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Dofus 3

La Aurora Púrpura (1.ª Parte)

Fragmentos Encontrados - Tomo IX

por Acidrik Rasgapanza1,214 palabras
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Después de Sacrógrito, Pandawa fue la que recibió el reconocimiento de sus iguales como divinidad con la que había que contar, y, sobre todo, brindar. El Mundo de los Once se convirtió entonces en el Mundo de los Doce. Pero el halo de armonía de los dofus estaba mancillado. Y el desorden, que se hacía evidente día a día en todos los rincones del mundo, se agravaría hasta que estalló la guerra entre Bonta y Brakmar, las dos ciudades surgidas del esfuerzo de los protectores de los meses.


Rushu había destruido una parte del Reloj Divino de Xelor e impuso a Djaul como protector del mes de desiembro. Desde aquel momento, el vasallo de Rushu lanzó una sombra del miedo sobre el mundo: el gran Solar había muerto a sus manos. Y, si bien no consiguió robar el dofus que protegía Aguabrial, de su tentativa nacería un dragón colérico e imprevisible, al que dieron el nombre de Bolgrot. Este dragón, como presentía Djaul, le podría servir tarde o temprano para alcanzar sus fines. Todo esto había creado una corriente de inestabilidad en el mundo, y el halo protector de los dofus se vio manchado por tanta codicia...


A pesar de todo esto, Rushu no estaba satisfecho. El señor de los demonios quería ser un dios también y ser venerado por discípulos a su imagen y semejanza. ¡Pero le negaron este anhelo! Una diosa, llamada Sacrógrito, ¡le arrebató su lugar en el panteón! Para resarcirse, Rushu le pidió a Djaul que le levantase una ciudad entera. Dicha ciudad sería su templo. Y, así, ¡él también tendría sus fieles! Rushu pretendía convertir a los discípulos de los dioses a su propio culto: estos llevarían alas rojas y ¡parecerían demonios! Así fue como la ciudad de Brakmar, que Djaul y Rushu construyeron en una noche, se dedicó al culto del señor demonio...


Xelor, por su parte, juzgaba que Jiva era digna de suceder a Solar. Menalt, guerrero centauro y comendador de la Orden del Corazón Valiente, era el protector de martalo, el mes de las tempestades y de las lluvias. Como Jiva y Pouchecot, respectivamente protectora y protector de los meses de javián y agusto, él había elegido residir en la nueva ciudad de Bonta. Solo bastó un mes para que los tres protectores, ayudados por los diez dioses, levantasen la ciudad que debía oponerse al domino de Brakmar y al culto de Rushu. Pasaría todo un año antes de que estallase la primera batalla.


El amanecer del 12 de septango del año 26 era frío y la luz apenas conseguía penetrar entre las tinieblas. Los puestos avanzados bontarianos, que ostentaban los caballeros de la Orden, estaban blancos debido a la helada, y los centinelas, aletargados por el frío de la mañana. Aunque agrupados alrededor de los braseros, no conseguían entrar en calor. El bosque, que normalmente comenzaba a resonar con cientos de ruidos diferentes a esa hora matinal, habría permanecido bajo un total silencio si no hubiese sido por aquel grito que se oyó varias veces durante la noche. Los centinelas, que en un principio no prestaron atención, empezaron a investigar en la oscuridad, allá, hacia el sur. El grito, que dudaban que saliera de un animal corriente, se había acercado.


El capitán de turno sospechaba que se trataba de una estratagema del enemigo. Últimamente, los brakmarianos habían permanecido bastante tranquilos, sin lugar a dudas, demasiado. Envió un mensajero a Bonta. De repente, la noche, que estaba en la más absoluta calma, se estremeció: algo se movía más allá de donde alcanzaba la vista de los centinelas. Tras varios segundos estupefactos, cabalgaron hasta el campanario para dar la voz de alarma... ¡Demasiado tarde! Un clamor salvaje ensordeció los tañidos. Los caballeros oyeron resonar unos tambores de guerra. ¡Era un ataque! Tropas amontonadas por todos los montes colindantes se abalanzaban sobre ellos. Su tumulto hacía temblar la tierra. Y no terminaba de amanecer.


