La leyenda de Árzodan
Entre los soberanos que han reinado en Valonia, no hay ninguno más glorioso que Árzodan.
Coronado en el día de su decimoctavo cumpleaños, el monarca ya era famoso por su arrojo. Su talento en la lucha era más que honorable, pero fue su carisma lo que le hizo imponerse a las familias nobles de la isla.
A pesar de su tierna edad, su sabiduría era proverbial. Y no hizo más que aumentar con los años. Sus decisiones era de una justicia casi sobrenatural: el rey parecía capaz de prever las consecuencias de cada juicio que emitía. ¿Poseía el don de la presciencia? Él se defendía diciendo que simplemente usaba el sentido común.
A Árzodan le encantaban los torneos. Para muestra, su arma preferida no era la espada que había sacado de un yunque para hacerle favor a un artesano poco diestro, sino una lanza. Una larga lanza con la punta de hierro, recta como la justicia, forjada en una noche de tormenta. Su creador, un antiguo aventurero que había aprendido su oficio con los mayores maestros, la había bautizado Heimër.
En una justa memorable, Árzodan fue el último en pie frente a doce caballeros de renombre. Blandió a Heimër como si no pesase más que una pluma de thorondeoro... ¡y tiró de su montura a todos sus adversarios!
Pero el protector de Valonia no era un ingrato: rindió homenaje a los vencidos colocándolos al frente de su guardia personal.
Aunque no fuera cruel ni especialmente belicoso, el rey sentía una profunda aversión por ciertas criaturas: los moskitos de la jungla cenicienta, los goblins de las minas volcánicas... y los dragones.
Árzodan detestaba a los dragones. Pero no los temía.
Cuando uno de estos gusanos inmundos empezó a aterrorizar a los valonianos y a diezmar las manadas de bufalentos, el soberano partió para enfrentarse al monstruo él solo, para disgusto de sus caballeros. No quería que nadie luchase en su lugar.
Durante siete días y siete noches, Árzodan se midió contra el dragón. Y acabó triunfando: la punta de Heimër perforó el cuerpo de la bestia.
Dijeron que fue un milagro. Pero el rey sabía que los dioses no habían tenido nada que ver, y que solo podía contar con la ayuda de su lanza.
Y es que las fuerzas divinas no habían sido magnánimas con su reino... Desde hacía años, las cosechas eran escasas mientras los curas engordaban. Las oraciones habían resultado inútiles contra el dragón. ¿Acaso los Diez se habían vuelto sordos?
Era hora de liberarse de esos inmortales ávidos de poder. Valonia merecía elegir su propio destino.
Y fue así como Árzodan trajo la libertad a su pueblo.
Muchos siglos han pasado. Nuestro monarca se desvaneció entre las brumas del Reino Gris, pero su recuerdo perdura en nuestro corazón.
Un día regresará. Y será nuestro guía.
Nuestro rey.
(Una extraña marca brilla con un destello iridiscente en la última página del libro.)