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Dofus 3

Las Lágrimas de la Diosa (1.ª parte)

Fragmentos Encontrados - Tomo VII

por Acidrik Rasgapanza893 palabras
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Según el erudito Hel Munster, un aleteo de moskito puede provocar una tormenta en el otro extremo del mundo. Y cuando un demonio trata de robar un dofus, una ola de sombras se cierne sobre los mortales... ¡Pero a veces de la oscuridad brota la luz! Una nueva diosa asciende al panteón.

Djaul corrió hasta quedarse sin aliento, cruzando los campos inundados y los bosques fangosos. Tratar de engañar a un dragón azul tiene sus peligros... Y el fracaso es sinónimo de catástrofe: toda la región quedó sepultada bajo una lluvia inclemente. Y esa ingente cantidad de agua se convertiría en torrentes, en riadas que desvelarían a Aguabrial hasta el más ridículo de sus movimientos. ¿Cuántos días habían pasado desde que intentó engañar al dragón? Resultaba imposible saberlo... Recluido en la cueva de Aguabrial, Djaul perdió la noción del tiempo. Y las lluvias que caían desde octobrero anegaron los paisajes y borraron el paso de las estaciones. Fue entonces cuando Djaul tuvo la idea de servirse de sus privilegios de protector para consultar el Reloj Divino.


Apareció justo cuando lo reclamó, con todas y cada una de sus doce gemas violetas brillando con intenso fulgor. El demonio se puso frente al reloj y, cuando descifró la fecha, sintió como la ira se apoderaba de él. ¡Entonces comprendió por qué las lluvias de novimiembro le habían parecido tan largas! ¡Brumario recortó el mes de desiembro dieciséis días! Acto seguido, Djaul desencadenaría la helada de desiembro sobre el mundo. De este modo, el agua permanecería un tiempo en silencio... Durante dos semanas, el demonio se instaló en las penumbras de los bosques del sur, dándole vueltas a su fracaso hasta final de desiembro, volcando sobre la tierra nieve y hielo sin piedad. El 31 de desiembro todo estaba dispuesto para ejecutar su venganza.

Ese día, como cada año, Solar ascendió a las alturas de Amakna. Allí, proclamaría solemnemente el inicio de javián y el comienzo de un nuevo año. Y allí le esperaba Djaul, oculto entre las sombras. Al sonar la undécima campanada a la medianoche, el demonio salió de su escondite y dio rienda suelta a su rabia y su furia. Solar quedó estupefacto ante el ataque, pero se defendió con valor. El combate entre los dos protectores fue de tal violencia que ni siquiera las piedras y las rocas de aquel paraje dieron cuenta.


Solar, herido de muerte, cayó sin vida. Djaul, el vencedor, arrojó el cadáver del protector de javián desde lo alto de las montañas de Amakna. Ese mes de desiembro sería uno de los más largos y duros que los habitantes del Mundo de los Diez jamás hubiesen conocido.

Hambrunas, epidemias y pillajes asolaron los pueblos. La población se vio incapaz de enfrentarse a una situación tan desesperada: cada día se debilitaban más. No era extraño contemplar a aventureros antaño valientes, a laureados guerreros, muertos de frío y de agotamiento al borde de los caminos, cubiertos de escarcha.

Hasta que un día llegó un profeta. Afirmaba que antes había sido leñador, pero que por aquel entonces predicaba la palabra de la diosa Sacrógrito. ¿Una nueva diosa en el olimpo? « ¡Exacto! - respondió el profeta -. Los desdichados le juran fidelidad para que les libre de su sufrimiento, y gracias a la diosa recobran la fuerza y el vigor perdidos...».


En la región se multiplicaron las súplicas que imploraban el fin del tormento. Sin embargo, esas súplicas ya no iban dirigidas a unos dioses aparentemente insensibles, sino a la diosa Sacrógrito, una divinidad que había mostrado su rostro compasivo. Y así fue como, de contar con tan solo algunos grupos de discípulos, pasó a ganar adeptos de todos los orígenes. La diosa inyectaba en sus fieles renovadas fuerzas para compensar los rigores causados por el frío.


Los devotos de Sacrógrito recorrieron a pie la distancia que separa las landas de Cania del puerto de Amakna para convertir a todos los que lo desearan. A partir de entonces, el profeta recitaría estos versos:

«Partimos quinientos, pero muchos nos congregamos:

Ya éramos tres mil cuando al puerto llegamos.

Y cuando nos veían marchar con el rostro del vencedor,

los más débiles recuperaban de repente el vigor.»


Estos versos alcanzaron tal popularidad que cruzaron el espacio y el tiempo y fueron inmortalizados por un escriba mucho más tarde, en otro mundo... ¡Pero esa ya es otra historia! En lo que a Djaul respecta, siguió la llegada de la diosa con gran interés, preguntándose cómo podía sacar tajada de la situación. Escondido en la copa de una haya, observaba los movimientos de los sacrógritos cuando, de repente, sintió como una mano le agarraba y lo arrastraba con fuerza.


Sorprendido, ni siquiera tuvo tiempo de aferrarse a las ramas, así que se precipitó sin remedio. Molido tras su caída, vio como Silvosse, el protector de flovor, se alzaba frente a su mirada, sujetando firmemente entre las manos un descomunal martillo.

«¡Demonio, mis árboles se están helando! ¡Y todo por tu culpa! ¡Tú, Djaul, el Chapoteador, vienes y osas poner tus zafias garras sobre la corteza de mis protegidos! ¿Y crees que te irás de rositas? Él (señala hacia el árbol) no puede soportar tu presencia entre sus ramas... ¡Y yo tampoco!».

Djaul apenas tuvo tiempo de esquivar el golpe que le asestó Silvosse. Alrededor del acero del martillo, la nieve se derritió en el acto.