Nobleza Vagabunda
El sol aún no ha salido. Envuelta en mi bata con cuello de terciopelo púrpura, miro cómo Sigrid termina con los preparativos. En su petate solo llevaba lo esencial. Me habría gustado que se llevara el camafeo que le regalé, o la manta brocada decorada con el escudo de nuestra familia, y que tantas horas de trabajo le llevó al tejedor del castillo.
Me habría gustado que se quedara. En esta noche sin estrellas, mi hija nos abandona. Y sé en lo más profundo de mi corazón que no volverá.
Harold duerme como un tronco. El futuro de su benjamina no le quita el sueño. Si fuera capaz de mostrar el más mínimo sentimiento, probablemente le echaría la culpa a Rysio Ferol. Es lo que hice yo antes de aceptar lo obvio.
Cuando Sigrid desarmó a su maestro tras una justa que duró todo un solsticio, sentí que acababa de pasar una etapa decisiva. Manejaba la espada, la lanza, la daga y el escudo amakneano con una destreza de la que pocos pueden presumir. Era capaz de ponerse sola la armadura, sin escudero. Conocía los punto débiles de todos sus adversarios, y dedicaba tiempo a estudiar el terreno antes de cada combate.
Estaba claro que no le quedaba nada por aprender.
No estoy sorprendida. Sabía que este día tenía que llegar. Estos últimos años, y en contra de la opinión de su padre, Sigrid desatendió el arte del bordado para iniciarse en el arte de la guerra. Se entrenó con Rysio. Este le enseñó todos sus secretos. Cómo superar el dolor. Cómo se desplazan los miaumiaus sin hacer ruido, con una majestuosidad que nos hace creer que son los reyes de este mundo. Cómo hacerse uno con la espada, la hoja, la propia mano o el brazo. Cómo vencer los miedos. Cómo ignorar a la Muerte al mismo tiempo que se la respeta, ya que es la única diosa con la que no hay que regatear.
Sigrid fue una excelente alumna. Superó a su maestro en todo. Solo le falta adquirir lo que les hace falta a todas las almas jóvenes y curiosas... pero eso no lo encontrará aquí.
Bajo al patio con el suelo cubierto de paja. Sigrid ensilla su montura, comprobando cada cierre, cada hebilla de bolso con rigor y precisión, como de costumbre. Va a cabalgar hacia el norte, hacia Astrub. Yo nunca he visto los muros de la ciudad de los mercenarios. Dicen que fueron los titanes del monte Vientrepiedra quienes los construyeron.
El aliento que se escapa de mis labios se mezcla con los copos de nieve. Tengo frío. No es a causa de la helada que brilla sobre las murallas.
Te quiero, hija mía. Que los diez te protejan.