Dofus Codex
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Dofus 3

Las palabras para decirlo

Entre wukin y wukang

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Hace muchísimo tiempo, antes de que los seis dragones pusieran los dofus, antes de que se forjara la primera katana, antes incluso de que un monje sentara los preceptos del pandawushu, vivía un pandawa llamado Kian Zhi. Lo llamaban Kian el Taciturno.

En aquella época, los pandawas lucían un tupido pelaje del color de la leche, del mismo tono que las pintas que se beben hasta saciar su sed en honor a la diosa. No había mancha alguna que oscureciera su pelo.

Kian era especial. Su pelo salpicado de gris recordaba al arroz cuando se le echa demasiada pimienta. Era muy desafortunado y motivo de burlas, pero en el fondo no era tan grave.



Pero Kian debía su apodo a otra particularidad. Era mudo. No es que le hubiera comido la lengua el chtigre, es que, simplemente, no hablaba. Nadie recordaba haberlo oído nunca. Algunos decían que un yokai lo había dejado sin habla cuando nació. Otros estaban convencidos de que guardaba un voto de silencio. Y otros sostenían que una pandawa le había robado el corazón y que, desde entonces, una profunda tristeza le cerraba la garganta. Por lo que fuera, Kian no decía ni media palabra a nadie.

A pesar de todo, no se podía quejar. Su trabajo le proporcionaba bienestar y prestigio: se dedicaba a contar los toneles de las bodegas sagradas. Siempre tuvo buena memoria.

Su cargo traía aparejadas muchas ventajas. Su favorita era la de escuchar los relatos de los viajeros que estaban de paso por el templo. Bebía de la fuente de las aventuras de estos y cultivaba el jardín secreto de su imaginación.



Por desgracia, con la edad, a Kian empezó a fallarle la memoria. Fue anudando cordeles para gestionar sus inventarios. Fue acumulando ábacos. Pero pronto esto resultó insuficiente. El viejo pandawa olvidaba demasiadas cosas, a veces hasta su nombre. Sus recuerdos se desvanecían como la espuma de una jarra servida con prisas. No podía transcribirlos ni confiárselos a nadie.

Kian entendió que iba a tener que ceder el sitio, retirarse y marcharse sin dar un ruido. No lo aceptó.

Estuvo meditando días y noches enteros. Dejó de comer, y lo que es peor, de beber. Perdió el sueño.

Una noche, agotado, acabó cerrando los ojos, encogido en su sillón de mimbre, a la luz de una vela vacilante, al borde de la desesperación.

Y entonces soñó.



Estaba a la entrada de un santuario. Había unos kozarus de pelaje claro y palmas oscuras sentados en unos escalones de piedra, cada uno delante de una puerta. Tres pasajes, custodiados por tres sabios.

Tres monos.

El primero se cubría los ojos con los dedos. Seguramente, cegado por la luz.

El tercero se tapaba los oídos. Quizás no soportaba el ruido.

El segundo, en el centro, se había puesto las manos en la nariz y los labios en forma de mascarilla. Preferiría callarse. Probablemente no tenía nada que decir.

Con total naturalidad, Kian eligió el camino de en medio.



El pandawa descubrió una cueva. Un dragón de tinta y de papel lo estaba esperando.

Kian se arrodilló. Había reconocido a Imagirorukam, el protector de Pandala.

El dragón inspiró tan profundo que la tierra tembló. Luego espiró.

Kian sintió que todas las palabras ocultas en él salían a la superficie cual diluvio liberador. Se desprendieron de su ser y se arremolinaron buscando desesperadamente un sentido.

No opuso resistencia. La riada de palabras sin pronunciar no se agotaba. Sus reflejos oscuros y brillantes ocultaban los misterios de una larga vida.

Inmóvil, con el pelaje inmaculado, Kian parecía una estatua de sal.

Las palabras se convirtieron en espíritus y alzaron el vuelo como cigrullas para posarse a lo lejos, en otro lugar, en las páginas blancas del mundo.



Aquella mañana, cuando los pandawas abrieron los ojos, se sorprendieron al comprobar que ahora llevaban unas marcas indelebles y que eran capaces de leer sus nombres en sus miradas rodeadas de negro.

Habían ganado el mayor de los poderes: el de escribir, para describir mejor y transmitir su legado.

Tendrían que mediar años y el milagro de un tanuki para que naciera el arte de la caligrafía, pero esto es ya otra historia.



Kian, por su parte, no se despertó.

Dicen que sigue durmiendo en algún lugar. Tal vez te lo encuentres, en la huella de un sello estampado al pie de un registro, en la suave caricia de un pincel, en el certero trazo de un cálamo de bambú, en el pupitre de un escriba... o en el recodo de algún sueño.