Los cráneos de Sram
Un antiguo cuento narra la historia de tres hermanos que se encarnaron en las tierras sagradas del archipiélago celestial. Sus almas eran viles, sus designios, más negros que el fondo de las bragas de un bwork. Asaltaban a las jóvenes almas inocentes, dedicándose a diversos robos y crímenes. Los kerubimes intentaron detenerlos, pero los tres rufianes conocían el arte del disimulo y la mentira.
Los hermanos habían formado una banda, que reunía a su alrededor a todas las almas perdidas.
Un día, mientras merodeaban al sur de Incarnam, divisaron dos presas fáciles: un anciano que descansaba al pie de un árbol y un ser frágil vestido con una capa oscura que parecía estar en los huesos. Entre ambos había un cofre con la tapa entreabierta, del que emanaban destellos de luz dorada.
Los tres hermanos atacaron al unísono, ansiosos por apoderarse de las riquezas que contenía el cofre. Para su desgracia, sus objetivos eran los mismísimos Sram y Anutrof, que habían venido a Incarnam para reclutar a nuevos discípulos.
Huelga decir que los tres canallas perecieron en el acto. Todos sus cómplices fueron convertidos en chafers, para que aprendieran la lección. El propio Sram erigió tres macabras estelas para recordar el destino de los desafortunados bandoleros.
La moraleja de este cuento: si haces el mal, hazlo bien, y no te dejes engañar por las apariencias.