Diario de a bordo
13 de martalo
Las palmeras, el sol y el suave olor a kokoko me vienen a la mente ahora que el camino hacia el trabajo se dibuja de nuevo ante mis pies. Todo lo bueno tiene su fin, es cierto, ¡pero algunos días más lejos de la ciudad y de su deprimente temperatura no me habrían importado!
Es raro que haya algún acontecimiento que altere la calma que reina en la Mililameda. Sin embargo, esta mañana, poco antes de iniciar mi servicio, vi con gran estupor un séquito (o una tropa) de guardias y de soldados atareados en los alrededores de la ciudad. Hacía fresco y el rocío de la mañana aún permanecía débilmente aferrado a las hierbas más altas, lo que me hizo una vez más añorar el reconfortante calor de la costa.
Sin embargo, la temperatura del lugar no parecía molestar en absoluto a los curiosos reunidos alrededor de lo que me pareció ser, a primera vista, una extraña superficie plana y seca. Algunos habitantes, aún vestidos con sus ropas para dormir o envueltos en gruesas mantas, miraban atentamente el objeto, interrogando una y otra vez a todas las personas más cercanas.
Yo mismo me acerqué al grupo, preocupado y curioso, y entonces fue cuando descubrí con estupor lo que parecía ser un abismo sin fondo.
Una amplia fisura, que podría haber albergado perfectamente una pequeña cabaña, se extendía sobre un suelo rocoso y ardiente. La hierba fresca y las flores blancas, tan comunes en la región, desaparecían para dejar paso a una tierra marrón y seca.
Unos espesos vapores rojizos, con un olor indescriptible, emanaban continuamente de la humeante grieta. El frío, el aire fresco y el rocío matinal se pararan aquí: a las puertas de esta extraña raja.
Por encima de los susurros, un rumor más ruidoso pronto empezaría a expandirse entre la multitud de los habitantes. La gente se giraba y empezaba a agitarse, unos preguntando y otros respondiendo. Cuando la agitación llegó a su punto máximo, de repente, bajó como la espuma. Un ruido sordo, un grito ronco, como un gran quejido, se escuchó en el fondo de la falla, llamando al silencio. Mi cuerpo entero se puso en tensión y sentí un escalofrío glacial recorrerme la espalda. Un largo y aplastante silencio, seguido de una implacable espera se impuso entre nosotros. ¿Había habido realmente un grito?
Podía adivinar la tensión que se palpaba a mi alrededor, que se transmitía con una simple mirada. Las miradas aterrorizadas, preocupadas e, incluso, emocionadas, se cruzaban silenciosamente como para asegurarse de que cada uno había podido escuchar, imaginar o adivinar el origen del grito. Y fue entonces cuando, arrastrándose y lamentándose, un gusano, una gran larva, subió, casi ondeando, hacia la superficie de la brecha. Su superficie lisa y brillante desentonaba extrañamente con los bordes oscuros de la falla terrestre. Tuve la visión de un insecto gigante cuyo caparazón posiblemente causaría un penoso estruendo al crujir bajo el asalto de cualquier colosal bota.
Entonces resonó un segundo chirrido y un segundo gusano apareció entre la rojiza bruma. Y mientras que el pánico se instalaba, traté en vano de empujar a la multitud amontonada ante el repugnante bicho que trepaba cada vez más alto, acompañado, en la lejanía, de toda una tropa de sus congéneres.
No hizo falta mucho tiempo para que toda la milicia de Amakna acudiera al rescate para proteger las inmediaciones de la falla.
Por mi parte, pasé el resto de la tarde observando a un aventurero que escoltaba a una tal Sedierta Otel a través de la zona árida, infestada por los bichos. Científica de renombre, la morena alta pasó la mayor parte de su tiempo estudiando las partículas de arena que dejaron los gusanos en sus toscas gesticulaciones, así como los humeantes cuerpos abandonados por los soldados.
Lo que más me intriga en esta historia, (¡aparte de lo imposible de contar los dientes de algunas mandíbulas de gusanos!) es el increíble origen de esos bichos. Procedentes, al parecer, de los desiertos y las zonas más áridas de este mundo, ¿cómo encontraron estos extraños gusanos la manera de cavar el suelo hasta las puertas de Amakna y sembrar el caos en nuestra humilde comarca?
26 de juninsidor
Esta mañana, un ruido (un alboroto, más bien) ha interrumpido mi sueño. El aire fresco de las primeras horas de este hermoso día anuncia la estación cálida que se acerca a pasos agigantados. He decidido aprovechar la brisa para caminar un poco. Hay que decir que las últimas semanas han sido bastante agitadas para el soldado que soy.
Primero, apareció esa extraña fisura de la que salieron esos inmundos gusanos de aspecto grotesco, que aterrorizaron a toda la Mililameda y, después, a varias naciones del continente. Todavía hoy día, miembros de mi propia guarnición se encargan de asegurar la zona y de frenar constantemente la inmundicia procedente de las profundidades.
