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Dofus 3

Encuentro del marqués con Galima

por Marqués de Lhambadda759 palabras
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Los tymadores se fueron pronto, llevándose su parte del pastel.

El atraco del banco de Astrub se desarrolló sin contratiempos. Sin embargo, el marqués prefirió distribuir íntegramente el botín a dos personas que pasaban por allí, él no se quedó con nada y les permitió llenarse los bolsillos.

El marqués jamás había buscado la comodidad, ni se sintió atraído por la búsqueda de oro, ni la opulencia le había hecho soñar, ni el desahogo material le había motivado, en parte porque jamás había sabido qué utilidad darle a los kamas que recogía- o, más bien, arrebataba. No, el placer que sentía al poner patas arriba su día a día era su único deseo y, cuando volvía a pensar en el atraco, si sus ojos brillaban no era el reflejo de las monedas, sino la felicidad de conmocionar la tranquilidad de la ciudad, la espera de lo inesperado, lo anhelante de lo incongruente, la hilaridad de ver las plumas de los banqueros caer de sus trajes del susto –de hecho, el marqués había recogido una buena cantidad para rellenar los cojines del sofá.


Sin embargo, nuestro querido alborotador pronto estuvo mordiéndose las uñas cada vez que volvía a pensar en la bolsa robada que dio tan rápidamente, ya que una idea bien inspirada dominó su espíritu: «¿Estoy en plena posesión de mis facultades por haber osado hacer tal obra caritativa, cuando haber tirado la bolsa entre los dos habría hecho de mi tarde más divertida? Así, las piezas de oro se habrían hecho pedazos, mientras yo disfrutaría viéndolos con mi mascota en mi regazo.»

El marqués se juró a sí mismo no volver a caer en tal error: siempre es mejor optar por el escándalo antes que jugar al buen samaritano.


Como cada noche, el marqués se cobijó junto a la frescura del lago de Astrub, con aire bonachón, e hizo el balance del día, en el fondo muy ordinario. He ahí que se encontraba toda la paradoja del personaje: al buscar irremediablemente salir de la monotonía, ¡la originalidad se convertía en banalidad! Sin embargo, no era esta la reflexión que nublaba al señor marqués frente a la luz del astro de la noche. La primera de sus preocupaciones nocturnas era una pregunta hasta entonces taciturna:

«Hace diez años que, en la adversidad,

recorro cada aldea, pueblo y ciudad.

Me esfuerzo, me afano, me desvivo sin freno

queriendo dominar este flujo indomable lleno

de excursiones tras muros de oscuridad,

de expediciones al margen de la banalidad,

de irrupciones más allá de la originalidad,

multiplicando audacias y riesgos en cantidad.»


«La tormenta de la desventura jamás me ha alcanzado,

jamás la ira de una herida me ha amenazado.

Creo pues que es el momento

de preguntarme sin más miramiento

si el éxito que cosecho con insistencia,

si este triunfo que se revela de gran consistencia,

solo es el fruto de la coincidencia

o si hay que otorgárselo a la divina Providencia.»


A este monologó siguió en principio un pesado silencio, una laguna interminable cuyo final sumió al marqués en una profunda inquietud. ¿Y si alguien lo había escuchado? Si su extravagancia salía a la luz, el sentido común impondría la sorpresa frente a esta llamada a la diosa que él imaginaba.

Sea como fuere, nadie sabe si alguien en los alrededores asistió a lo que sucedió después, si alguien podría un día dar testimonio de aquel encuentro fortuito... Cuando el marqués se disponía a dar media vuelta, guardando su pergamino después de haber leído un poco, bastó con que en el lago apareciera una burbuja y luego otra para sumirlo en sus ruegos; sin duda bajo el impulso de su arrebato místico, manaba del cielo de Astrub un cambio climático: de este modo, el lago, que normalmente rebosaba pescado, se vio arrebatado por un poderoso tifón. A la quietud del lago siguió una gran agitación, engendrando tras la resaca un hermoso remolino, que se elevaba en el aire sobre el tumulto y que mostró una diosa hasta entonces oculta.


«Me has honrado con tu disertación en prosa.

Abracemos la ósmosis que me es tan hermosa,

porque hace ya tiempo que lo siento:

¡todo lo que haces es razón de mi contento!

No hay mejor momento pues para decir

¡que tu alma es la que yo siempre escogí!

Seré tu dama toda tu vida,

pues a tu llama me siento unida.

Y yo seré la mujer que te admire y te vele,

y tú serás el hombre que me aplauda y me rece.

¡Para que el marqués ría y Galima lo celebre!»

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