La amenaza de ojos rojos
El Crepúsculo de Jade - extracto
Los ataques cocodrails se habían multiplicado en el continente durante las últimas décadas. Pero Astrub, la ciudad de los mercenarios, se había librado hasta el momento. Sus murallas y la habilidad de sus combatientes eran, sin duda, lo que mantenía a los reptiles a raya. Habían mandado a varios mercenarios de refuerzo ya fuera a Cania o incluso más lejos, a las landas de Sidimote. La mayoría había vuelto de una sola pieza y parecían confiados: si los cocodrails se atrevían a acercarse a las inmediaciones de la ciudad, los repelerían sin esfuerzo.
A pesar de todo, el capitán Barba Espesa, jefe del ejército de Astrub, se mantenía en guardia. Los cocodrails eran numerosos y era mejor no subestimar su perfidia. Dispuso a sus patrullas para recorrer los alrededores y estableció un puesto avanzado al sur de la ciudad, cerca de la montaña de los Crujidores, para prevenir las incursiones enemigas. El teniente Dardo Sangriento, combatiente emérito, fue nombrado responsable de aquel punto de vigilancia. Lo llamaban así por su espada, que manejaba con precisión. Se decía, de hecho, que, sin ella, no habría podido ascender como lo había conseguido.
Pasaron varios meses sin que se informara del más mínimo problema. Luego se empezó a notar que algunos exploradores no volvían. Las deserciones, aunque escasas entre los mercenarios astrubienses, no dejaban de ser posibles, pero no se tomó ninguna medida. Cuando empezaron a esfumarse soldados hasta dentro del campamento, Dardo Sangriento decidió aumentar el número de rondas de guardia: ¿de verdad eran desertores los soldados?
Entonces, empezaron a circular rumores. Se decía que un fantasma con los ojos rojos recorría el campamento. Quienquiera que se cruzara con su mirada se convertía, al parecer, en su presa. Sus rugidos sordos provocaban por sí solos espasmos y permitían a la entidad inmovilizar a su futura víctima. Parece ser que se aparecía velozmente por la espalda a los soldados y los mataba en unos segundos antes de llevarse los cadáveres consigo.
Cuando estas historias llegaron a oídos de Dardo Sangriento, este decidió organizar batidas para encontrar a este hipotético enemigo. Después de varios días de búsqueda durante los que se intensificaron las desapariciones, un pequeño grupo de soldados se presentó ante el teniente. En sus ojos podía leerse el terror, les temblaba todo el cuerpo. El estado de choque en el que se encontraban era perceptible, pero el teniente no tenía tiempo para andarse con rodeos: tenía que saber qué se estaba tramando en su campamento. Tras algunas amenazas, uno de ellos, que parecía ser su jefe, se recompuso y recobró el uso de la lengua.
Con un tono paliducho y la voz temblorosa, le contó. Habían encontrado huellas de pasos de cocodrail en el campamento y decidieron seguirlas. La pista los había llevado, bordeando la montaña de los Crujidores, hasta la linde del bosque. En ese momento dieron con un campamento que les inspiró el mayor de los terrores. El suelo estaba cubierto de huesos, no había ni un centikámetro cuadrado de tierra visible. Ya aterrados de ver semejante escenario, sintieron como se les helaba la sangre cuando se dejaron oír unos chasquidos linguales y unos gruñidos.
Frente a ellos surgió un inmenso cocodrail de piel blanca como los huesos y de ojos rojos como la sangre. Sus dientes y sus garras parecían cortantes como hojas recién salidas de la forja. Emanaba un aura mortífera impregnada de una crueldad ignominiosa. Cuando la criatura posó sobre el grupo su mirada escarlata, el pavor los dejó paralizados. El cocodrail inclinó la cabeza hacia un lado y dejó ver sus colmillos. Una brisa pasó entonces por la espalda de los soldados y uno de ellos se desplomó, vivo pero incapaz de moverse lo más mínimo.
El hombre marcó una pausa, jadeante, reviviendo la escena, y retomó su relato.
