Recuerdos de entre los mundos
Tomo I
El Vagabundo se posó en una de las ramas del gran árbol, a continuación, plegó sus membranosas alas. Bajo él, los mundos giraban lentamente en la eternocturnidad, como perlas raras y preciosas entre las miríadas de estrellas.
En el corazón de una de las constelaciones más antiguas, un planeta se moría, volviendo a la oscuridad como una luciérnaga apagándose; a la inversa, varios cuerpos celestes tomaban vida, calentados por soles con rayos beneficiosos.
El dragón gris se metamorfoseó para adoptar la forma de una ardilla. Tomó impulso y desapareció bajo el follaje del padre de los árboles.
Trepó por el tronco de corteza rugosa, levantando nubes de polvo. La emoción se iba apoderando de él conforme atravesaba las dimensiones, pasando del plano material al éter y luego al plano astral. Miles de sueños se adivinaban entre las hojas, como espejismos entre las dunas de arena de los sueños.
El Vagabundo detuvo su carrera saltarina: en la punta de una sinuosa rama, algo había llamado su atención.
Era una florestrella. Sus pétalos brillaban como la luz de los astros más resplandecientes. La ardilla se acercó, curiosa. Pepitas de oro salían de la corola en llamas; revoloteaban en la luz con una danza hipnótica.
La ardilla sintió cómo le invadía la calma. Sus miedos, dudas e inquietudes desaparecieron. Se sentía más libre que nunca.
Permaneció inmóvil, esperando pacientemente.
Hubo seres que nacieron y luego cayeron en el olvido, pero el Vagabundo no se movió.
La flor finalmente desplegó sus pétalos y desveló a quien el dragón estaba esperando.
Se intercambiaron unas palabras. Una palabra concreta se murmuró. Al escucharla, el Vagabundo sonrió.
Ahora tenía un nombre... Rathrosk.
***
De la florestrella había nacido una fénix, un pájaro con un resplandeciente plumaje alimentado por el calor de los astros. La primera palabra que había pronunciado fue Rathrosk, pero ella también tenía un nombre: Aure.
Como le había llegado hasta lo más profundo de su ser, el dragón decidió ayudar a Aure a alzar el vuelo. La guio a través del follaje del gran árbol, para que pudiera desplegar sus alas libremente; al poco tiempo, los dos volaban en la luz cegadora de los quásares, pasando cerca de los planetas helados y los soles ardientes.
Mientras volaba en compañía de la fénix, Rathrosk sintió algo nuevo. Se sentía más ligero; el peso de su legado parecía ridículo. Las constelaciones vibraban con colores que hasta entonces no había notado: malva tornasolado, azul cerúleo moteado con destellos ambarinos... El Krosmoz le parecía más vivo que nunca.
El Vagabundo atravesó las fronteras invisibles entre las dimensiones, llevando a Aure con él.
Le hizo descubrir los palacios divinos de Inglorium, los picos abrasados de la Fab'hugruta, las nubes iridiscentes del Éter.
Juntos se sumergieron en las profundidades de los reinos oníricos protegidos por los dragones astrales, donde lo imposible se hace realidad, donde las historias brillan como gemas, donde los mendigos se vuelven reyes.
Juntos, Aure y Rathrosk exploraron las mil maravillas del universo: las cúpulas relucientes del mundo de cristal, el meteoro laberíntico del gran arquitecto, las velas de los barcos falena cruzando cerca de las Puertas de Tanauser.
Fueron testigos de la coronación del emperador de las águilas, del último ballet de las lumas y de la destrucción de las naves de Osamodas frente a Oricorión.
La fénix y el Vagabundo parecían tener la eternidad ante sus ojos.
Sin embargo, el tiempo transcurría, en un torrente tumultuoso que ninguna clepsidra podía medir, ni ningún reloj podía indicar con sus agujas acusadoras.
Ese tiempo no tenía influencia sobre Rathrosk. Sin embargo, Aure sufría sus embestidas como el acantilado sufre los incesantes asaltos de las olas del océano. Lentamente, inexorablemente, la luz del pájaro celestial se debilitaba...
Acabó apagándose, llevada por la indomable corriente.
Y el dragón se encontró solo.
***
Rathrosk volaba en la oscuridad, sin fin ni destino. Su tristeza y su desamparo eran, al igual que sus alas cubiertas de escarcha, inmensos.
