Dos brujas en soledad
Entre wukin y wukang
Érase una vez dos hermanas gemelas que no nacieron el mismo día. Parece sorprendente y hasta incongruente, pero cosas mucho más raras han sucedido en cantidad de historias.
La primera hermana vino al mundo al mediodía, bajo un sol generoso y entero. La segunda esperó a la medianoche para nacer bajo una luna pálida y encorvada. Probablemente se debió al influjo de un espíritu de contradicción.
Aquella noche, los miaumiaus negros maullaron. No para saludar la llegada tardía de la segunda hermana, sino para transmitir un mensaje, una advertencia. Un cementerio antiguo había recibido una maldición. En lo alto de Grobe se había encendido una hoguera maléfica.
Su crepitar iba a perturbar el descanso de los difuntos en los siglos venideros.
Las dos hermanas crecieron juntas ajenas a la tragedia que se había gestado lejos de Pandala. Eran semejantes y diferentes a la vez. Una crecía al calor del hogar, mientras que a la otra le agradaba el frescor de las charcas insondables. A una le gustaba el invierno, a la otra, el verano.
Ambas tenían un don para la magia.
Preferían hablarles a las plantas, a los animales y a las criaturas sobrenaturales en vez de a los demás niños. En la habitación que compartían, creaban pócimas verdosas y viscosas, con un sabor repugnante, que el miaumiausito de la casa lamía como si de leleche se tratara.
A nadie le sorprendió que se convirtieran en las alumnas de una bruja. Era lo natural.
Pero el desorden tiende a invitarse cuando no se le espera, escondido en el polvo que levanta la danza de las escobas.
El día de su decimotercer cumpleaños, el miaumiau desapareció. Cuando volvió al día siguiente, parecía diferente. Tenía los bigotes más largos, las garras, más afiladas, y los ojos, más encendidos. El motivo: se había convertido en un bakeneku.
Desde entonces cambió su comportamiento. Se bebía el aceite de las lámparas. Sus ronroneos parecían el rumor del hogar. Se pasaba horas dándoles patadas a las chispas que revoloteaban en la chimenea.
Es peligroso querer asir las estrellas, y todavía más jugar con fuego. Lo que tenía que pasar pasó: una pirueta de más esparció unas brasas por la alfombra. El bakeneku provocó un incendio que abrasó la residencia de las aprendices de bruja.
En este tipo de accidentes a veces es más el miedo que el daño. Después de la destrucción viene la reconstrucción. Por desgracia, aquellas llamas no eran de las que se dejaban domar. Arrasaron con la casa.
Cautivada por su danza feroz, la mayor no pensó en escapar; perdió el conocimiento en mitad de la humareda. Si se salvó fue por la valentía de su hermana, que la sacó de allí a rastras y la puso a salvo mientras ardía como una antorcha.
La historia podría haberse terminado ahí, como una tragedia al uso. Pero resulta que el destino reservaba otra suerte a la desdichada heroína. Su final no sería el de una vulgar bruja quemada.
Cuando recobró la consciencia, la joven superviviente asistió a la agonía de su hermana. Conmocionada, rezó a las doce divinidades. ¿Intervendrían para salvar a la moribunda? Se hizo un largo silencio.
Al final, un dios menor respondió a la llamada. Cabe decir que el culpable del siniestro era uno de sus oscuros discípulos.
Tras una dura negociación, sellaron un pacto. El precio era renunciar. El sacrificio de un preciado vínculo, más fuerte que la vida y la muerte: las gemelas no volverían a verse nunca más, bajo pena de perecer ambas.
Y así fue como se obró el milagro, acompañado de una despedida.
Viva, aunque desfigurada, la menor se encerró en la soledad. Se exilió a una tierra sumida en la bruma. El bakeneku la siguió. Juró servirla durante el resto de su existencia y se convirtió en su mascota.
La mayor, la que había sido salvada de las llamas, estuvo vagando por el mundo hasta refugiarse, ya serena, en un profundo bosque.
Dicen que, una vez al año, una bruja consigue calmar a los muertos que habitan la isla de Grobe.
Algunos lo ven como una señal del destino. Otros cierran los ojos por miedo a encontrar antes de tiempo la mirada gris de la Parca o a atraer la atención de la mayor de las nordes.
¿Se reunirán algún día las dos hermanas? Nadie lo sabe.
Si bien parece inconcebible que dos gemelas pasen la eternidad separadas, cosas mucho más raras suceden en cantidad de historias.