Dofus Codex
Volver a la biblioteca
Dofus 3

El cuento del guía errante

Entre wukin y wukang

710 palabras
100%


Bajo una lluvia pavimentada de luna



El pandawa se sentó en la posición de loto, con su sable sobre las rodillas. Unas gotas chisporroteaban como fux artificiales sobre su sombrero de madera lacada. Caían del cielo nocturno cual ráfagas de flechas con puntas húmedas, pero no lograban atravesar la niebla que pesaba sobre la isla de Grobe.


La maldición del yopuka oscuro llevaba un siglo atizando la cólera de los difuntos. El lugar estaba habitado por espectros. Aquellos a quienes antaño se los honraba los había consumido el fuego negro, esa hoguera inextinguible cuyas llamas heladas arden allende la muerte. Parecía que nada podía acabar con su tormento.



La presencia de fantasmas no atemorizaba al rōnin de pelaje entrecano. No temía a la muerte. Después de una vida de combates, la conocía bien. ¿Cuántas veces no había vislumbrado su reflejo en los ojos vidriosos de algún pandikaze cuya cabeza rodaba como una fruta madura al caer del árbol Kudemenju?


No, no le tenía miedo. Al contrario: la esperaba. Incluso aspiraba a su encuentro.


Estaba dispuesto a cruzarse con su mirada.



Una forma grácil y ágil se coló entre los árboles, en la linde del bosque. La kitsu había seguido al pandawa. Lo observaba, escondida tras las sepulturas, rozando las piedras con sus nueve sedosas colas. ¿Por qué él la rehuía? Ella solo quería reír con él, correr por los arrozales de Akwadala, escalar las cimas de Airedala para contemplar la puesta de sol en su compañía. No quería hacerle ningún daño...


El veterano desenganchó la cantimplora de su cinturón y bebió un trago de leche de bambú fermentada. Saboreó el sabor amargo de la bebida para atraer al recuerdo. Una ligera embriaguez se apoderó de él, liberando su consciencia, sacudiendo las cadenas que lo retenían. Se quitó su jingasa antes de levantar la cara hacia las nubes.


Cerró los ojos un instante, una eternidad. El agua chorreaba por su rostro.


En el cementerio, los yokais se alborotaban. La kitsu les ordenó que se callaran.



El pandawa abrió los ojos y miró justo enfrente de sí. Un camino se dibujaba sobre el suelo repleto de lágrimas. Sus baldosas evanescentes brillaban en la oscuridad como las escamas de una serpiente de ópalo.


Había llegado la hora de seguir el camino trazado por los antiguos. El de los espíritus... el de la liberación.



Lentamente, casi con deferencia, el samurái caído tomó el sendero revelado por la luna. No había vacilación alguna en su paso, ligero a pesar del peso de los años; sin embargo, en aquel momento tan esperado, cada paso contaba.


Los espectros trataron de interponerse, de alimentar su desesperación, de devorar el calor efímero de aquella alma para caldear a sus seres abocados a la nada. Pero la hoja con la que se enfrentaban la había forjado personalmente el maestro Nasumara. Cortaba los hilos diáfanos que retenían a los fantasmas en el mundo, desgarrando la tela de arakna tejida por la maldición.


El guerrero luchaba como siempre lo había hecho: sin rabia ni odio, con la voluntad acérrima de llegar hasta el final.


La kitsu vaciló, dividida entre admiración e indiferencia. ¿Debía unirse a la danza macabra de la katana? Ese no era su camino...



Un paso. Otro más.


Una luz apareció a través del velo resplandeciente del aguacero. Pálida como el albor de un invierno desaparecido, frágil como un pétalo de cerezo en flor, parecía que estaba a punto de apagarse.


Cual mariposa que vuela hacia la llama que la consumirá, el rōnin aceleró el paso. Acabó alcanzando un pontón de bambú. Una silueta drapeada de noche lo estaba esperando. Estaba de pie en la popa de un junco brumoso y sostenía una pértiga adornada con un farol en el que danzaban las luciérnagas.



El pandawa se dio la vuelta. Detrás del telón perlado de lluvia, su cuerpo inmóvil yacía en la hierba. No le había quedado otra opción. Su corazón roto llevaba ya mucho tiempo sin latir...

Casi sin querer, buscó a quien había estado evitando durante su andanza. Sabía que ella estaba allí, en alguna parte.

Ella no se mostró.

El viejo guía confió al viento sus últimas palabras secretas, y su alma abandonó este mundo, inconsolable para toda la eternidad.



Por la mañana, el aguacero había cesado.