Dofus Codex
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Dofus 3

Libro Honorífico de los Bardos

Entregado a Oicus, el bardo de la flauta

por y a Hujikan, Lordo y Madahín3,549 palabras
100%

Presentación

En el año 636, los bardos midieron sus talentos a golpe de pluma y textos. Tras muchas reflexiones y deliberaciones, el jurado y el pueblo del Mundo de los Doce consagró a Oicus como gran vencedor del torneo de Bardoción. La flauta de los bardos y el presente libro le fueron entregados entonces como testigos de su talento.

Dada la calidad de las obras, muchos textos llamaron la atención del jurado, sobre todo las de Hujikan, Lordo y Madahín. Esos textos se encuentran también en esta antología. ¡Agradecemos a todos los participantes su contribución!


La prueba

Escribir un texto a partir de los siguientes elementos:

Un aniripsa se despierta amnésico. Todo lo que le rodea le trae vagos recuerdos, sabe que forma parte de su pasado, pero ignora dónde situarlo:

- una pala de maderucha;

- un huevo de bwak vacío;

- una capa brakmariana;

- una carta de presentación con la recomendación de un capitán de la guardia de Bonta;

- el retrato amarillento y aparentemente muy toqueteado de una zurcarák de edad madura.

El aniripsa de levanta, siente dolor: una de sus alas está medio rota. Se da cuenta de que está en plena calle de Astrub delante de la estatua de Sram.


Oicus

Me encantaría contaros una historia de las que empiezan: «Érase una vez, hace mucho, mucho tiempo...», pero lo que os voy a contar no va más allá de las últimas veinticuatro horas. Ni siquiera sé si «érase una vez» sería una introducción adecuada, ya que mi historia difiere de los cuentos de hadas que nosotros, los aniripsas, tenemos la costumbre de recitar.

Este lugar en el que nos encontramos, frente a la estatua del dios Sram, casa bien con mi historia. Engaños, traiciones, mujeres con muy poca ropa... Sí, mi vida es digna del diario de un sram. ¿Os estoy aburriendo? Tenéis razón: para qué parlotear sobre la naturaleza de mi historia si ni siquiera me tomo la molestia de contárosla...

Érase una vez..., en realidad, ayer por la mañana, un joven aniripsa lleno de vida, elocuente y con varias amantes... ¡Ah! Miss Tigry...


Ese es su retrato, justo al lado de mi pie. Disculpadme si no os lo acerco, pero el cretino de su esposo no ha sido demasiado delicado con mi ala. ¡Qué miseria!... ¿Qué sería de mi pobre vida de excesos si él supiese que tengo tendencia a acabar en los brazos de su esposa todas las mañanas?

Sí, sé muy bien en lo que estáis pensando... Es muy mayor para mí. Pero os diré una cosa: una zurcarák madurita vale igual que tres fecas en plena juventud. ¡De hecho, fui yo quien suplicó piedad! Tanto placer era casi indecente...


¿Que por qué el cornudo la tomó conmigo? Muy simple. ¿Veis la pala de maderucha de ahí, bajo la capa? Pues bien, cometí el error de tomársela prestada sin haberle pedido permiso antes. Y todo porque una joven yopuka un poco chiflada (sí, es un eufemismo) me había citado para desenterrar huevos de bwak de tierra. Ahora me tomáis por un tarado mental, ¿no? Pero estaba sublime con su capa brakmariana, su largo cabello negro que se fundía con la tela, sus ojos de almendra, sus senos puntiagudos, su cintura de avispa... ¡y esas piernas! ¡Esas piernas, Dios mío!... Esos muslos esbeltos a los que no se puede decir que no.

Por supuesto, la idea de encontrar huevos de bwak cavando al pie de las montañas me hacía reír... Pero ¡¿qué no habría hecho yo por probar del fruto prohibido de esa yopuka tarada?!


¿Sabéis qué es lo peor? Que tenía razón. Encontramos huevos cavando en la montaña... recién puestos, además. Cuando le pregunté qué pensaba hacer con esos huevos, entendí hasta dónde puede llegar la estupidez de los yopukas. Me encantan, no voy a decir lo contrario..., sobre todo si están desnudas. Sin embargo, para comer huevos de bwak de tierra, hay que estar completamente mal de la cabeza, ¡además de tener un estómago hecho con la piel de un puerkazo y más grande que un pandikaze obeso! Así que si os preguntáis por la historia de esta cáscara vacía que se encuentra frente a vosotros, no os preocupéis: su morador acabó hecho puré...


No, en serio... Aquel día fue grandioso. Lleno de risas, de sorpresas, de locuras...

Por la tarde, acabamos aquí, a los pies de Sram, con algunos frascos de Pandapils que mi encantadora yopuka había traído. Estábamos completamente ebrios, cantando en voz alta: «Pandapils, Pandapils, Pandapils, tralaralará...», cuando Miss Tigry y su legítimo esposo llegaron. Furiosa al verme borracho con una yopuka más joven que ella, no tardó en encontrar una manera de vengarse:

―¡Oh, cariño! ¡Tu pala de maderucha!

