Con un gesto certero
Entre wukin y wukang
Kian Zhi había dado sus palabras a los pandawas: palabras espirituales, destinadas a despertar las consciencias y a marcar las memorias. Palabras repletas de libertad, casi salvajes, que los adeptos de la diosa sedienta trataron de capturar, de encerrar en jaulas hechas con barrotes y marcos. Pero el sentido profundo de aquellas palabras se les escapaba.
Contra todo pronóstico, fue un tanuki quien logró domarlas. No trató de grabarlas en la piedra. Jugó con ellas sin aprisionarlas, tejiendo lazos con la punta de su cola mojada en la tinta. Les dio cuerpo, contornos, peso, intensidad. Les dio carácter.
Y así, con una danza sedosa y un aire silencioso, Tanukang Jei inventó la caligrafía.
Cuando el artista desveló su obra, la Roca hizo que surgiera arroz de las entrañas de la tierra, el Viento hizo que lloviera leche fermentada, y los malos espíritus lloraron en la noche.
El concilio de airecilla fue unánime. Ningún darumak rompió efigie alguna. El Gran Tanu en persona se expresó en términos elogiosos. Sin lugar a dudas, el trazador de glifos había pintado un fresco grandioso y sutil con infinitos matices, el apoteosis de una carrera bendecida por los qilin e inspirada por las cinco virtudes.
Tanukang Jei era ya un maestro entre los suyos. Se convirtió en una leyenda.
Muchos pandawas se hicieron preguntas. ¿Cómo había podido una criatura tan ignorante triunfar donde los más eruditos habían fracasado? ¿Cómo había podido capturar lo incapturable? ¿Sería un capricho del destino? Aunque los tanukis hayan sido famosos por su increíble suerte, un milagro así parecía ser cosa del dios Zurcarák... Además, los sabios se negaban a creer que los vulgares dibujos que mancillaban Tierradala pudieran explicar el misterio.
Se atribuyeron al artista toda clase de poderes. ¿No era capaz de ver más allá de las apariencias con sus muchos ojos brillantes como diamantes? Se rumoreaba que podía metamorfosearse a su antojo: algunos testigos afirmaban habérselo cruzado transformado en una tetera funámbula.
Se le acusó también de haber engañado a su mundo. Decían que un cazador le dio la clave del enigma identificando a un animal a partir de la simple huella de una zarpa en la arcilla. Peor aún, se sospechaba que era el verdadero culpable del mutismo de Kian Zhi, al que supuestamente le había robado la voz y las palabras... A no ser que hubiera robado el secreto de la escritura colándose en la cueva de Imagirorukam y engañando al dragón mediante un anillo único y maldito.
La verdad era muy distinta. Los pandawas olvidaban que los tanukis habían sido antes yokais. Estos habían nacido de un soplo, como las palabras, y hablaban el idioma de las piedras, de las cosas inanimadas, de las almas desencarnadas y de los tsukumogamis. Conocían los arcanos del plano astral. Pero, sobre todo, vivían por y para su arte. Formaban uno con él, con las fuerzas de la naturaleza y con los espíritus.
Los trazos de Tanukang Jei no eran la transcripción de las palabras del Taciturno. Eran aquellas palabras, trazadas sin vacilación con un gesto fluido, vivo o lento, pero nunca medido. Perfectas en su imperfección, en el eterno instante.
Acabada su creación, el calígrafo legó cinco tesoros a los sabios. Acto seguido se transformó en cigrulla, tomó altura y desapareció. ¿Querría contemplar su obra desde las estrellas?
Todos sabemos que las palabras se las lleva el viento; pero los escritos también viajan allende las nubes cuando ya no tienen razón de quedarse.