La batalla de Astrub
El Crepúsculo de Jade - extracto
Una bruma gris se alzó y envolvió la ciudad de los mercenarios. Esta, seca como la arena, dejaba un sabor a cenizas y a metal en la boca de los soldados aglutinados en las murallas. Los astrubienses trataban de recobrar el aliento mientras tosían y escupían. Rathrosk y el caballero del otoño yacían en medio de las tropas de los asaltantes. ¿Se había perdido la batalla?
La reina Trenzha avanzó, subida a su carnero de imponente cornamenta. No parecía molestarle la niebla: al igual que los cocodrails, estaba acostumbrada a respirar los vapores mefíticos de los pantanos. Levantó su martillo grabado con runas y arengó a las tropas.
«¡Los Siete nos están observando, hijos e hijas de las montañas! Es hora de que les demostremos que la sangre que corre por nuestras venas no está hecha de barro, ¡sino de cobre rojo como las brasas de los hornos de fundición! Somos los hijos del Forjador. Nada puede quebrarnos. Hoy voy a derribar un imperio. ¿Estáis conmigo?».
Los taponanos lanzaron un clamor y martillearon la tierra con sus suelas emplomadas. No importaba que los cocodrails fueran superiores en número: los guerreros de barbas pelirrojas estaban decididos en devolverlos al fango del que nunca debieron salir.
Los artilleros prendieron las mechas de los cañones de hierro fundido. Un diluvio de hierro y de fuego se abatió sobre los escamosos, segando sus filas como si fueran espigas de trigo en una cosecha. El olor acre de la carne quemada se mezcló con el de la pólvora; el humo oscureció todavía más el velo que había recubierto el campo de batalla como una mortaja sobre los cuerpos de los moribundos.
Los cocodrails respondieron lanzando jabalinas con púas en la punta. A pesar de que ninguna flecha podía atravesar sus armaduras, algunos taponanos caían víctimas de los jugos ácidos capaces de corroer las corazas más densas.
El general Cresta Rubia, que confiaba en la protección que le ofrecía su cota de malla de grithril, cargó sin un atisbo de duda; a su paso, los caballeros espolearon a sus jalatós acorazados y se abalanzaron sobre el enemigo. Los saurios trataron de resistir a la acometida de los taponanos, pero estos los pisotearon, los hicieron picadillo, los cortaron en rodajitas, los hicieron papilla bajo el peso de las mazas tachonadas. El pánico se apoderó de sus cerebros de reptil. ¿Morirían todos a los pies de las murallas de Astrub?
En la cima de las murallas, los mercenarios recobraron la esperanza. Resueltos en luchar por su ciudad, descendieron hacia las puertas para buscar una salida. Puede que la ciudad no terminara cayendo, después de todo... ¡Sus aliados de barbas largas no lo permitirían!
En lo más alto de una colina, desde el palanquín adosado a la espalda de un mastodonte de colmillos desmesurados, el Sangriento Señor de Jade observaba la batalla. Al comprobar que sus súbditos perdían ventaja, blandió la espada que lo había convertido en el amo incuestionable de los cocodrails. Por la hoja verde circularon rayos. El rayo se precipitó sobre los taponanos, ennegreciendo las corazas en haces de chispas de colores enfermizos.
El general Cresta Rubia dio un grito de rabia y de frustración cuando el fuego maléfico lo golpeó de lleno. El viejo soldado se desplomó, con un rictus que deformaba su cara llena de cicatrices. El corazón le latió una última vez y se detuvo. Era un día como otro cualquiera para morir... Su mirada se posó sobre su soberana antes de apagarse para siempre.
Trenzha luchó contra la tristeza que amenazaba con embargarla. Acababa de perder a su seguidor más fiel. Rezó por su alma, que se marchaba a reencontrarse con sus ancestros a las forjas eternas. Mientras le venía a la memoria la letra de un antiguo canto de guerra, levantó su escudo con el escudo de armas del clan Verdín. Era el momento de que sus adversarios sintieran todo el peso de su cólera... la cólera de una reina.
Trenzha hizo girar su martillo. El arma les aplastó el cráneo a los cocodrails demasiado estúpidos o temerarios como para no apartarse. El carnero real se lanzó hacia la colina. ¿Cómo esperaba rivalizar con el mastodonte imperial que le superaba con su imponente tamaño? Parecía un raratón que cargaba contra un mufafah... pero parecía que nada podía pararlo.
A los escamosos que trataban de interponerse los apartaba como si fueran briznas de paja. La reina gritó los nombres de los dioses protectores de su pueblo. ¡Benjak, Tasmalin, Icleen! ¡Pasqueoz, Ediva y Arudavel! ¡Pierrock! Todos estaban con ella: de eso Trenzha no tenía ninguna duda.
El emperador gruñó y apretó su larga mandíbula. Apuntó con su espada a la reina de los taponanos.
