Klim y Castigo
Encontré a Milk a su llegada a Frigost. En aquellos tiempos, yo no era más que una zapatera novata, pero ya tenía algunas ideas vanguardistas. Diseñé, por ejemplo, un par de botas con agujeros para evitar la transpiración de los sadidas. El eslogan era simple: «Detox, la bota que respira».
Como maestro zapatero, Milk se interesó en seguida en mi trabajo... ¡y en mí! Nos caímos bien y como acababa de llegar y aún no tenía un lugar donde alojarse, le invité a mi casa para que pasara la noche. La noche se transformó en semanas, las semanas en meses, y luego, un día, nos casamos.
No conocía nada de él, pero poco importaba. Nuestros días juntos no eran más que una sucesión de alegrías y nuevas experiencias. Intercambiábamos nuestros cinturones, trabajábamos nuestros cueros respectivos... ¡Yo estaba más contenta que una niña con zapatos nuevos!
A veces, cuando estaba desbordado, yo frotaba con amor y delicadeza sus magníficas bolsas de piel antes de exponerlas con orgullo en el escaparate. Nuestro comercio iba muy bien y no pasó mucho tiempo para que nuestra reputación atravesara las fronteras de Frigost...
Una noche, mientras que Milk salió a alimentar a nuestro stock de cuero de jalatín, un desconocido entró en la tienda. Su rostro estaba cubierto por una larga capucha y hablaba con un fuerte acento amakneano. Ojeó los distintos artículos y se interesó a las botas que confeccionaba mi marido. Entonces, me hizo preguntas sobre Milk, su trabajo, su pasado...
Me pareció extraño, pero yo no tenía nada que esconder. Al cabo de unos minutos, mi marido volvió con los brazos cargados de cueros recién curtidos. En cuanto vio al desconocido, se quedó paralizado por el miedo y se le cayó el cuero de las manos. Los dos se miraron fijamente a los ojos un corto instante, y luego se lanzaron el uno sobre el otro con violencia. ¡Era de locos! Nunca había visto a nadie luchar de esa manera. Patadas, zancadillas, pisotones... Se hubiese podido decir que hacían una especie de danza con el objetivo de poner de espaldas al adversario para darle puntapies en el trasero.
De repente, el desconocido dio un salto para caer en picado sobre Milk y tumbarlo en el suelo. Pero justo cuando se disponía a darle el golpe de gracia a mi marido, este saco su bota secreta. Era una bota de cuero con un talón de plomo que tenía escondida para los momentos críticos. Se levantó como un rayo y golpeó el cráneo del desconocido con su instrumento de la muerte. Demasiado horrorizada para pensar o protestar, le ayudé a tirar el cuerpo al mar. ¡Pero no tardé en recuperar la razón! ¿Quién era ese desconocido con el que acabábamos de alimentar a los pichis? ¿Y qué quería? ¿En qué sucio asunto estaba metido Milk? ¿Quién era verdaderamente el hombre con el que me había casado?
«Yo no soy el que crees ̶ me dijo ̶ Mi verdadero nombre es Klim. Y el hombre que has visto... y que he matado... era Arthur Ropopompero. Los dos pertenecíamos a una cofradía de zapateros: una cofradía discreta, especializada en las artes marciales y en la protección del mundo.
Pero mejor que te cuente todo desde el principio: nuestro gran maestro, Hogmeiser, fundó la Orden del Culo Pateado hace ya una década más o menos. Fue él el que nos reclutó, Arthur Ropopompero, Bowis y a mí. Al principio éramos cuatro, como los elementos sagrados. Y no era anodino: nos dimos por misión justamente estudiar las propiedades de brisa cuadramental. Realizábamos muchos experimentos con los cueros y pieles, para sublimar sus virtudes y crear objetos mágicos poderosos. Éramos muy buenos, pero yo era, sin duda, el mejor. Así que, los demás acabaron por envidiar mi talento...
Un día, conseguí crear un par de botas superpoderosas, rebosantes de magia elemental. Era el resultado de todo mi trabajo. Estaba tan orgulloso que me di prisa en confeccionar otros ejemplares para ponerlos en venta. Pero cuando los miembros de la orden se enteraron, no tardaron en protestar. Decían que las botas eran demasiado poderosas para distribuirlas entre los mortales y que si caían en malas manos, podrían ser muy peligrosas. Pfff ¡tonterías! ¡Tenían envidia, eso era! ¡Y yo lo sabía!
