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Dofus 3

El eco sedoso de sus alas

por Un testigo anónimo443 palabras
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Desde hacía más de una temporada, la lluvia caía sobre Pandala.

Era una lluvia fina, de agujas cristalinas que el viento se llevaba.
Corría entre las piedras resecas y alimentaba los arroyos, convirtiéndolos en ríos y luego, en torrentes. Cubría con una bruma reluciente las cimas de las montañas, los tejados de los dojos, las efigies de las Tumbas. Estimulaba el crecimiento de los bambúes, llenaba los arrozales, inflaba las velas de los juncos.

Las ranadinas se multiplicaban, mezclando sus melodías con los cantos de los sapodaguas.

En las costas escarpadas de la isla, el océano se rompía en una espuma furiosa. Lentamente, al ritmo de las mareas, su cólera crecía.



Una mañana de juliero, cuando el alba nacía en las alturas donde había instalado mi campamento, un ruido me sacó del sueño. Llenaba el campo de mi consciencia todavía dudosa.
Levanté la cabeza, deslumbrado por la luz matinal.

Mil cigrullas volaban por el cielo. El movimiento de sus alas tañía como unos sordos platillos, como las campanas de un monasterio lejano que reunieran las nubes alrededor de su pagoda.
La belleza del espectáculo me dejó mudo.

Mientras admiraba aquel ballet aéreo, aquella espiral de plumas blancas empapadas en la tinta negra, estalló una tormenta.
Los grandes pájaros se dispersaron.

Sorprendido por la violencia de la tempestad, apenas tuve tiempo de reunir mis escasas posesiones, cuando una sombra cubrió el valle de más abajo.

Cuando descubrí qué ocurría, el horror me invadió.



El mar se había alzado. Se erguía en una ola gigantesca, como un titán impaciente por aplastar a un insecto bajo su talón. Durante un momento que pareció eterno, contempló las viviendas, donde todavía dormían bastantes mortales... y después se abalanzó sobre Fuegodala.
Las llamas se apagaron, y miles de almas con ellas.

Abatido por la violencia de la catástrofe, me quedé inmóvil como una estatua.

Los rayos consumieron los árboles. El viento aullaba, la tierra retumbaba. Los elementos se desencadenaban.

Me puse a rezar. Era el fin del mundo.



Unas voces llegaron a mis oídos, en medio de aquel caos, con una fuerza y una claridad sobrenaturales.
Unas voces antiguas, olvidadas desde la época primitiva.

Tensojobo. Akwanokima. Wapishikami. Akaitei. Tanu.

Los espíritus de Pandala. Habían vuelto.

El fin de un mundo... y el comienzo de otro.



(...)

Han pasado meses desde el despertar. He sobrevivido. No todos han tenido la misma suerte.

Ahora busco mi lugar en esta tierra marcada por las tradiciones, donde la herencia del pasado esculpe el futuro. Vuelvo a tener esperanza en él.

Pero, todavía hoy, cuando levanto la cabeza para contemplar el cielo, creo oírlo, como una llamada...

... El eco sedoso de sus alas.

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