La herencia de los forjalanzas
Guía de clase para tener clase
Presentación
Nadie es profeta en su tierra
En estos tiempos turbulentos, a menudo se oye decir que el fin del mundo está al caer. Mañana. O pasado mañana. Los oráculos se suceden, las lluvias de ranadinas son cada vez más frecuentes, la leleche avinagra en los cubos de los ganaderos de jalalíneas. Los rumores y las predicciones no cejan.
Pero ese cataclismo tan temible, ¿tendrá lugar de verdad? Son muchos los que rechazan esa posibilidad. El Selocalipsis, el caos, el diluvio primordial... ¡no son más que fábulas, cuentos pensados para aterrorizar a los niños, a los goblins y a los niños de los goblins!
Otros, en cambio, no tienen la misma opinión. Es más, no tienen asomo de duda. Para ellos, los doceros están entre la espada y la pared... y ni los dioses podrán salvarlos.
«Ayúdate a ti mismo porque el cielo no te ayudará.»
Esta profunda convicción forjó a los primeros forjalanzas. Renunciaron a las tinieblas que ocultaban la verdad para avanzar hacia la luz, abrasadora, dolorosa... y ganarse su libertad.
¿Qué esperan entonces estos mortales que se creen liberados de las fuerzas divinas?
Tomar las riendas de su destino. Transmitir un mensaje, un legado. Ofrecer un futuro a un mundo condenado.
Dar sentido a su existencia.
Sobrevivir, ni más ni menos.
«No podemos librarnos de la muerte, pero lograr grandes cosas y dejar tu huella en la historia es vivir eternamente en el corazón de los tuyos.»
Los heraldos del mañana
Al leer esto, se podría pensar que los forjalanzas llevan el peso del mundo entero sobre los hombros. Pero cuando se está acostumbrado a cargar con un arma de diez pies de largo a todas partes, ¡eso no supone un problema! Salvo cuando eres farero y tienes que usar todos los días una escalera de caracol.
No, los forjalanzas tienen demasiadas cosas que hacer para compadecerse de su suerte. La vida es un torneo, una justa perpetua, ¡y ellos tienen muy claro que serán los últimos que quedarán en pie! Luchan con fogosidad y desenvoltura, encardecidos por las miradas de admiración del público. ¿Acaso no son los campeones de las generaciones futuras?
El culto de los forjalanzas
La Lanza Original
Si es costumbre decir que los forjalanzas solo creen en sí mismos, eso no implica que no tengan ningún sentido del deber. Velan por un tesoro que para ellos tiene más valor que sus propias vidas: la Lanza Original.
Esta arma misteriosa es considerada una verdadera reliquia. En su presencia, el más escéptico de los lanceros se convierte en un ser colmado de espiritualidad, con una fe inquebrantable. ¿Cómo no sentirse transformado, e incluso trascendido, por una reliquia originaria de tiempos inmemoriales?
Aquellos que se recogen frente a la Lanza toman consciencia de la amenaza que pesa sobre el mundo. El Ocaso de los Dioses deja de ser una quimera una vez que has sentido el frío de la muerte en lo más profundo de tu ser.
El templo de Albuera
Erigido en lo más alto de la isla de Albuera, el santuario de los forjalanzas parece atemporal. Nadie se imaginaría que fue construido hace más de mil años. Sus salas de madera y piedra, sus paredes ornamentadas con tonos escarlata y sus armeros provistos de lanzas bien cuidadas no delatan su antigüedad.
Sin embargo, tras las puertas reforzadas con metal, los secretos del pasado perduran, como si fueran los primeros signos de un futuro anunciado... pero aún por escribir.
Expresiones típicas - El habla de los forjalanzas
Cambiar la lanza de hombro: Cambiar de opinión repentinamente.
Lanzarse en cuerpo y alma: Hacer algo con pasión y sin preocuparse por las consecuencias.
Ser puntero: Estar a la moda o sobresalir en un dominio.
Alcanzar la edad de hierro: Alcanzar la edad de sostener una lanza y luchar con ella.
La venganza es más dulce que la hidromiel: No conviene enfadar a un forjalanza, no vaya a querer vengarse.
A ser forjalanza se aprende forjando: Se mejora acumulando experiencia.
Estirar la lanza: Morir heróicamente (o no).
La envidia corroe a los envidiosos como la herrumbre corroe el hierro de la lanza: Codiciar el bien ajeno corrompe el carácter de un forjalanza de forma irreversible.
Forjarse su propia opinión: Constatar algo por uno mismo y sacar tus propias conclusiones.
Más vale morir que desaparecer: La muerte no es el fin mientras no seamos olvidados.