Dofus Codex
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Dofus 3

Recuerdos de entre los mundos

Tomo II

1,575 palabras
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El Krosmoz era vasto, casi infinito. La fénix y el dragón exploraron los misterios de la eternocturnidad sin preocuparse ya por las olas que barrían la superficie tumultuosa del océano del tiempo. Varias veces, la luz de Aure se apagó; varias veces, su cuerpo volvió a abrasarse, y el pájaro celestial retomó el vuelo al lado del Vagabundo.

Un día Rathrosk sintió nostalgia por su país natal. El dragón había nacido en Externam. Aure sentía aversión por el reino de los muertos, por aquel lugar desprovisto de colores, que el fuego negro ponía perpetuamente en peligro de destrucción; pero siguió a su compañero.
Sobrevoló con él el mar de Polvo, el archipiélago de los devastadores y los Dientes del Defuncionario, procurando mantenerse alejada de las galeras demoníacas y de las mandíbulas descarnadas de los leviatanes. Contempló la necrópolis desde lo alto de la ciudadela. El flujo ininterrumpido de los manes que atravesaban el puente de los Últimos Suspiros para subir los Peldaños Fúnebres la dejó perpleja. Todas aquellas almas aspiraban a otra existencia, pero ¿cuántas de entre ellas conocerían una vida mejor?


Aure mantuvo largas conversaciones con la reina Thanatena, que también era la madre de Rathrosk. Gracias a estas entrevistas, la fénix comprendió mejor la importancia del destino en el orden de las cosas.

Al Vagabundo, por su parte, no le preocupaba apenas el gran plan del universo. Era libre, rechazaba toda traba y era curioso como un niño, a pesar de su edad venerable: cuando algunos manes provenientes de tierras desconocidas empezaron a cruzar las fronteras del Reino Gris, quiso ver con sus propios ojos de dónde venían. Esta vez también, Aure lo acompañó.

Así fue como la fénix y el dragón descubrieron el Mundo de los Diez. Quedaron maravillados con la abundancia de vida, con la exuberancia de la vegetación, con la diversidad de criaturas. Era un mundo joven, pero que llevaba a cuestas una herencia más antigua. Aquí se había gestado una tragedia...


Mientras Rathrosk se mezclaba con los fundadores de civilizaciones en ciernes, utilizando la facultad de los dragones de cambiar de forma, Aure se interesó por los mortales que llegaban al final de su viaje. Nadie los guiaba hacia el más allá. ¿Qué les pasaba a los que se perdían por el camino? Muchos fantasmas erraban sin rumbo, sin tener consciencia de su estado. El miedo al vacío los ataba al plano material y los empujaba a arremeter contra los vivos. Emocionada por la angustia de estos espíritus perdidos, Aure le pidió ayuda a Thanatena.

La reina de Externam tomó consciencia del problema y decidió remediar la situación. Erigió estatuas a imagen y semejanza de la fénix: su función sería atraer a las almas de los difuntos como los fanales que iluminan los barcos en la oscuridad. A quienes no estuvieran aún destinados a cruzar las puertas de Onekros los resucitaría la magia de los pájaros de fuego.

Enfrascada en su papel de guía, Aure se sintió plenamente ella. Pero a Rathrosk no le sucedió igual: perdido entre la masa de un mundo lleno de promesas, al Vagabundo le costaba encontrarse a sí mismo.


***


Cada uno de los habitantes de lo que se convertiría en el país de Amakna tenía un papel que desempeñar en el vasto damero de las Potencias. Los dioses lo habían decidido así: gobernarían el destino de los mortales... o, por lo menos, dejaban que pareciera eso.
Rathrosk, por su parte, era libre en sus actos. Siempre lo había sido. Pero esta independencia tenía un precio... El dragón tenía la sensación de ser solo una mota de polvo en la inmensidad del Krosmoz. Había roto con su soledad y encontrado a un ser que había compartido momentos de su vida, pero ¿acaso le había dado un sentido a su existencia? El Vagabundo no tenía ningún compromiso que cumplir; después de todo aquel tiempo satisfaciendo sus ansias de descubrir, sentía una carencia. ¿Cuál era su lugar? Ni siquiera Aure podía responder a esta pregunta.

En Inglorium fue donde Rathrosk acabó encontrando lo que buscaba.


Entre las deidades que reinaban en el mundo, había un dragón. Anutrof el Avaricioso, Señor de los Abismos, se consideraba el tesoro más valioso de todos: cada una de sus escamas valía el precio de un millar de soles. Anutrof también era considerado un sabio por sus semejantes, siendo el más anciano de los diez dioses; así que Rathrosk, naturalmente, acudió a él.

El dragón dorado alabó los méritos del estatus de divinidad. La devoción de los fieles; la belleza de los templos; el sentimiento profundo de representar un ejemplo al que seguir, un ideal; ocupar una función superior; ser temido y respetado. ¿No era eso lo que deseaba el Vagabundo?


