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Dofus 3

La Hora de los Dofus

Fragmentos Encontrados - Tomo IV

por Acidrik Rasgapanza1,053 palabras
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El tiempo pasó, y las generaciones de mortales se fueron sucediendo. Los dioses dudaron: en el Mundo de los Diez se habían encarnado unos dragones, pero no había aparecido ningún dofus primordial. Sram y Anutrof decidieron echar una mano al destino. Para ello, el talento demiurgo de Sadida les sería de gran ayuda:

«¡Qué bella escena!», exclamó Sram al contemplar el vuelo de los dragones blancos y negros. Tomó materia estelar y la hizo un ovillo en forma de cojín cósmico, se echó perezosamente sobre él, se rascó el mentón y se dijo a sí mismo: «¡Ojalá pudiera dejarme crecer la barba! Entonces sí que tendría estilo...». Luego se puso a pensar en los acontecimientos y en las consecuencias que acarrearían en el Krosmoz, lo que prometía llevar bastante tiempo.


Como siempre que pensaba, la cabeza empezó a picarle, pero por dentro. Sin embargo, las ideas y astucias le abandonaban poco a poco. Sram era un temible estratega... en sus días buenos. Pero ese no era su mejor momento. Solo había dos explicaciones posibles: o bien una larva astral negra se había colado en su fuero interno, o bien era su propia consciencia la que se manifestaba... Una voz resonó en su cavidad craneal. A decir verdad, la voz apenas era un murmullo, o un aliento sino más bien una corriente de aire que pretendía hacerle cosquillas...

«¿Sabes si ya hay alguno?».

«¿De qué me estás hablando?».

«¡No te hagas el tonto! Del corazón del mundo, de la prueba de paz y armonía. Sin ellos nada podría existir, ¡están por encima del poder de los dioses!».

«¡Los habrá! Por mis dagas que los habrá...».


«¿Hablas solo, Sram?».

Esta pregunta la hizo Anutrof, el dios dragón con cuerpo resplandeciente. Se había unido a Sram y desplegaba sus alas como si de un sol se tratase.

«Debería agradecerte el que me ofrezcas tus luces, Anutrof, pero ahora no la necesito».

Anutrof no pareció darse por aludido por el comentario del dios calavera:

«Creo que sé de lo que hablas... Figúrate que he visto, ahí abajo, un dragón de fuego y un dragón de agua, cada uno jugueteando en su propio elemento... Apostaría que necesitan la compañía de dragones de tierra y aire... Lo sabes tan bien como yo: ¡si los dragones elementales pueblan este mundo, este debería albergar los dofus! Esto sería más que deseable, además. Sin dofus, el mundo acabará sumiéndose en el caos...».


«¿Qué quieres? Nosotros, los dioses, estamos a la merced de los deseos de los dragones... exceptuándote, Anutrof».

«¡Claro! Así son las leyes del Krosmoz... Pero puede que antes necesitemos que el corazón de esos dragones palpite de amor ardiente... Y, por lo que sé, los dragones negros no son conocidos por su romanticismo. ¡Prefieren despedazarse entre ellos y buscar pelea! ¿Los dragones elementales? Solo piensan en divertirse. En cuanto a los dragones blancos... ellos tienen grandes sentimientos, nobles y puros, pero no pasionales... Lo que necesitamos es una pizca de sensualidad... ¡Incluso una sola gota de voluptuosidad serviría! Si no, puede que falte todavía mucho tiempo hasta que uno de estos dragones dé un solo dofus. Y ya hemos esperado mucho».


Sram cruzó sus largos dedos afilados bajo el mentón. Miraba distraído al horizonte, hacia donde se encontraba el dios Sadida. El dios bailaba una peculiar danza: movía las caderas, agitaba los brazos, y unos seres minúsculos hacían lo mismo a sus pies...

«¡Ahí tienes a uno al que no le preocupa el destino del mundo!», dijo Anutrof con aire decepcionado.

«Pero su arte podría sernos de utilidad...», dijo Sram. «¡Sígueme!».

Sram y Anutrof fueron junto a Sadida. El dios continuaba bailando con su máscara dentada a la vez que los miraba por el rabillo del ojo.

«¿Podrías concedernos un momento, dios Sadida?».

«Estoy en medio de un ritual de invocación, ¡es imposible detenerlo ahora! ¡Es como si le pidieras a la lluvia que se parase!».

«¡Yo lo hago siempre!», masculló Anutrof a Sram.


«Sí, pero tú no respetas el ciclo de la naturaleza...», murmuró este último antes de seguir en voz alta:

«Dios Sadida, ¿sabes lo que necesitamos? Que hechices a todos los viejos dragones del Mundo de los Diez... un hechizo del que solo tú conoces el secreto, algo que encante a todos esos escamosos».

«¿Y por qué iba a hacer eso?», dijo Sadida, aún bailando.

«Bueno, porque si no, podría pasar lo mismo que la última vez, cuando cayó aquel meteorito. ¿Sabes lo que le pasó a ese mundo azul del que ha hablado Osamodas?».

«¿Quieres decir que no estaba protegido por los dofus? ¿Y que pasa lo mismo con el Mundo de los Diez? Sería una catástrofe para todos nosotros...». Esta vez, Sadida dejó de bailar.

«Pero podríamos ayudar a los dragones», dijo Anutrof. «Me enorgullece decir que sé algo de la psicología dracónica: ¡si probasen el más noble de los sentimientos, el amor, seguro que se crearían multitud de dofus!».


Anutrof dejó un momento de reflexión a Sadida antes de añadir:

«Quizás podrías confeccionar muñecas que se parezcan a ellos...».

«Elaborar un hechizo de amor...», retomó el dios herbáceo. «¿Y puede que dar vida a una criatura encantadora de dragones? Sí, creo que es posible».

«¡Me encanta cuando hablas así!», exclamó Sram.

De los dedos hábiles de Sadida nacieron diez muñecas con apariencias diversas. Estas criaturas resultaron ser verdaderas armas de seducción... Hay que decir que el dios las había vestido con ajustadas pieles de kralamar y las había equipado a cada una con un palo de amor. Los efectos de este palo eran de sobra conocidos: los kralamares se enamoraban locamente en cuanto olían sus efluvios. «Con un poco de suerte, tendrán el mismo efecto con los dragones...», se dijo Sadida.


Más que eso, aquellas muñecas eran unos espejos de amor... Cuando el primer dragón vio la criatura destinada a él, no admiró los matices tornasolados de la piel de kralamar ni el palo de amor. Simplemente, sucumbió a los reflejos de su propio corazón: era como si una parte de sí mismo estuviera delante de él. Para una criatura tan narcisista como los dragones, ¡era como un sueño hecho realidad! Este mágico amor se condensó tantísimo que tomó la forma de un huevo.

De los diez, seis dragones fueron seducidos: uno a uno, se enamoraron perdidamente. Así, se engendraron los seis dofus primordiales...

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