Los mercenarios se habían quedado petrificados al ver al enorme escamoso. Pero, cual relámpago, el espectro de ojos rojos les había recordado la razón de su venida: abatía a los hombres uno a uno. La mitad de ellos estaba en el suelo cuando la criatura blanca se puso en movimiento. Estaban entre la espada y la pared. Por un lado, una masa asesina avanzaba hacia ellos y, por otro, la sombra fantasmal los golpeaba al azar. Acordándose entonces de quiénes eran, los soldados restantes desenvainaron sus espadas y consiguieron alejarse de la amenaza, abandonando a sus compañeros incapaces de moverse.
Cuando el cocodrail blanco se acercó a uno de los cuerpos paralizados por el fantasma, se agachó, y empezó a devorar la carne caliente. Uno de los soldados que todavía estaban de pie soltó su arma aterrado y cayó de rodillas. Unos segundos después, yacía en el suelo como los demás, futura comida del cocodrail, condenado a la inacción por la brisa petrificante. En cuestión de minutos, la criatura blanca había reducido su víctima a un montón de huesos y se dirigía a su próxima presa. Si se quedaban allí, se los comería vivos. De aquello el soldado no tenía duda alguna. Así que ordenó la retirada, y todos huyeron. El grupo de supervivientes se alejaba cuando se oyeron gemidos y ruidos de enfrentamiento.
El soldado contó que se dio la vuelta en plena carrera y vio a uno de sus compañeros luchar por su vida. El valeroso movía desesperadamente su espada, tratando de alcanzar a la amenaza invisible que describía a su alrededor una danza fúnebre. Solo duró una fracción de segundo. La sombra fantasmal saltó con sus colmillos directamente al cuello del soldado, que cayó en redondo. En el momento del ataque, se materializó para luego volver a desaparecer... No cabía duda: no era un fantasma, sino un cocodrail.
El teniente Dardo Sangriento miraba en silencio al hombre que acababa su relato. Los minutos parecían eternos mientras reflexionaba. De todos los cocodrails de los que el teniente había oído hablar, ninguno se correspondía con las descripciones de aquellas criaturas sanguinarias. Había que reaccionar, y rápido. Ordenó que los mejores soldados de Astrub acudieran a él inmediatamente y, al soldado que huyó, que los condujera hasta el campamento de los cocodrails.
Al día siguiente por la mañana, Dardo Sangriento y sus hombres se pusieron en marcha. Cuando el viento les trajo el sonido de los gruñidos de los reptiles, se les contrajeron los músculos, preparados para el enfrentamiento que se perfilaba. Como si de un solo hombre se tratase, los soldados desenvainaron sus espadas. Los ojos rojos del cocodrail invisible no tardaron en aparecer. Al verlos, los combatientes se pusieron en posición de combate. La criatura había dejado de moverse y se había quedado mirando al grupo de hombres. Pronto aparecieron otras pupilas escarlata a su lado. Poco a poco, el número de cocodrails aumentaba. Había decenas.
Los hombres de Dardo Sangriento, hasta entonces confiados, empezaron a temblar de miedo. El mismo teniente, que recordaba el relato que le habían contado el día anterior, sostenía con menos firmeza que de costumbre la empuñadura de su espada. Echó un ojo al soldado que los había conducido hasta allí: este estaba petrificado, como enfrentado a su peor pesadilla. Un único cocodrail había conseguido diezmar por sí solo a varios hombres. ¿Estarían los combatientes astrubienses a la altura de la amenaza?
Se desató una batalla. El sonido metálico de las espadas resonaba. En poco tiempo, el suelo se llenó de cadáveres. Dardo Sangriento revoloteaba en medio de los enemigos, lacerando la carne de estos con su hoja afilada. Como sospechó de lo que le había contado el soldado, los cocodrails iban apareciendo y desapareciendo según sus heridas y sus ataques. Pero los mercenarios tenían una oportunidad de ganar. Su espada parecía ligera entre sus manos expertas y dotada de vida propia. Era como si Dardo Sangriento la alimentara con su sed de victoria para darle vida. Brillaba al sol, moteando el suelo con la sangre de los cocodrails que hacía pedazos. La espada conducía un ballet del que Dardo Sangriento era el bailarín estrella.
