La Aurora Púrpura (2.ª Parte)
Fragmentos Encontrados - Tomo X
Era un guerrero, un solo guerrero, que vestía una armadura negra: un coloso. Avanzaba hacia ellos, solo, y los brakmarianos se apartaban a su paso. Lanzó un nuevo alarido y fue como si una fuerza invisible empujara a los bontarianos. Enfurecido al ver retroceder a sus caballeros, Menalt les ordenó que volviesen a luchar. Él levantó su espada y cargó al ataque. Pouchecot le gritó que esperase, pero los centauros ya se habían precipitado contra las primeras líneas enemigas. El choque fue terrible, el estrépito de las armas resonaba, los cuernos y los tambores redoblaban ruidosamente. Punzando y cercenando al enemigo con su espada, Menalt se abría camino hasta el jefe de guerra brakmariano. Si este caía, ¡la victoria sería para Bonta! Menalt veía cómo combatía el guerrero: a cada golpe que daba, un caballero caía con su armadura desgarrada por la espada negra. La punta de su hoja describía curvas y círculos sin cesar, era como si dos alas oscuras batiesen el aire a su alrededor. El guerrero negro tenía la misma intención que Menalt.
«¡Soy Menalt, comandante de la Orden del Corazón Valiente, protector de martalo! ¡Quienquiera que seas, tienes tus horas contadas!», le gritó Menalt alzando la voz sobre el tumulto. La batalla causaba estragos allí donde se mirara. Menalt se deshizo de su armadura: no le serviría de protección, y aún peor, le obstaculizaría en sus movimientos ante un adversario de tal calibre.
«¡Te las voy a hacer pagar, centauro! ¡Rézale a tu dios para que os abra las puertas del reino de los muertos a ti y a tus caballeros! Y dile que ¡Hyrkul hará que Bonta caiga hoy!». Unas llamaradas negras salían de su casco. Menalt, que ahora podía ver a su adversario de cerca, se quedó estupefacto al comprobar que se servía del fuego como arma. Y gritó: «¡Sacrilegio! ¡Manchas el fuego de Uronigrido! ¡Maldito seas por ello!».
«¡Hyrkul es mi nombre, y tu lo harás conocer en el otro mundo, centauro!», vociferó. Y los dos se lanzaron al ataque. Todo fue cuestión de segundos. Menalt blandía su lanza en cuya punta había un halo de fuego blanco y se dispuso a hacer un ataque directo apuntando al hueco de la garganta, donde las placas de la armadura negra estaban lo suficientemente espaciadas para que el ataque fuese fatal. Pero el guerrero consiguió esquivar el golpe y la lanza se perdió. Batió sus grandes alas sombrías para azotar y cegar al centauro. Antes de que este pudiera lanzar un segundo ataque, Hyrkul ya tenía empuñada la lanza de Menalt con una mano y, con la otra, lo tenía agarrado por la garganta. Ambos gritaban, uno de rabia y otro de dolor. Un rayo incendiario salió del casco negro y alcanzó a Menalt en el rostro durante unos segundos interminables. Luego el guerrero empujó al centauro conmocionado y agonizante para asestarle el golpe de gracia. Se acercó moviendo su espada en círculos, haciéndola silbar, hasta asestar su golpe: cortó a Menalt en dos y este cayó al polvoriento suelo.
El guerrero continuó rugiendo y girando su espada: un intenso fuego proveniente de su garganta acariciaba la hoja. Las llamaradas se hacían cada vez más largas y más peligrosas. Y los caballeros que habían visto como había caído su jefe, ahora retrocedían. Un fulgurante dragón negro había nacido de la espada de Hyrkul. La bestia los observaba desde las alturas. Se lanzó hacia las tropas bontarianas. Estas se abrasaron instantáneamente, los caballeros se desplomaron unos tras otros; y la onda expansiva de la explosión acabó con el resto de guerreros de Bonta. Pouchecot se salvó gracias a su magia, al igual que los árboles centenarios, se enraizó profundamente en la tierra y evitó salir despedido. Las armaduras de los caballeros cubrían el campo de batalla. Una lluvia glacial empezó a caer. Las hordas de brakmarianos volvieron a ponerse en marcha hacia Bonta. Hyrkul se puso delante de un Pouchecot transformado en árbol gigante. El protector se había protegido así del ataque, pero a la vez se había vuelto incapaz de realizar cualquier movimiento. El coloso negro soltó una carcajada siniestra.
«¡Te esculpiré un ataúd con tu propia madera, Pouchecot! Pero antes, quiero ver la cabeza de Jiva balancearse colgada de tus ramas.» Escupió y a grandes pasos se reunió con su ejército. La fortificación de Bonta se distinguía a lo lejos, pálida como la cera.
