Cuentas y leyendas del bayou
La arakna y el mangle
Se cuenta que en otros tiempos, cuando el primer cocodrail todavía no había salido del huevo, la selva primordial y el océano original libraban una guerra sin tregua. Ambos querían extenderse lo más posible en detrimento del otro. Los árboles se alzaban hacia el cielo y dominaban el mar, creciendo cada día, rozando las nubes con sus hojas susurrantes. El bosque proyectaba su sombra sobre las aguas, que se encontraban sumidas en una fría oscuridad. Las olas intentaban inundar la tierra, incansables... Pero siempre acababan retirándose, pues se rompían contra los cuerpos leñosos de los mangles.
A orillas de la selva, solos frente al mar, los mangles formaban la muralla protectora de la jungla contra los ataques de las mareas. Tenían numerosas raíces, profundas y sinuosas, firmemente ancladas en el nutritivo suelo. Sin su vigilancia, las fronteras del bosque habrían sido devoradas por las fauces espumosas del océano.
Un día, una pequeña arakna tejió una tela en el más alto de los mangles. Contaba con alimento en abundancia entre las ramas del gran árbol. El viento de alta mar transportaba insectos que quedaban atrapados entre los hilos de seda como peces en redes de pesca. La arakna temía morir ahogada. Le aterrorizaba ver a los árboles jóvenes ceder y partirse bajo el peso de las lluvias diluvianas. El viejo mangle le ofrecía un abrigo seguro: él nunca se partiría.
Al gran árbol le hacía gracia el baile de la hilandera, ágil y frágil sobre sus gráciles patitas. Y le cogió cariño a la arakna. Mientras ella se columpiaba entre las hojas con despreocupación, él le contaba historias olvidadas que solo los árboles ancianos recuerdan.
Pasó el tiempo. El bosque ganó terreno. Las aguas furiosas intentaban en vano desenraizar al viejo mangle. En lo alto de las ramas, la arakna bailaba, burlándose del mar que no podía alcanzarla.
Exacerbado por la cólera, el océano hizo nacer una ola inmensa, gigantesca, cuya cima se confundía con las nubes. Más alta que las copas de los árboles, la ola avanzó retumbando y se abatió sobre el gran mangle. Mientras él se mantuvo en pie, los árboles a su alrededor quedaron arrasados como briznas de paja. El mangle desafió al océano y resistió al peso de aquellas aguas capaces de tumbar una montaña... La arakna no tuvo tanta suerte.
Devorada por la ola, la hilandera se aferró a su tela. Intentó aguantar valientemente, pero los hilos de seda acabaron desgarrándose. El agua se llevó por delante al pequeño bichillo. Sin un grito, desapareció entre el oleaje.
El viejo mangle se arrancó de la tierra, levantando sus raíces, y empezó a moverse como había visto hacer a la arakna que tantos momentos había compartido con él. Avanzó lentamente hacia el océano. Los demás mangles se levantaron a su vez, pero pronto se detuvieron. Eran los hijos y guardianes del bosque. No podían alejarse de la selva primordial sin ponerla en peligro.
El gran árbol se despidió de sus hermanos con un gesto y el mar se abalanzó sobre él. Satisfecho por este sacrificio, el océano se calmó.
Y así es como nacieron los manglares, la barrera de árboles de largas raíces incrustadas de sal. Así fue creado el bayou. Y mientras los mangles siguen velando sobre las islas del archipiélago, cual eternos centinelas girados hacia alta mar, se dice que el más anciano de todos sigue caminando en el fondo del mar, buscando a una arakna que un día sus ramas vieron bailar.
La leyenda de Cocuzko
Al oeste del archipiélago de las escamas se encuentra Cocuzko, una isla siniestra como ninguna, sumergida en una noche eterna sin estrellas. Pero aunque ahora parezca tan oscura y triste, no siempre fue así.
Cocuzko y Eldoroda siempre fueron islas hermanas acariciadas por la misma brisa marina, los mismos rayos de sol y la misma luz de las estrellas. Ixchelonia, diosa tortuga-luna, y Kinichinti, dios lagarto-sol, transcurrían los días felices velando por sus hijos, que poblaban las dos islas. Kinichinti hacía resplandecer los rayos de sol sobre el archipiélago, divirtiéndose ya fuera para hacer brillar la luz en todos los rincones de las islas o para atravesar las tinieblas del bayou con el fulgor del astro luminoso. Acabado el día, le cedía el lugar a su amada Ixchelonia. Con ella, las aguas se cubrían de una noche suave y serena. Una sosegada paz caía poco a poco sobre el archipiélago mientras Kinichinti divertía a su amor haciendo brillar las estrellas.
Los meses pasaron. Fueron años de quietud para los cocodrails del archipiélago, que disfrutaban de la extravagancia de Kinichinti durante el día y de la tranquilidad estrellada de Ixchelonia de noche. Pero un día, todo dio un vuelco para las dos divinidades. Mientras Kinichinti atravesaba alegremente los paisajes de Cocuzko, encontró a una cocodrail apoyada frente al mar. Kinichinti adoptó la forma de un lagarto dorado y se acercó lentamente al reptil. Se sumergió en las profundidades de los ojos celestes de la cocodrail. Hablaron largamente frente a los confines de la isla hasta que Kinichinti tuvo que ceder su lugar a Ixchelonia. Aquella noche, las estrellas brillaron con menos vitalidad.
Al día siguiente, cuando aparecieron los primeros rayos de sol de Kinichinti, el lagarto dorado se deslizó suavemente hasta la playa de Cocuzko, esperando el regreso de la cocodrail. Cuando la vio aparecer por la linde del bayou, Kinichinti no pudo evitar sentir una oleada de placer. Los dos reptiles pasaron el día juntos, al igual que el día siguiente y el siguiente. Los días parecían alargarse. Sobre el archipiélago, el sol brillaba y calentaba mientras que la noche se acortaba cada vez más.