Dos rayos rasgaron la niebla. El primero hizo saltar haces de chispas en la superficie del escudo con los distintivos del clan. El segundo inflamó el denso vellón del jalató. El animal no aminoró: no sentía dolor. Estaba formando uno con su dueña y la llevaría hasta el fin de su camino, costara lo que costara.
El Sangriento Señor de Jade invocó de nuevo el poder del rayo. Y volvió a hacerlo. Y lo hizo una vez más. Y otra, y otra.
El carnero acabó sucumbiendo ante el mastodonte. Su cuerpo ya no era más que cenizas humeantes.
La reina se levantó. En sus cabellos color rubí crepitaban brasas. Soltó un grito de ira y golpeó el suelo con su martillo, ignorando las patas enormes del monstruo que amenazaba con aplastarla. Apareció una fisura. En un crujido ensordecedor, la grieta se ensanchó. El mastodonte perdió el equilibrio; su cuerpo gigantesco cayó, atrapado por la tierra que se abría como las fauces voraces de un milubo.
El emperador saltó para que no se lo tragara la falla. Aterrizó con todo su peso delante de Trenzha, que volvió a alzar su martillo.
El Sangriento Señor evitó un golpe que hubiera podido romper un yunque.
Trenzha acosó a su adversario, multiplicando los ataques. El emperador se mantuvo a la defensiva, buscando el momento preciso para responder, cual serpiente que clava sus ojos en su presa con total frialdad. Al contrario de la reina de los taponanos, la ira no lo estaba consumiendo. Lo único que lo motivaba eran las ansias de poder; las emociones no le afectaban.
Alrededor de los dos monarcas enfrascados en una lucha a muerte, los cocodrails y los taponanos estaban sin aliento, como hipnotizados por la escena. Detrás del gran rastrillo de la puerta de Astrub, los mercenarios estaban congregados, esperando la señal de su capitán para lanzar una contraofensiva sobre el ejército enemigo. Apostado sobre las murallas, su jefe no podía dejar de mirar las dos siluetas que se enfrentaban en la cima de la colina inundada en la niebla. El resultado de la batalla, y probablemente de la guerra, iba a depender de aquel combate.
Trenzha seguía atacando, sin descanso. Su martillo acabó alcanzando a su objetivo: golpeó con fuerza la coraza espinosa que llevaba el emperador. El Sangriento Señor emitió un silbido mientras crujían sus huesos; ignoró el dolor y asió con su mano ganchuda el mango de la pesada maza grabada con runas, impidiendo a la reina retroceder. La espada de jade describió un arco sangriento y le hizo un corte profundo en la pierna a Trenzha. Esta se soltó para evitar un segundo ataque. Se tambaleó, al sentir el veneno de la hoja quemarle la carne. Los cocodrails habían pisoteado todas las reglas del arte de la guerra desde que emprendieron su conquista del Mundo de los Doce. Así que no era raro que su emperador utilizara el veneno, el arma de los cobardes, para salirse con la suya...
Al ver a su reina en apuros, unos taponanos acudieron corriendo en su ayuda. El fuego crepitante que invocó el emperador los fulminó.
Trenzha luchaba para mantenerse en pie. Levantó su escudo para protegerse de los rayos y sacó el hacha que llevaba colgado en su cinturón. El Sangriento Señor iba girando despacio en torno a su enemiga manteniéndose a una distancia prudencial. La victoria estaba cerca... La reina hincó una rodilla en el suelo. En un grito de desesperación, lanzó su hacha, que giró y por poco no le dio a la cabeza coronada del emperador antes de clavársele en el pecho a un reptil que cayó en redondo en un gemido de agonía.
La soberana de los taponanos se hallaba ahora desarmada. El amo de los cocodrails se acercó despacio. Levantó el martillo que le había arrebatado a la reina y golpeó con él varias veces el escudo de Trenzha; este acabó volando en pedazos.
El Sangriento Señor esbozó una sonrisa cruel. Se deshizo del martillo y agarró su espada con las dos manos, preparado para asestar el golpe de gracia.
Otra hoja detuvo en seco la hoja verde. Una silueta indistinta había aparecido de repente al lado de la reina, cual fantasma surgido de la nada. El emperador retrocedió; al final pudo identificar a aquella forma espectral: reconoció el yelmo con cimera del caballero del otoño. Él había matado al campeón con sus propias manos. ¿Qué clase de hechicería era esa?
La bruma se hizo más espesa. Un gruñido parecido a los truenos hizo que el suelo de la colina temblara. Los mercenarios, los taponanos y los cocodrails sintieron como un miedo atroz les atenazaba el corazón.
La noche oscureció el campo de batalla. Una noche traída por dos alas membranosas de las que cada movimiento llenaba el cielo como miles de platillos que resonaban al unísono.
El Sangriento Señor alzó la cabeza. El dragón protector de Astrub había vuelto para cumplir con su juramento.