Cuando llegó el cocodrail blanco enorme, Dardo Sangriento supo que se trataba del que le habían descrito el día anterior. El escamoso avanzaba por el campo de batalla despreocupadamente, dirigiéndose a sus víctimas que yacían en el suelo. Cuando llegó, los otros reptiles se detuvieron un instante, miraron hacia él y volvieron a ponerse manos a la obra más agresivos que nunca. ¿Les habría hablado el cocodrail blanco? La bestia enorme se inclinó hacia el primer cuerpo con el que se cruzó y se puso a arrancarle la carne de los huesos que la sostenían. El hombre estaba ya muerto, pero el espectáculo repugnó a Dardo Sangriento, que se abalanzó hacia la criatura.
Evitó por poco el zarpazo paralizante de un cocodrail invisible y se detuvo en seco a unos diez pasos del caníbal. Con la mano contraída en torno a la empuñadura de su espada y el ceño fruncido, Dardo Sangriento observó con más atención la escena macabra. Alrededor del monstruo voraz gravitaban varios pares de ojos brillantes. Para alcanzar a su objetivo, tendría que deshacerse de los reptiles fantasmales. Un rápido vistazo hacia las filas de los astrubienses le hizo saber que estaría solo con su espada. Los mercenarios luchaban con la energía de la desesperación frente a los enemigos restantes. Así que el teniente decidió retroceder para combatir al lado de sus hombres.
El sol estaba muy alto y la batalla seguía causando estragos. A la mayoría de los muertos, humanos o no, ya se los había comido el cocodrail. No hacía ninguna distinción entre aliados o enemigos y se deleitaba con todos los cadáveres que tenía a su alcance.
Al límite de sus fuerzas, Dardo Sangriento y el puñado de soldados todavía con vida seguían frenando los ataques de los escamosos. El cansancio se hacía palpable en los dos bandos. El gran cocodrail blanco, por su parte, seguía ingurgitando los montones de carne que poblaban el suelo: ya casi no quedaba ninguno. El monstruo no había atacado ni una vez y se conformaba con comer. Ya casi no tenía protectores, pero no parecía preocuparse. El teniente alzó su espada en señal de ánimo y fue con todas sus fuerzas a atacar a sus últimos enemigos, seguido por sus compañeros de armas.
Cuando Dardo Sangriento clavó su espada en el corazón del último cocodrail fantasmal, este abrió la mandíbula de par en par y la cerró sobre el hombro del humano, muy cerca de su cráneo. El teniente gritó de dolor y se cayó en redondo. En el campo de batalla solo quedaban él y el horrible reptil devorador de cadáveres. El desaliento invadió al combatiente. Se alejó arrastrándose y se hizo un ovillo detrás de un árbol; oculto tras aquel tronco nudoso, pensaba que podría esconderse de la muerte, que lo esperaba entre las garras del escamoso.
La luna se veía ya en el cielo aunque el sol aún no había terminado de ponerse. El cocodrail blanco acababa de terminar de desollar el último cadáver. Se irguió por completo, cubrió con la mirada el campo de batalla para asegurarse de que no quedaba ningún cuerpo y, seguidamente, dirigió sus ojos rojizos a la luna. Entonces, soltó un rugido de victoria que hizo que temblara el suelo. Dardo Sangriento, que observaba la escena, incapaz de hacer el menor gesto, tuvo la sensación de que la luna brillaba más.
Despacio, con aire satisfecho, el cocodrail se alejó hasta desaparecer en la luz del crepúsculo. Cuando Dardo Sangriento se aseguró de que estaba solo, marchó como buenamente pudo hacia la ciudad de los mercenarios.
Los días posteriores, se destacaron varias patrullas para encontrar el rastro del cocodrail blanco, pero este no volvió a aparecer por las inmediaciones de Astrub. Dardo Sangriento estaba fatal y deliraba. Había perdido su espada y sentía que se moría sin ella. Varios hombres buscaron el arma entre los huesos dispersados por el campo de batalla, pero ninguno logró dar con ella. Las búsquedas se sucedieron sin éxito hasta que Dardo Sangriento exhaló su último aliento.