La Llegada de Hyrkul
Anales inmorales y no banales
¡Tú, que estás a punto de leer esta historia, presta atención! Harías bien en ponerte tus mejores calzoncillos de Capitán Chafer antes de aventurarte en esta lectura, pues una vez que devores los primeros párrafos, ya no podrás dar marcha atrás. Y en cuanto a los calzones, un último consejo de amigo: ni se te ocurra manchar los calzones, ya que entonces llamarías la atención de las mamás bworks o, peor todavía, probarías los huesos de un chafer enamorado.
¡Recuerda que si pasas esta página lo haces con plena conciencia!
La historia pasó hace mucho tiempo... por aquel entonces todo parecía muy tranquilo. Campesinos y pastores de Amakna solo debían temer a los mediulubos, o tal vez a los prespics, unos depredadores naturales que de vez en cuando les robaban algún que otro jalató o se daban al pillaje en los campos...
Los pastores fecas de la zona, hastiados por los destrozos de esos bichos, se organizaron en pequeños grupos armados. Lukryh Leuk era uno de esos fecas. Joven e intrépido, no tenía rival a la hora de acorralar a los minilubos en las batidas de reprimenda. «Un minilubo por cada tofu. Un mediulubo por cada jalató», era su consigna. Sin embargo, las pacíficas tierras del mundo no tardaron en ser invadidas por seres mucho más preocupantes que los mediulubos. Y la prueba fueron los numerosos pies de campesinos que fueron pisados durante esa época, y en ocasiones sus cabezas (lo cual resultaba mucho más doloroso).
Jamás se había visto ser tan terrorífico en Amakna, y los campesinos vivían con el corazón en un puño... Djaul, servidor de Rushu y guardián del mes de desiembro, era uno de esos seres. En sus periplos por el mundo, de vez en cuando se dejaba caer por la ciudad de Amakna. Por su actitud, en él se adivinaba de todo menos buenas intenciones: con sus cuernos en la cabeza, sus ojos rojos, sus zuecos puntiagudos y su aliento capaz de hacer desfallecer a una muchacha.
Fueron muchas las construcciones erigidas en esa época, especialmente los templos, y las oraciones jaculatorias se multiplicaron: todos los fieles de los dioses trataban de contrarrestar el poder creciente de Djaul. El mundo estaba bajo la protección de los dioses, más allá de las intenciones de Djaul y Rushu. Sin embargo, el poder espiritual de los templos no era suficiente...
Esas horas que transcurrían en mitad del miedo eran terroríficas, y Xelor lo sabía. El dios nombró al centauro Menalt comandante de una nueva orden de caballería. La orden quedó bajo la protección de uno de los dragones de Osamodas, Helioboros el Blanco. El dragón eligió como nombre «Orden del Corazón Valiente» y concedió a Menalt la facultad de utilizar el rayo blanco. Sus caballeros serían los responsables de la protección de los templos, de las vías y de los caminos.
La orden no tardó en contar entre sus miembros con decenas de nuevos caballeros, valientes y leales. Sin embargo, no todos podían aspirar a esta condición. Y es que el comandante Menalt decretó que era imprescindible un acto de valor para poder ser armado caballero de la orden.
Por entonces, Lukryh Leuk, el joven pastor feca, había alcanzado ya una enorme fama como cazador por sus persecuciones a lo largo y ancho de Amakna, siguiendo el rastro de cualquier monstruo, por poderoso que fuera. Por eso, decidió unirse a la orden, y nadie dudaba de sus méritos para aspirar a esta condición. Este hecho tuvo una consecuencia vital: Lukryh, como prueba de su valentía, había jurado llevar ante Menalt un trofeo excepcional. Se aventuró en los bosques más profundos del sur y nunca más se supo de él... *
* Todos pensaron que el joven, el que había sido un brillante caballero, fue víctima de una de las criaturas de Djaul, pero nadie logró aportar prueba alguna... Su búsqueda se alargó durante meses. Los caballeros penetraron hasta lo más profundo de las tierras del sur. Y en una de sus exploraciones, dieron con la ciudad de Brakmar, y supieron enseguida que ese paraje estaba impregnado de efluvios demoníacos.
Para vencerles, Jiva, Pouchecot y Menalt animaron a los fieles a construir Bonta, una fortificación contra los demonios. La Orden del Corazón Valiente, convertida entonces en el cuerpo militar de Bonta, protegió la ciudad del hostigamiento brakmariano con valor y coraje. Y lo hicieron hasta ese día de otoño conocido como la Aurora Púrpura...
Tú, que has llegado hasta aquí, ya sabes todo lo que hay que saber sobre Lukryh.
El relato que sigue a continuación es una visión que tuve cuando terminé de escribir este libro... Sin duda escribí al dictado de un espíritu, puede que fuera el mismísimo espíritu de Hyrkul quien escribió estas líneas, y no yo... Algún día alguien podrá comprobar que no se trata de una quimera, ni del fruto de mi imaginación, sino de la auténtica historia de Lukryh...
Cedo pues la palabra a quien a partir de ahora conoceremos como el espíritu de Lukryh.
En Amakna se había manifestado desde hacía un tiempo una presencia maléfica. Los pastores feca estaban preocupados. A primera hora de la mañana, encontraban varias cabezas de ganado, a veces rebaños enteros, totalmente irreconocibles, con los ojos despojados de emoción alguna. Y, en cambio, las noches eran silenciosas y nada hacía sospechar ningún tipo de agitación. Los caballeros de la orden multiplicaron las patrullas, las armados y vigilantes.
Una mañana, terminé mi ronda por los cercados, como de costumbre. Al acercarme a mi rebaño, vi a mis jalatós, todos alineados en la misma dirección, mirando hacia el bosque. Rígidos e inmóviles... La rabia empezó a apoderarse de mí... Había un rastro fresco en dirección al bosque. Era la primera vez que esa «cosa» dejaba sus huellas, así que sonreí para mis adentros: tamaño error iba ser letal para la «cosa».
Cuando ya llevaba un rato siguiendo esa pista, llegué al linde del bosque de los abráknidos. Tomé el camino principal. La hierba estaba marchita y, según avanzaba, el olor del mantillo se hacía más y más nauseabundo. A menudo los arbustos se me enganchaban a la ropa y me impedían avanzar. En un giro del camino, vi un claro entre los árboles, así que dejé el camino y me aproximé para orientarme. A cada paso que daba, el claro se alejaba más, cada vez más lejos.
Me sentía muy cansado... Iba adentrándome en un paraje cada vez más empantanado. Los insectos transitaban por doquier, los gusanos se me subían por los tobillos y la noche iba cayendo rápidamente. Y entonces una voz sepulcral resonó entre las tinieblas.
«Te estaba esperando, Hyrkul...»
¿Hyrkul? ¿Qué nombre era ese? Las fuerzas estaban a punto de abandonarme. Vi como justo delante de mí se alzaba una silueta vestida con harapos. Era un fantasma, un espíritu alado parecido a un dragón negro. Con un resuello débil, continuó: «Voy... a darte más poderes... como nunca habías soñado... Serás un señor de la guerra... Pero... a cambio, estaré contigo, cada día... cada noche...» Esas palabras giraban como un remolino en mi cabeza... Me desmayé.
Lukryh había muerto.
Hykul había nacido.