En Bonta, Jiva ya había dado la alarma y enardecía a los milicianos: tendrían que ser capaces de resistir si el ataque enemigo conseguía llegar hasta la ciudad. Animaba a los defensores y apostaba a los arqueros en las aspilleras y a la infantería detrás de las puertas. Podían oír más allá de las murallas el martilleo ahogado de las tropas al andar. El enemigo estaba ganando terreno rápidamente. Aquello no auguraba nada bueno... Menalt y Pouchecot se habían reunido con Jiva. Tras una breve conversación, los tres se pusieron de acuerdo. Jiva dirigiría la defensa de la ciudad. De mutuo acuerdo, Menalt y Pouchecot encabezaron cada uno una escuadra de cincuenta caballeros de la Orden del Corazón Valiente. Entre estos, algo más de la mitad eran centauros bajo las órdenes de Menalt; el resto eran infantes armados hasta los dientes.


Con una espada al aire y al grito de «¡Bonta vencerá!», el grupo se lanzó para ayudar a sus camaradas. Por desgracia, los puestos avanzados de más lejos habían sido devorados por hordas de goblins. En ese momento sucumbían nada menos que cuarenta caballeros, desbordados por el número de goblins. ¡Los refuerzos llegaban demasiado tarde! Las tropas bontarianas aceleraron el paso, y los centauros galoparon más rápido. Pero los goblins solo eran la punta del iceberg de la ofensiva lanzada contra Bonta.


El enemigo bullía frente a ellos. El alba parecía estar fija y la noche se eternizaba. De repente, un chorro de llamas pálidas y grises resplandeció sobre las tropas de goblins e iluminó tímidamente la batalla. El siniestro grito resonó de nuevo. Los brakmarianos habían arrasado los puestos avanzados de Bonta. Menalt veía con aversión cómo los cabalgadores de karne perseguían a los últimos caballeros que huían a la desbandada para acabar con ellos. Los dirigía un yopuka oscuro, un capitán brakmariano que mientras tanto se mantenía en la retaguardia.


«¡Las fuerzas de Brakmar son numerosas, pero no invencibles!», dijo Pouchecot. «Tus centauros deben atacar a las tropas enemigas por los flancos. Así, acorralarás a todos los goblins. Entonces, podré aniquilarlos, ¡y todas nuestras fuerzas se enfrentarán a los jefes de guerra brakmarianos! Sabes que la mayoría de las criaturas bajo las órdenes de Brakmar son unos brutos sin cerebro e indisciplinados. Si decapitamos a su comandante, se darán a la fuga. ¡Entonces podremos encargarnos del origen de esos macabros alaridos!». Así habló Pouchecot, y Menalt asintió.


Los caballeros llegaron hasta las tropas de goblins... ¡Aquello fue una carnicería! ¡Una masacre! ¡Una matanza! Los héroes bontarianos blandían sus espadas y a cada golpe que asestaban, las salpicaduras ensangrentaban aún más sus armaduras. Por fin pararon para recobrar el aliento. Los caballeros se reunieron alrededor de Menalt y de Pouchecot. No habían sufrido bajas, solo algunos rasguños. Menalt hizo una panorámica del campo de batalla para calcular la amplitud del combate. El ataque funcionó bien. Muy bien. Demasiado bien. El centauro buscaba al yopuka oscuro al que había visto un poco antes. El capitán se había reagrupado con el resto de tropas brakmarianas, a las que contenía para no ir a la batalla. Había cientos de esqueletos chafers, y no habían venido para socorrer a los goblins... Entonces Menalt se dio cuenta del error. Entonces resonó un alarido ensordecedor. Y de nuevo las tinieblas dejaron paso a un relámpago gris. ¡Los goblins solo eran un señuelo! Lo peor estaba aún por llegar...

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