La Orden del Corazón Valiente había sido totalmente exterminada.
Parecía que los defensores de Bonta no volverían a ver la luz del sol. ¿Sería esta la última noche que iban a vivir? Jiva no era la única que miraba constantemente hacia el cielo, intentando comprender el misterioso hechizo que pesaba sobre ellos. Raval, el guardián de septango, subió a lo más alto para observar el campo de batalla y la maléfica oscuridad que no terminaba de partir. «¡Cinco horas! ¡Debería haber amanecido hace cinco horas ya!». Esas horas eran preciadas para el protector de septango. Le habían robado cinco horas a su mes... ¡Tendría que dar explicaciones por ello a Xelor!
Aquel guerrero negro tenía un poder descomunal. Exterminar a cien caballeros era una proeza. Acabar con Menalt era otra más. Reducir a Pouchecot a la impotencia, una tercera.
«Si me interpongo entre él y Bonta para reclamarle las horas robadas, me juego la vida... Y en cuanto a Bonta... Querida Jiva, tu vida está pendiente de un hilo... Pero si Bonta cae, la noche durará, quizás toda la eternidad... y puede que eso sea el fin de septango». Y eso, Raval no podía ni tan siquiera imaginárselo. Bajó hasta el campo de batalla. Los goblins que se salvaron del ataque se entrelazaban para formar una retaguardia renqueante. Y en medio de cadáveres de goblins y de armaduras vacías, Raval tuvo la idea que iba a salvar septango. Él que, en cuanto pasaba agusto, se dedicaba a extraer lentamente la vitalidad de los vegetales, ahora iba a llamar a la vida a los caballeros difuntos. Él tenía ese poder...
Bajo sus órdenes, los fantasmas de los caballeros de la Orden del Corazón Valiente se levantaron: las armaduras rodaban por el suelo produciendo un ruido metálico. Calcinados, heridos, despellejados, todos tenían heridas abiertas. Raval pasó silencioso entre las filas y luego señaló al ejército de Brakmar. Las tropas de Hyrkul estaban a las puertas de Bonta. Los trools martilleaban las puertas, que amenazaban con ceder en cualquier momento. Jiva había reagrupado a sus milicianos para que formaran un muro de armaduras. Pero los goblins intentaban deslizarse entre las hendiduras de la puerta, que se agrandaban cada segundo que pasaba. Hyrkul, que había metido su espada en la vaina, ahora asestaba también golpes con su maza. Este detuvo su gesto... y, extrañado, se giró bruscamente...
De repente, unos gritos de angustia se oyeron desde la retaguardia. El coloso, desconcertado, permaneció a la escucha. Pero no eran esos gritos de miedo lo que lo inquietaba. Escudriñó el sur. Y vio a sus tropas desbordadas por los caballeros de la Orden: los mismos que había vencido con el rayo negro. Era una marea blanca que ahogaba a los brakmarianos. En ese momento sonó el cuerno de Bonta. Jiva ordenó abrir la paso cada kámetro de terreno as puertas y sus milicianos avanzaron sobre las tropas de Brakmar, recuperando paso perdido.
Hyrkul no podía prever este giro tan inesperado. Las tropas de Brakmar estaban en una situación muy delicada. Veía cómo los caballeros fantasmas, insensibles a los golpes, desmontaban totalmente su ejército. El estado de confusión era absoluto. Su capitán se batía en retirada. Los goblins y los chafers se dispersaban, al mismo tiempo que los caballeros fantasmas los masacraban. Luchando por zafarse del combate y dando la batalla por perdida, Hyrkul echó un último vistazo a Bonta, a la que tuvo tan cerca, antes de darse a la fuga hacia el bosque de los abráknidos. Y aunque había perdido la batalla, sí que estaba seguro de una cosa: no había dofus en Bonta. Jiva y Pouchecot no hubiesen dudado en utilizarlos en el momento más duro de la batalla para mostrar su poder y asustar a las tropas brakmarianas... Aquella simple información bien valía las pérdidas de Brakmar... Hyrkul se perdió en el Bosque Oscuro.
Un grito de victoria resonó en toda Bonta. Los supervivientes veían por fin el amanecer. Raval había vuelto al punto más alto y veía la desbandada de Brakmar. La aurora era púrpura. El color daría nombre a esta batalla que quedaría escrita en los libros de historia. La Aurora Púrpura, la primera gran batalla en la que se enfrentaron Bonta y Brakmar, fue una de las más sanguinarias del periodo de «la guerra de las ciudades».