Primera Nawidad
3er concurso de cuentos de Nawidad, 2004.
Se suele decir que en Amakna, durante el invierno, cada copo que se posa con delicadeza en el verde suelo de nuestras praderas es una lágrima de nuestro creador que con tristeza, cae en la cuenta de que cada cuerpo al que dio vida y todo su amor, acaba tarde o temprano participando en guerras.
Por eso, las distintas divinidades que se reunían alrededor del creador creyeron que transmitiendo a sus discípulos sus propios dones, conseguirían acabar con cualquier tipo de conflicto en Amakna.
Yo, Eowen, mensajera de Ocra, he tomado la costumbre de contar esta historia a mis semejantes así como a cualquier otro ser viviente sediento de más conocimientos sobre este mundo.
Así fue como un día el camino de una joven yopuka se cruzó con el mío. Sus ojos desbordaban de inocencia y al no saber dónde se podía refugiar, se echó a mis brazos, asustada por toda aquella naturaleza hostil que le rodeaba. Entonces le pregunté qué era lo que tanto le asustaba.
Ella me contestó: «¿Qué es esa cosa blanca que cubre todas nuestras tierras? ¿Acaso nos están atacando».
Sin duda, aquel era el primer invierno que pasaba.
Yo le contesté: «No temas jovencita, esta alfombra blanca que se posó sobre todo lo que conoces no es más que la materialización de la tristeza de nuestro creador que se da cuenta de que todo lo que ha creado no es capaz de convivir tranquilamente en el mismo lugar».
La niña, intrigada, reaccionó: «¿Pero cómo podríamos cambiar el mal por el bien para que el señor de allí arriba no se ponga tan triste?»
No es tan fácil como parece. Si todos como tú se molestaran en amar la vida y lo que nos rodea... tal vez podríamos hacer que el que nos ha creado se seque las lágrimas y podríamos vivir un día caluroso en este período glacial».
Apenas había dicho esto que la niña saltó de mis brazos y corriendo bajo una nieve espesa y fría volvió a su casa después de haber ofrecido a cada transeúnte y a cada habitante de Amakna la más bonita de sus sonrisas. En cuanto al sol, más bien discreto hasta ese momento, se estaba ocultando ya en el horizonte.
Aquella noche, las doce tradicionales campanadas sonaron desde el gran reloj de pared del salón y como siempre, un tofu de madera sacó doce veces la cabeza de su nido para anunciar el comienzo de una nueva jornada. Esa misma noche la jovencita soñó con el calor, con luces resplandecientes e incluso le pareció ver como una luz que venía del comedor, pero absorta en sus sueños, volvió a dormirse profundamente.
Cuando se despertó, la joven entró en el comedor y se sorprendió mucho al ver que un árbol decorado brillaba en una esquina de la habitación. En la extremidad de cada rama había cabezas de tofus, de pekewabbits y de jalatós de vidrio que se tambaleaban graciosamente y sonreían a la niña.
Unas guirnaldas luminosas rodeaban el árbol, sus colores iban cambiando grácilmente y parecían darle vida a aquel magnífico abeto que nunca había visto en su vida.
Se puso sus botas, sus guantes y su vestido adornado con una majestuosa cruz, fue corriendo hacia la puerta y cuando la abrió descubrió que las nevadas habían dejado sitio a un hermoso sol que calentaba la atmósfera invernal del mes de desiembro y derretía los muñecos de nieve hechos el día anterior por los niños del vecindario.
Todos en las calles reían, cantaban, bailaban... Todo el mundo estaba sonriente y desbordaba de energía. La tranquilidad habitual del pueblo había desaparecido y parecía que el calor había transformado a todos.
Al salir del pueblo, incluso se podían ver cosas que jamás habían sido vistas antes.
Alrededor de los abráknidos, los dientes de león, las rosas y los girasoles hacían el coro y los abras no podían dejar de reírse por culpa de las cosquillas que le hacían las gotas de nieve derretida que corrían por sus hojas y se deslizaban sobre su corteza.
En cuanto a los tofus machos, se acercaban e intentaban seducir a las hembras peinando sus plumas brillantes con sus picos puntiagudos.
Los jabalíes servían a las larvas y a las araknas como medio de transporte mientras que los moskitos aprovechaban para despegar a los dolos -por primera vez en su vida- de tierra (se dicen que después de aquel bautismo del aire, la mayor parte de ellos se mareó).
Incluso se celebraron carreras en los bosques. En una de ellas Dark Vlad montado en el Dragocerdo ganó a las temibles parejas formadas por el Maxilubo (que excepcionalmente habían salido de su cueva con un extraño cinturón de castidad que dejaba suponer que algo precioso había ahí debajo) y un dragopavo salvaje, y por un trol y el Jalató Real.
Los escarahojas habían preparado unos fuegos artificiales maravillosos para toda Amakna cortándose las alas temporalmente (vuelven a crecer muy rápido) y lanzándolas al cielo formando dibujos de tofus con la ayuda de los kwaks que se esmeraban en su trabajo...
¡Y las gelatinas de todos los colores se prepararon una comida muy muy poco equilibrada pero buenísima!
La naturaleza parecía pasárselo en grande. Había como una especie de comunión entre ella y los habitantes de Amakna que se divertían viendo a todas aquellas criaturas pasárselo bomba.
Y sobre todo, la niña lo había logrado: ya no nevaba y la tristeza del creador había desaparecido al mismo tiempo que los copos que caían desde hacía varias semanas.
La niña volvió a su casa muy feliz y se acostó en su cama mirando hacia el techo. De pronto, por una pequeña apertura de la ventana (que pensaba haber cerrado antes de marcharse) se coló un pergamino suave y ligero que se posó sobre sus rodillas.
En el pergamino había una frase escrita: «Feliz Nawidad».
Desde aquel entonces, aquella niña que hoy ha crecido mucho procura hacer que ese día sea un día festivo para todos.
Su descubrimiento unos años antes permitió que los habitantes de Amakna se reunieran un día al año para disfrutar de la felicidad y rezar por la paz entre cada criatura.