Cuando dijeron que habría que recuperar las botas que yo había vendido, ¡yo estaba dispuesto a todo para impedirlo! Querían destruirlas y remplazarlas por copias inofensivas. ¡Y eso yo no podía aceptarlo! ¡Era mi obra! ¡El mayor éxito de mi carrera! ¡Y quería que el mundo entero supiese que yo era un artesano sin igual! Al ver que yo quería oponerme a sus planes, Hogmeiser decidió tomar medidas «preventivas» y dio orden de que me encerrasen en el sótano de nuestro taller para hacerme callar. Durante ese tiempo, los miembros de la orden pudıeron robar y remplazar las botas tranquilamente.
Más tarde me enteré de que habían quitado mi nombre de la orden y borrado toda pista de mi paso. Y le contaron a todo aquel que quiso escucharles que las botas eran «defectuosas» y que la culpa era de un zapatero llamado Lee Chemicol, o algo así. Aún peor, hasta llegaron a simular mi propia muerte, por si algún curioso preguntaba qué había ocurrido conmigo. Como no les bastaba ridiculizarme así, se inventaron una historia grotesca con una gelatina. Eso sí, la orden siempre fue una experta en engaños... ¡Ya ni sé cuántas veces falsificamos nuestras fechas de nacimiento e identidades!
¡Pero yo no iba a dejar que me enterrasen tan fácilmente! Yo me había guardado un par de botas que había escondido cerca de la zapatería. Solo tenía que encontrar el modo de escaparme para recuperarlas. Afortunadamente, Bowis, que me había atado, no pensó en mirar bajo mi cinturón. Ahí era donde yo guardaba mi instrumento, ¡mi cortacueros!, con él pude cortar las cuerdas y escaparme. Encontré las botas donde las había guardado y me esfumé durante un tiempo sin hacerme remarcar. Evidentemente, no me olvidé de Hogmeiser, ¡teníamos que arreglar un asunto! ¡Me había encerrado, hecho pasar por muerto, robado mi vida! ¡Me tocaba a mí robarle la suya!
Un día, le seguí a una de sus partidas de caza. Iba a menudo a cazar jalatós para aprovisionarse en cuero. Esperé a que estuviese de espaldas, entretenido limpiando la baba de jalató de sus zapatos y ¡PAF! Le eliminé de un puntapié con mis botas. Para no levantar sospechas, arrastré su cuerpo hasta los rumiantes y deje que el jefe de guerra hiciera el resto. ¡El crimen casi perfecto! Me había vengado y nada más me retenía en Amakna. Así que decidí partir a un lugar lejano, donde los últimos miembros de la orden no pensarían en venir a buscarme: Frigost. Fue entonces cuando te conocí. El resto, ya lo sabes. Probablemente, Bowis haya tomado el cargo de Hogmeiser y haya enviado a Arthur en mi busca, pero ya no hay ninguna amenaza... »
Cuando Milk... estooo Klim, quiero decir, acabó su historia, yo estaba algo trastornada. Aquel que yo había amado era ¡un traidor, un asesino y un fugitivo! ¡Y yo que soñaba solo con una vida tranquila y sin problemas! ¡No podía resignarme a permanecer junto a ese monstruo! Me quedé impasible. Hice como si le comprendiese, como si le apoyase. Pero por dentro, estaba horrorizada. Esperé a que se durmiese, agarré una de sus bolsas y mis maletas a toda velocidad, ¡y me fui! Me escondí algún tiempo en casa de mi tía, y tras haber llorado un mar de lágrimas decidí irme de Frigost.
En el momento que escribo estas líneas, me preparo para embarcar para Amakna. No he vuelto a ver a Klim desde aquella noche, ya hace algunas semanas. Por lo último que sé, parece haberse puesto en contacto con él el conde Kontatrás, ese noble que vive en lo alto de monte Tórrido. Al parecer, este le habría contratado para trabajar en un proyecto especial. Ya no sé nada más, ni tampoco quiero saberlo.
Me voy de Frigost y está muy bien así.