La retirada de la noche
(...) Ilyzaelle abandonó la ciudad de los demonios, cuyas torres humeantes se derruían, llevando tras de sí un ejército entregado a la causa de Bonta. Leorictus había pronunciado su sentencia: el arzobispo Nas Orazal debía pagar por sus crímenes.
La campeona de Jiva entró en el cementerio de Brakmar, blandiendo el estandarte de la ciudad de la luz en la punta de su lanza resplandeciente. Cuando alzó su escudo, las criaturas que se aparecían en aquellos lares sintieron terror. La luz del dofus de los reyes quemaba sus descarnados huesos y sus atormentadas almas. Aquellos seres malditos no albergaban ninguna esperanza... Ilyzaelle había venido para liberarlos.
Los espíritus trataron de huir, pero los chafers eran los lacayos de Nas Orazal: obedecían al nigromante con fe ciega. Los arqueros de órbitas vacías dispararon sus flechas, sembrando la muerte entre los soldados. Los draugrs golpearon con sus pesados martillos las armaduras brillantes de los nobles caballeros. Por todas partes, surgían esqueletos de la tierra y reanimaban sus osamentas torcidas para atacar a los bontarianos.
Así que Ilyzaelle desencadenó su justa ira. El fuego del dofus se propagó por las filas de los muertos. Los chafers quedaron reducidos a cenizas, los espectros se desvanecieron bajo el calor de las llamas espirituales, mientras que el cobarde Nas Orazal volvía a darse a la fuga.
La campeona marchó tras el nigromante. El ejército penetró en las Tierras Desacralizadas, un país de desesperación bajo el dominio de príncipes tenebrosos que se alimentan de la sangre de los vivos. El arzobispo imploró la protección de los señores de rostro lívido, y estos se la concedieron. Así se selló el destino de los no muertos.
Los enfrentamientos duraron varias noches. Los vampiros de colmillos afilados hostigaban a los bontarianos y luego se fundían en la oscuridad. Muchos valientes cayeron y revivieron transformados en títeres al servicio del mal. Ilyzaelle no podía permitirlo.
Se visitó cada cripta, se abrió cada tumba. El fuego blanco devoró los cuerpos corruptos de los vampiros. Todos fueron destruidos, salvo los más ancianos, que se retiraron entre las sombras.
La persecución acabó en un lugar sagrado. La campeona y el nigromante se enfrentaron, luz contra tinieblas, verdad contra mentiras, justicia contra villanía. Y, finalmente, triunfó el bien...