Después, pasó lo de esa curiosa casa redonda que, al parecer, se había despeñado desde la cima de las mesetas de Cania. Esa misteriosa cabaña, hecha con hierba, madera y piedra, se convirtió de veras en la principal preocupación de todo el mundo. La casa, sí, pero también el pequeño y desafortunado personaje que encontraron sepultado y aplastado bajo los escombros (seguramente, el derrumbamiento de su hogar lo había pillado por sorpresa).
Una lluvia de preguntas y de hipótesis, a cuál más descabellada, ha empezado a caer, y el interés por las alturas desconocidas de Cania no deja de crecer. Los aventureros han intentado encontrar una forma de llegar a las mesetas superiores, pero el único camino que han descubierto está bloqueado por una enorme piedra —tengo que decir— sin mucha pinta de moverse.
Mi paseo matutino me ha llevado hasta las ruinas de esta pequeña construcción, frente a la extensión líquida que apareció justo tras el derrumbe. Ahora, una pequeña cascada cae desde las alturas de Cania y va a parar a esta densa charca. Me pregunto si este extraño y reciente arroyo podría ser la causa del derrumbamiento de la roca. De repente, un ruido sordo se extiende por todo el valle.
Me quedo atónito un segundo. Miro en todas las direcciones posibles e imaginables para dar con la procedencia de semejante alboroto. Percibo una columna de humo a lo lejos; corro hacia ella lo más rápido que puedo. Cuando llego al origen del humo, me doy cuenta de que se trata, de hecho, de una espesa nube de polvo. A mi alrededor, el escenario de la Mililameda se repite. Buena parte de la montaña de Cania se ha venido abajo. Una gran brecha ha aparecido en el suelo, y ya me imagino a esos gusanos escalando con destreza sus paredes. Se acabó el paseo para estirar las piernas.
18 de juliero
Un taponano me dijo un día: «Es agradable vivir en el monte Nula, en cuanto olvidamos todas las desgracias que se nos vienen encima», y, en realidad, empiezo a creerle. Sí, sí... Solo hay que esperar a que resuma los últimos acontecimientos. Parece que me he saltado algunas páginas. Si eres docero (o de cualquier especie parecida), seguro que has oído hablar de los taponanos y de su pueblo edificado en las alturas de Cania, lo que se conoce como monte Nula.
Al parecer, el derrumbamiento ocurrido hace algunas semanas provocó la aparición de una nueva brecha en el suelo. La milicia corrió hacia el lugar en cuanto los primeros gusanos asomaron sus... bueno, sus... ¡en cuanto los vimos, vaya!
En un primer momento, el terror nos dejó completamente paralizados, pero nuestra angustia se transformó rápidamente en una gran curiosidad. Dejando atrás la extraña fisura (que ahora divide las rocas de Cania en dos, como una lata de pischis descuajaringada), descubrimos un pequeño mundo que vivía con absoluta intimidad.
Los taponanos del clan Cabeza Dura vivían (casi) en paz en sus raras casas redondas, encaramados en las altas mesetas de Cania. Esos seres humanoides de muy pequeño tamaño adoraban la cerveza, la artesanía y la lucha. Odiaban la ensalada, los ladrones y el clan taponano enemigo: los Martillelo. Los taponanos manipulaban la magia, sus martillos, sus hachas y sus yunques con la misma destreza.
Dado el temple de los taponanos, comprendimos rápidamente que no había que darles muchos quebraderos de cabeza. Porque ya tenían bastantes problemas. Primero, hacía décadas que habían sido expulsados de su querida Fragua Baja construida en las profundidades de la montaña. Tuvieron que instalarse en las mesetas de Cania y no en el interior. Muchos taponanos todavía echaban de menos los tiempos de la Fragua Baja. Además, debido a un complejo mecanismo que se encontraba en el corazón de la montaña, su presa, construida en una zona más elevada que la de su pueblo, empezaba a amenazar la seguridad del clan.
Más tarde, se produjo el derrumbamiento de la montaña, seguido del robo de su «muy precioso mineral». No me preguntes por qué, pero al parecer era «realmente muy precioso». A día de hoy, tras la avalancha que ha revelado al mundo su existencia, los taponanos desconfían mucho de los doceros. Nos acusan de cabo a rabo: de haber robado su mineral, de agrandar las puertas cuando entramos en sus casas y, por último, de no respetar las costumbres locales para tomar una cerveza decentemente.
Por suerte, entre ellos también los hay que están dispuestos a hablar con nosotros, y están encantados de recibir algo de ayuda por parte de los doceros. Bueno, eso se lo dejo a los aventureros. Yo, por mi parte, disfruto de la excelencia de los taponanos en lo que respecta a la producción de cerveza. La Desecados, producida por la casa Zafragua, es una delicia, aunque algunos te acusarán de blasfemo y te darán la murga con que la única cerveza que vale la pena es la Grinness, de la casa Grandunk. Yo no estoy de acuerdo, pero, solo por tener la conciencia tranquila, creo que iré a tomarme otra...