraron que era posible que el Wakfu se solidificara, formando cristales, incluso chicles. Parecería absurdo decir que lo que está en movimiento pudiera pararse, pero las pruebas aportadas no pueden seguir desestimándose: algunas rocas, algunos suelos con propiedades absorbentes son capaces de retener Wakfu.
Esta retención podría tener consecuencias nefastas en el entorno más cercano, que llamamos Stasis. Sí, la Stasis, esa misteriosa energía, que algunos consideran opuesta al Wakfu, como si fuera «maléfica», no sería pues «otra» energía, sino un estado del Wakfu, Wakfu paralizado.
Sin entrar en detalles, ya que siempre habrá tiempo de hacer inventario de formas cristalizadas, lo que nosotros conocemos con el nombre de Stasis estaría formado por radiaciones emitidas por el Wakfu paralizado.
Intentemos visualizar por un instante el Wakfu como un fluido compuesto por pequeños círculos azules sonrientes. Mi mano es el receptáculo y la propiedad de mi mano es la capacidad de cerrarse para atrapar el fluido. Una porción de Wakfu atrapada en mi mano, ya no puede escaparse. Los círculos azules empiezan a angustiarse y a ponerse nerviosos. Cuanto más nervioso se pone un círculo azul, más cuadrado se vuelve, luego angular y, al final, se vuelve rojo. Cuando está al rojo vivo, es que está furioso.
El Wakfu furioso emite una radiación roja que «contamina» lentamente lo que está alrededor del receptáculo. Pero «contaminación» no es la palabra, ya que esas radiaciones, que hemos bautizado como Stasis, se alimentan de Wakfu, se «comen» el Wakfu del que disponen para convertirlo en Stasis.
¿Qué pasa si abro la mano? Si lo hago rápidamente, antes de que las radiaciones sean demasiado potentes, el Wakfu se vuelve redondo y continúa alegremente con su baile. Si espero demasiado tiempo, la carga de odio acumulada provocará una explosión de Stasis desde la apertura, una deflagración y después el Wakfu volverá al Wakfu.
La cuestión es la siguiente: si el Wakfu está en todas partes y si una cantidad ínfima de radiaciones de Stasis es capaz de comerse de manera exponencial el Wakfu que le rodea, ¿por qué no se ha transformado ya todo el Wakfu, ya que se han producido cantidades de Stasis para nada despreciables?
Los primeros experimentos llevados a cabo por los discípulos de Otomai concluyeron que la Stasis tenía fecha de caducidad si se suprimía su fuente. De este modo, si mi puño se mantiene cerrado, las radiaciones que se emiten seguirán propagándose, pero si abro mi mano, llegará un momento en que la Stasis se agote, pierda su densidad y acabe por desvanecerse.
Lejos de ser puramente letales, las radiaciones de Stasis pueden canalizarse y utilizarse para alimentar generadores, máquinas o para curar algunos males. Pero cuando se trata de una cantidad muy grande, la Stasis es destructiva. Del mismo modo que el Wakfu desenfrenado causa estragos a su paso. Finalmente, no existe ni el Bien ni el Mal. Por consiguiente, la justa medida de cada cosa es la clave del equilibrio.
Las excavaciones en los cimientos de Astrub han permitido encontrar los restos del valle de Vili, donde los selatropes habían construido su primera colonia. Nuestros arqueólogos encontraron los restos de un vasto dispositivo iniciático, un terreno de juego gigante en el que los jóvenes selatropes tenían que aprender los gestos rituales que les llevarían a la edad adulta. Estos gestos, estos misterios, consistían en una imitación minuciosa de los primeros gestos del profeta Chibi, cuando descubrió la existencia de la realidad del Wakfu.
La Realidad del Wakfu. Estas palabras resuenan como una sentencia para nuestros ojos que se han hecho a la comodidad de lo racional. Sin embargo, los selatropes filtraban la vida mediante los misterios, y de esas profecías discretas no sabemos nada más. El gusto por lo desconocido ha acabado traicionando a nuestros insensibilizados paladares.
Misterio... Esa palabra viene de muy lejos, tan lejos como el horizonte. Nunca lo alcanzamos, es un intersticio, una línea de demarcación entre el hombre y el reino invisible. Un misterio, si nos remitimos a nuestras definiciones contemporáneas, es un secreto, envuelto en un enigma, enunciado con charadas.
Pero para nuestros ancestros, un misterio era un ritual, un instante de paso hacia una revelación en la que, enfrentado a la abstracción de una divinidad, el individuo encontraba la fuerza para enfrentarse a las tinieblas. Un místico tenía que quitar de sus ojos los velos de una existencia mortal, para así contemplar el movimiento de un alma libre. Esos velos eran las complicaciones sucesivas de la diosa, el misterio íntimo de su presencia en el mundo. Para revelarlo, el místico tenía que aprender a ver.
Tres velos, nos dicen las tablas de los glifos. Tres capas de sentido, que hay que quitar como se quitan las pieles estropeadas de la verdad, agotadas por las sucesivas interpretaciones de un pueblo en peligro. De cara al vacío, un joven selatrop tenía que aprender a mirar entre los hilos para descubrir, lentamente el cuerpo de la gran diosa. Sus manos, su cara, su pelo. Cada velo, más difícil que el anterior, exigía rigor y concentración.
Para ver a la diosa, Chibi había atravesado Vili con un pie, como un equilibrista, y eran sus pasos y sus manos tensas los que tenían que ser fielmente reproducidos por los selatropes. Condicionado por semanas de entrenamiento y por un exigente ayuno, el cuerpo aprendía a producir un sentido, un fuera de tiempo, un fuera de campo divino, para poder, de nuevo, entrar en el día.
«El universo es un huevo, creado por el gran dragón, por amor a la diosa. En el centro del huevo se encuentra la fuente de toda vida, el azul del huevo, un océano de Wakfu, barrido por los vientos del cambio. En algún lugar de este océano viaja una ballena, la ballena del Wakfu, enorme leviatán azul. Cuando la ballena espira, proyecta un violento chorro de Wakfu, sobre el que bailan los dos pedazos del mundo. El nombre que les hemos dado a estos dos fragmentos ha sido «las islas». La leyenda dice que al subir hasta lo alto de estas islas, podemos alcanzar el azul del huevo, un vasto torbellino del que se dice que nos puede llevar a otros universos, otros tiempos, o incluso descubrir la habitación secreta donde la diosa va a descansar tras el baile con el gran dragón».
Los mitos no son verdades literales, a pesar de que a veces puedan sorprendernos con una extrema precisión. Antes de que los poetas los unieran, excluyendo ciertas paradojas, los mitos eran los fragmentos de una narración en movimiento, un laberinto de posibilidades, en el que todo convivía con su contrario.
Los petroglifos de Zinit son nuestra fuente principal para evocar un mundo anterior al tiempo divino. Este parcheado nos permite tejer un contexto cultural más ambicioso, más amplio, para situar la civilización selatrop en la evolución del Mundo de los Doce y en el cosmos. Ahora sabemos que los selatropes se imaginaban la otra vida como una eternidad cerca de la diosa. Esta eternidad debía desarrollarse en la bienaventuranza de un mundo maravilloso y perpetuamente renovado.