Pero no bastaba con ser inmortal para convertirse en un dios. No solo había que inspirar la fe (o el temor), sino que los residentes de Inglorium debían reconocerte también como uno de los suyos. Esto podía llevar mucho tiempo... hasta una eternidad. Si Rathrosk quería acelerar las cosas, necesitaría demostrar su valía poniéndose al servicio de los Diez. El dios Osamodas estaba buscando, precisamente, a un representante para infligir los castigos y pronunciar las maldiciones contra aquellos que habían desafiado la autoridad de Inglorium. La justicia divina necesitaba a un ejecutor: ¿qué mejor que un dragón venido de Externam para cumplir este rol?

El Vagabundo estaba en un punto de inflexión. ¿Debía aceptar el cargo que le proponían? El destino de varios pueblos iba a depender de su decisión.


***


Aure había tomado un camino diferente ayudando a las almas perdidas a encontrar el descanso: concentrada en su misión, no percibió el desconcierto de Rathrosk, que estaba indeciso en cuanto a la dirección que debía tomar y que no quería imponer este tormento a su compañera. ¿Iba a renunciar a su libertad para hacerse un hueco en el Krosmoz? El simple hecho de formularse la pregunta era ya una respuesta.

El dragón vaciló durante mucho tiempo. Finalmente, dejó que su instinto lo guiara; su naturaleza profunda lo llevaba a satisfacer su sed de nuevas experiencias.

Rathrosk volvió a Inglorium para presentarse ante los dioses. Durante una asamblea solemne, ofreció su total lealtad a los Diez. Sí, sería su representante, su brazo armado, su funesto emisario. Cualquier sentencia pronunciada vería la pena aplicada a la mayor brevedad. No habría escapatoria, ni piedad alguna.

Así fue como el Vagabundo dejó su errancia.
Así fue como Rathrosk se convirtió en la Mano Gris.


***


Cuando el dragón anunció a la fénix que ahora era el ejecutor de los dioses, Aure se quedó perpleja. ¿Rathrosk había aceptado desempeñar el rol poco envidiable de verdugo? ¿Se había cargado él mismo de cadenas, cambiando su libre albedrío por una servidumbre voluntaria? No obstante, parecía feliz, e incluso orgulloso de su decisión. Así que Aure guardó sus dudas en su fuero interno. ¿Quién era ella para juzgar a quien le había permitido descubrir el Krosmoz?

Al principio, Rathrosk no dio mucho que hablar. Pocos se atrevían a desafiar a los dioses. Desterró a unos peligrosos herejes a una de las dimensiones blancas para que dejaran de atacar a los fieles que se negaban a seguirlos. Quemó el único ejemplar del libro Cómo hacerse más rico que Anutrof, porque ciertos secretos deben seguir siendo ignorados por los mortales. Sermoneó al hijo de un rey feca por haber esquilado a un jalató sagrado. Apareció en la reunión anual de los ladrones de reliquias, disuadiendo a los participantes de desvalijar los templos.


Fue un siglo después de su nombramiento cuando el dragón tuvo que asumir plenamente su función. Una criatura de Inglorium fue condenada a muerte por una larga lista de fechorías y por haber traicionado la confianza de los dioses: la Mano Gris debía aplicar la sentencia.

Rathrosk se puso a seguirle la pista al criminal. Persiguió al traidor por todo el Mundo de los Diez y a través de los diferentes planos de existencia. El rastreo duró varios meses.
Cuando consiguió por fin encontrar a su presa, el dragón descubrió que a quien perseguía no era un simple servidor de los dueños de Inglorium: era un dios, de importancia insignificante, sí, pero un dios al fin y al cabo.
Eso no cambiaba nada para Rathrosk: sabía que incluso los inmortales pueden morir.

Una vez completado su siniestro trabajo, el dragón se sintió más fuerte, más seguro. Quienes habían dudado de su legitimidad cambiaron de actitud. El miedo al castigo se insinuó en el corazón de los fieles. Los enemigos de los Diez se volvieron más escasos... y más discretos.


Aure sintió una inmensa tristeza al enterarse de lo que había hecho su compañero. Ella había nacido para reavivar el fuego de los astros; ¿había nacido Rathrosk para sembrar la muerte en el Krosmoz?
La fénix trato de razonar con aquel al que amaba, de hacerle comprender que no encontraría nunca la paz convirtiéndose en un frío asesino sin escrúpulos. El dragón no le hizo caso. Ahora se lo conocía por otro nombre, y tenía la obligación de cumplir sus compromisos.

Aure se alejó de Rathrosk, incapaz de estar del lado de aquel ser oscuro con quien, sin embargo, había compartido su vida. Se fue volando hacia la inmensidad del Krosmoz y se acercó a la luz de las estrellas. Pero una parte de ella no podía decidirse a olvidar... ¿Tenía remordimientos, una esperanza o, simplemente, un corazón herido que no lograba curarse?

Algún día, volvería...