Siete lanzas y un destino
En recuerdo de lo que seremos
Ha llegado la hora de transcribir la historia que me contaron hace mucho tiempo. Se incluirá en los archivos de nuestra orden.
Así mantendré la promesa que le hice a quien me dio a luz: nuestro legado perdurará. Cuando yo caiga en el silencio, otros hablarán en nuestro nombre.
Los emisarios desembarcaron en las costas de la isla rota. La tempestad no les había dado tregua. Dos de ellos habían perecido, engullidos por las feroces olas. Otro estaba en pésimas condiciones y las probabilidades de que lo contase eran ínfimas. Pero a pesar del dolor que le retorcía las entrañas, insistió en continuar. Su orgullo se lo exigía. No contemplaba volver al continente sin haber cumplido la misión que se le había encomendado.
A lo lejos, el monte de Albuera parecía desafiar a los recién llegados. Su cima estaba coronada por relámpagos, como si el mismísimo rey de la tormenta estuviese sentado en la cúspide listo para fulminar con la mirada desde su trono a las larvas imprudentes que osasen acercarse.
Necesitaron varias horas para atravesar los restos ennegrecidos del bosque y alcanzar las faldas de la montaña. Cegados por la ventisca, los viajeros tuvieron que sortear numerosas grietas. Rechazaron a una manada de milubos hambrientos. Un pesadoso enfurecido selló la suerte del emisario herido, antes de manchar de rojo la nieve con su propia sangre.
Cuando emprendieron el ascenso, solo quedaban once emisarios.
Habían escalado la mitad de la vertiente cuando una visión se les echó encima como un violento alud. Una visión del fin del mundo, donde los mortales perecían a millares, implorando en vano la ayuda de las fuerzas divinas. La premonición de un cataclismo sangriento que marcaría el final de los doceros.
Esta insoportable revelación superó a uno de los enviados. Se lanzó al vacío, prefiriendo desaparecer que vivir como un condenado a muerte.
Otros tres se quedaron postrados, paralizados por la incredulidad. No podían creer que los dioses fueran a abandonar a sus discípulos. ¡Esos augurios no podían ser más que mentiras!
Los emisarios se agruparon, vacilantes bajo el azote del viento. Intentaron llegar a un entendimiento, pero no sirvió de nada. Los tres fieles se negaban a cuestionar su fe: no había duda de que aquella prueba era obra de un ser maléfico. Estaba esperándolos, impaciente por devorar sus almas. ¡Tal vez fuese Rushu o uno de sus esbirros!
Los tres devotos dieron media vuelta.
Siete viajeros alcanzaron finalmente la cima. Lo que descubrieron dio un vuelco a su existencia para siempre.
La Lanza proyectaba su sombra sobre las tierras de Albuera como la aguja del Reloj Divino. Era gigantesca: solo un titán habría podido arrancarla de su coraza de rocas vitrificadas.
Los siete se vieron inundados por la visión del Ocaso de los Dioses. Cayeron de rodillas. Ante esta oleada de violencia, horror y sufrimiento, fueron conscientes de lo que los unía. Ya no eran aniripsas, amakneanos, padawas, anutrofs, sadidas, sacrógritos o taponanos. Eran libres... libres de ser ellos mismos, por primera vez.
Libres de ser artesanos de su propio destino.
Lo que sucedió a continuación es un misterio, uno de esos mitos inescrutables que conforman el krosmoz.
El alba se alzó. Con los primeros rayos de sol, la hija del Forjador capturó siete fuegos que crepitaron en su palma para ponerse a danzar a continuación alrededor de la Lanza. Después, tomó un martillo de bronce, regalo de su esposo. Golpeó con él el suelo cristalino y ordenó a sus seis compañeros que hicieran lo mismo.
Un golpe por Noa, símbolo de independencia y abnegación.
Un golpe por la autoritaria y fraternal Sigel.
Un golpe por Jormun, a la vez orden y caos.
Un golpe por Elding, que ardía con una llama sabia y llena de pasión, y un golpe por Ydra, fuente de tradición y cambio.
Un golpe por Muspel, a veces esperanza y otras fatalidad.
En último lugar, descargando por última vez su martillo, la taponana creó a Mani, nacida de su imaginación y del secreto que la vinculaba de ahora en adelante a la Lanza Original.
Las siete lanzas fueron blandidas a una, y siete voces hablaron como una sola. El Juramento pronunciado sobreviviría al paso de los siglos. La profecía se transmitiría de boca en boca, de generación en generación, para que la larga noche diera paso a mejores días de mañana.
Siete forasteros alcanzaron la cima del monte de Albuera. Siete forjalanzas descendieron de ella.
Su historia es la nuestra.
Mientras la llama de la vela titila, recuerdo su voz y cada palabra de su relato. Es como si yo mismo hubiese estado ahí, junto a ella, junto a ellos, en aquel momento en el que todo cambió.
Ahora, es momento de que parta, de que me desvanezca ante los que avanzan en la luz de los días venideros.
La tinta se espesa. Mi aliento se acorta. Las páginas siguen pasando sin mí.
Pronto, madre, nos volveremos a ver.