El Día Después de la Avalancha
Cuando llegué a Salpicado -que así se llamaba el pueblo antes de la avalancha-, las casas aún olían a pintura fresca. Los artesanos y obreros cualificados acudían de todas partes para participar en el gran proyecto del conde Kontatrás. Todos habían recibido alojamiento y las herramientas necesarias para trabajar en las mejores condiciones posibles. A mí me ofrecieron una casita supercómoda y un lote de engranajes de muy buena calidad.
El conde Kontatrás había financiado la construcción del pueblo y de sus instalaciones. Se ocupó de que todo fuera perfecto. Decía que la comodidad de los obreros aumentaba su productividad. Pero creo que este hombre era sobre todo un filántropo y que lo primordial a sus ojos era el bienestar de su entorno. Sea como fuere, los artesanos le devolvían al cien por cien todo lo que él hacía por ellos. Había que verlos como trabajaban y se apresuraban. ¡Parecían un enjambre de moskitos en una noche de juliero! ¡Zumbaban de aquí para allá sin parar! Por mi parte, yo estaba más motivado que nunca. Tenía algo de experiencia en relojería, pero nunca había trabajado en algo tan grandioso. ¡Era muy emocionante!
El pueblo fue construido al pie del monte Tórrido. De esta forma, se encontraba en el lugar ideal entre la obra y los puntos de abastecimiento de materias primas. Nada se había dejado al azar, así podíamos consagrar nuestros esfuerzos al éxito del proyecto. Todos los días, el conde en persona venía a supervisar las obras. Siempre el mismo ritual: paseaba por los talleres, daba algunas órdenes y aprovechaba para felicitarnos calurosamente. Del herrero al carpintero pasando por el que se ocupaba de los engranajes, cada uno tenía derecho a un cumplido y a una palmadita en la espalda. ¡Es muy gratificante! Nos sentíamos útiles y apreciados. Teníamos la impresión de estar participando en algo extraordinario, ¡algo que podría cambiar el curso de la historia!
Por desgracia, el único curso que cambió fue el de la historia de Frigost... Y de la manera más inesperada. Cuando el frío de desiembro azotó la isla, enormes cantidades de nieve se amontonaron en las pendientes del monte Tórrido, justo encima del pueblo. Se acumularon tan rápidamente que amenazaban con desplomarse.
Pocos minutos después del comienzo de la glaciación, escuchamos a lo lejos un ruido sordo y monstruoso, un rugido que parecía proceder de los infiernos. Era como un terremoto, un tifón en el mar, un gran estruendo que avecinaba lo peor... La sacudida fue tan violenta que rompió el frágil equilibrio que protegía nuestras vidas de lo inevitable: la avalancha.
En un instante, un torrente de polvo helado cayó sobre nosotros, cubriéndolo todo a su paso. En lugar de lava, parecía que el volcán escupía ríos de nieve que, al bajar rodando por la vertiente, se convertían en una despiadada tormenta de nieve. Sin tiempo para reaccionar, la nieve arrastró a nuestros hombres y acabó con nuestros bienes, y nuestras casas quedaron atrapadas bajo una espesa capa de hielo.
La avalancha fue breve, violenta, despiadada. Y sepultó el pueblo Salpicado para siempre.
Cuando uno sobrevive a una tragedia de este tipo, tarda bastante tiempo en recuperarse. La gente del pueblo lo había perdido todo. En pocos minutos, todas nuestras esperanzas fueron destruidas, barridas por toneladas de nieve. Pero el frío cortante de desiembro nos obligaba a sobrevivir. Teníamos que reaccionar rápido si no queríamos morir congelados.
Los más cobardes huyeron sin mirar atrás. Sin ningún remordimiento, abandonaron el lugar que les había acogido con los brazos abiertos. Prefirieron ir en busca de la comodidad, en lugar de asumir las consecuencias de sus actos. Estos fueron los que más tarde acusaron al conde de ser el responsable de todos sus males. ¡Hipócritas!
Los demás, por el contrario, nos ofrecimos a limpiar los tejados de las casas y a reparar todo lo que se podía. Estábamos bastante trastornados, pero seguimos siendo fieles al conde. Después de todo, Kontatrás no era el único responsable de lo que había sucedido. Todos habían participado en el proyecto. Y ¿quién habría podido prever ese giro nefasto de los acontecimientos?