Atravesaba las nebulosas a la velocidad de un cometa. En su estela, había astros que se apagaban; mundos agonizantes que lanzaban su último suspiro en una explosión silenciosa. Un frío extremo y absoluto embotaba su mente. Y el dolor... ¡Era tan vivo, tan intenso! Solo el olvido prometido por la Nada parecía capaz de mitigarlo. La atracción del vacío era más fuerte que nunca, amenazando con engullir el alma del dragón en todo momento. Sería tan fácil dejarse llevar, fundirse con la eternocturnidad...
Sin embargo, Rathrosk no podía dejarse morir. Un recuerdo le impedía partir a la deriva, como un ancla salvadora... el recuerdo de aquella a la que tanto echaba de menos.
Aún la veía, brillando en la noche infinita como un faro que atraviesa las tinieblas. Su compañera de viaje. Su razón de vivir otra vida, una existencia más rica, más plena; la inspiradora de un soplo más liberador que destructor. Su imagen era tan real... pero no era más que una reminiscencia. ¿Cuántas respiraciones, cuántos latidos de corazón desde su partida? Eso no tenía realmente importancia. La ausencia no se mide a la luz del tiempo que pasa, o de un futuro que está por venir.
El dragón había desafiado todas las prohibiciones para encontrar a aquella que era tan importante para él.
Había recorrido el Reino Gris, a pesar de las advertencias de su madre. Había amenazado a los dioses. Había llegado hasta a implorar a las nordes, suplicándoles cambiar el curso del destino; pero las tres hermanas habían permanecido inflexibles. O lo que es peor, les había hecho gracia su desesperación: durante su alegato, una sonrisa tan cruel como enigmática no se apartaba de la boca de la implacable Atroskuld.
Rathrosk vagaba por el Krosmoz, como una sombra funesta de un desaparecido sol.
Tras haber errado a su suerte, a ciegas, el Vagabundo finalmente llegó al límite de sus fuerzas. Encontró refugio en el follaje del gran árbol, sobre una sinuosa rama que él conocía bien. De la flor con pétalos incandescentes, no quedaban más que cenizas.
Rathrosk quiso hacerle un último regalo a aquella que había iluminado su camino.
Inspiró profundamente, luego suspiró lentamente. En las volutas de su aliento, se dibujó una forma redonda. Sus destellos brillaban con la luz de las estrellas.
El dragón había creado un huevo de plata, símbolo de su cariño, de su amor por otro ser que no era él mismo.
Entonces, un milagro se produjo.
Un fuego se encendió en el corazón del dofus. Unas brasas se escaparon de él, reavivando la llama que había ardido antes de apagarse.
Aure desplegó sus alas, renaciendo de sus cenizas. En los pliegues del manto que cubría el universo, una estrella brilló.
Rathrosk sintió cómo le invadía la felicidad.
En ese instante, el Krosmoz había cobrado todo su sentido.
***
De nuevo reunidos, la fénix y el dragón retomaron su viaje. Este los llevó a los confines del plano material, lejos de toda luz y toda vida.
En esos lugares aislados, solo quedaba el cuerpo apagado de una estrella, único vestigio de un eón pasado.
Aure se acercó al astro inerte. El fuego que, en otro tiempo, guiaba el vuelo de las águilas celestes, se había apagado como la llama de una vela con el viento caprichoso.
A la fénix la inundó una pena desgarradora: ¿cuántos mundos habían sido devorados por la noche eterna cuando el moribundo sol había dejado de brillar?
Aure se posó en un montón de rocas y cantó. Su voz era una plegaria, una elegía para aquellos que habían vuelto a la Nada.
Rathrosk se unió a la fénix.
¿Eran lágrimas lo que veía despuntar de los ojos dorados de su compañera? ¿Por qué tanta pena? Desde que había conocido a Aure, el dragón había descubierto los tormentos de la ausencia, pero seguía ajeno al sufrimiento del prójimo.
El Vagabundo escuchó el lamento de su amada. Y en su corazón nacieron emociones.
Sintió furia, causada por la crueldad ciega del destino. Sintió amargura. Pero, aún más, sintió un dolor como el suyo.
Por primera vez, Rathrosk lloró.
Con su canto melancólico, Aure le había enseñado la compasión.