Ixchelonia se sentía más y más abandonada por su amado, sin entender el motivo de tan repentino alejamiento. Una mañana, cuando la noche se había visto especialmente acortada, Ixchelonia decidió seguir a Kinichinti. Adoptando la forma de una tortuga con el caparazón blanco, descubrió con tristeza que Kinichinti se había prendado de la cocodrail de ojos celestes. La tristeza de Ixchelonia se transformó rápidamente en cólera y el cielo se cubrió de pronto de una negrura implacable, tan negra que era imposible orientarse, tan impenetrable era la oscuridad. Kinichinti, incapaz de distinguir los rasgos de su bella cocodrail, comprendió enseguida el origen de las repentinas tinieblas.
El lagarto-sol partió en busca de su amada, alcanzándola mientras se dirigía a Eldoroda. Kinichinti la imploró en vano. Mientras Ixchelonia se disponía a sumergir la isla de Eldoroda en la misma noche eterna, se giró hacia su eterno amado.
Le amenazó con hundir el archipiélago de las escamas en una noche oscura, tan negra que las aguas del mar, al no verlos, engullirían todos los islotes. Cuando le preguntó a la diosa qué podía hacer para enmendar su afrenta, ella le condenó a hacer brillar el sol sobre los ojos de la cocodrail hasta que el resplandor de los rayos se los quemasen.
Afligido por la aciaga suerte que le esperaba al archipiélago de las escamas si no cumplía, Kinichinti obedeció e hizo brillar el sol con tanta intensidad sobre las pupilas de la cocodrail que se quemaron con el calor. Ante los ojos ensangrentados de su bella, Kinichinti fue presa de tal desesperación e impotencia que le condujo a la demencia. Y así besó los ojos de todos los cocodrails de la isla de Cocuzko.
Se cuenta que la noche eterna de Cocuzko nunca más se ha levantado y que las estrellas han dejado de brillar sobre la isla. Un silencio pesado y angustioso ha remplazado la serenidad de la noche y, en la oscuridad, se mueven las siluetas de los cocodrails de ojos rojos que aún pueblan Cocuzko.
El loto escarlata
Cada año, en la misma fecha durante un siglo, el emperador Coctezuma dejaba su suntuoso palacio al alba para ir a un estanque. Se sentaba en medio de juncos y cañas, mientras los sapomorros concluían su concierto croador nocturno y las ranas de cresta amarilla cantaban a coro para celebrar la salida del sol.
Todo el día, durante las horas que marcaban la trayectoria de Kinichinti, el emperador observaba un loto sobre la superficie del agua. Un loto rojo brillante que destacaba entre las flores blancas posadas delicadamente sobre el espejo que formaban las aguas turbias. Permanecía en silencio, ignorando a los guardias apostados a buena distancia y a los esclavos listos para postrarse a sus mínimos deseos.
Al llegar el crepúsculo, Coctezuma se levantaba por fin y, en silencio, retomaba el camino de regreso a la ciudad imperial. Sus sirvientes más atentos le notaban a veces una perla en el rabillo del ojo que brillaba a la luz del caparazón plateado de Ixchelonia, pero él no pronunciaba palabra alguna, porque todos saben que los emperadores no lloran.
¿Cuál era entonces el objetivo de aquella extraña ceremonia, repetida una y otra vez a lo largo de los años? Los sacerdotes veían un signo de devoción a Chaklaplok, el dios hambriento del agua-que-muerde. ¿Había hecho el emperador una promesa que no podía romper? ¿Había quizá sacrificado a uno de los suyos a las piraniaks agazapadas en las profundidades, ávidas por probar la carne de un ser querido? Nadie parecía recordarlo en lo más mínimo.
En los pasillos del palacio, los cortesanos hinchados de hipocresía murmuraban que Coctezuma había transgredido y que la flor color sangre era la prueba de que había cometido una falta, un sacrilegio, un crimen imperdonable. Sobra decir que estos súbditos desleales sufrían los castigos más severos imaginables si eran desenmascarados: con la lengua viperina colgándoles por la boca abierta y los ojos desorbitados, agonizaban en lo alto de la pirámide de los traidores, sus entrañas desperdigadas por el suelo para alimentar a los insaciables varanos.
¿Podría ser el loto escarlata el símbolo de un amor perdido o tal vez de la firma de un pacto de sangre? ¿Era acaso una ofrenda a la Madre Escamosa o la cuna de un rubí nacido del lodo de los pantanos? Cada habitante del imperio tenía su propia teoría, pero el único que conocía la verdad era Coctezuma.
La noche del último día de su reinado, en el crepúsculo de su vida, el emperador llamó a su hijo Viracoca junto a su lecho. Mientras los médicos intentaban una última sangría, aplicando en el cuerpo debilitado del viejo cocodrail ingentes cantidades de sanguijuelas, Coctezuma le reveló su secreto a su heredero. Le habló de una profecía. Le habló de una gran batalla y de un dragón gris. Le habló de la muerte del que llamaban Sangriento Señor de Jade y de la tragedia que se siguió. Le habló de la sangre de los cocodrails, que correría como un río y teñiría de rojo los pétalos de las flores sagradas antes de secarse para siempre. Cada año, al fijar la mirada en el loto escarlata, Coctezuma rezaba por que las visiones que lo atormentaban no se cumpliesen... sabiendo al mismo tiempo que su destino era hacerlas posibles.
Aquella noche, por primera vez, el hijo del emperador lloró. No por su padre que exhalaba su último suspiro y se unía a los dioses en su ciudad celestial de calles pavimentadas de jade... sino por todo su pueblo.