―¡Sabandija! ¡Así que tú me la has robado!

Ni siquiera me dio tiempo a correr ―tambaleándome― hasta un escondite: ya me había quitado la pala y me golpeaba con ella. Al caer sobre las rodillas de mi bella yopuka, vi cómo mi mochila se volcaba delante de ella, dejando a su vista esa carta del ejército de Bonta, por la que se me convocaba para enrolarme.


Pude ver el sentimiento de traición en los ojos azules de mi dulce locuela. Bebió un último y largo trago de Pandapils y me tiró el frasco vacío a la cara. Tras pegarme unas cuantas patadas en el ala, se fue sin ni siquiera llevarse su capa...


Hujikan

*un tamtán tocado a ritmo frenético*

―Abawana, Abawana...

―¡Oh! ¡Viajeros!

―¡Buenos días, bravos aventureros! Yo, Huji-ji, el pandawa poeta, deseo contaros la historia del fabuloso Flith-Voyth, el aniripsa amnésico:

*largo intermedio musical con tambores, laúd y otro instrumento foráneo*

«Un pobre enfermero, apaleado junto a bellos floreros, por el populacho despertado, todo lo había olvidado, todo lo que la noche le prometióoo!...

»Una pala rota y de tosca fabricación que se encontraba junto a él le recordaba una vieja cuchara. Sin más espera, se levantó y observó a cada lado. Su ala le hacía sufrir, mutilada como estaba, y él no podía recordar nada. Se preguntaba cómo había llegado allí, pero solo el destino se lo podría deciiir...


*inspiración*

»Y la ciudad recorrió, cargando sus objetos, testigos de su desgracia, pero sin ningún valooor... Una cáscara quebrada cuyo huésped había desaparecido; de color negro azabache una capa, de la que rezumaba el mal; un retrato estropeado, en el que sonreía una zurcarák; un sello misterioso de un soldado prestigiosooo...

*música de laúd, tranquila y cándida*

»El pobre aniripsa, cuya memoria borrosa estaba, se encontró con el soldado de la misiva de Bonta...

»El hombre, poco locuaz, vio la funesta capa; la vestimenta incautó y a nuestro héroe arrastró por toda la plaza...


»El hombre se detuvo, pues en la ciudad de los mercenarios, ni Bonta ni Brakmar tienen poder alguno. "Está bien", se resignó, y a nuestro héroe soltó.

»El hombre sabía, sin duda, el porqué de aquella mascarada, y nuestro héroe le cuestionó bajo las arcadas.

*inspira y retoma su canto con mayor intensidad*


»Se encontraban frente a la puerta de La Paliza Feliz. A su sucio tabernero había timado el aniripsa, de manera que había huido, uniéndose al enemigo. Mientras corría hacia el peligro, aquella carta fue a llevarle un pío. Borracho como estaba, su vista le fallaba, y obligó a nuestra hada a interrogar a un hombre que sí estaba fresco. El soldado brakmariano, al ver la firma, casi parte en dos pedazos al enfermero, el cual levantaba el vuelo con la capa de aquel pardillo. Fue a encontrar la tranquilidad a una mina de mala fama, en donde los mineros sobrexplotados lo persiguieron por los túneles. Nuestra hada se vio obligada a ponerlos en su sitio con una nueva pala milagrosamente desenterrada.

»Huir era su única salvación, pues los mineros lo perseguían con furor. Una vez encontrada la salida, ¡qué sorpresa fue la suya al encontrarse con un kwak de desmesurada talla! Ebrio y asustado, solo un loco lo habría hecho: a la bestia robó sus polluelos bien amados.

»El bontariano, bien escondido, había contemplado la epopeya, antes de golpear al aniripsa ebrio y enviarlo al calabozo.


»Milagrosamente, un sram no muy inteligente a nuestro héroe liberó, al confundirlo con su jefe, a quien tantas veces se arrestó.

»El pobre aniripsa, ya sobrio, fue abandonado frente a la estatua del dios malvado...

»La moraleja de esta historia es: si bebes en La Paliza Feliz, ten cuidado, no vaya a ser que la sombra de Sram te vaya a seguir».

*didiliiiing dliiiiiing*

―Bueno, yo me vuelvo a la taberna...


Lordo

Con un gemido, el aniripsa Oligo se incorporó. No sabía cuánto tiempo había estado inconsciente, pero su ala derecha y su cabeza le dolían como mil demonios, y su estómago reclamaba alimento. Con una mueca, miró a su alrededor y se dio cuenta de que se encontraba en Astrub, a los pies de la estatua del dios Sram, que parecía observarlo con aire burlón. Había caído la noche, y las pocas personas que pasaban por allí apenas volvían la mirada.

«Pero ¿qué hago aquí? ¿Y qué...?», se preguntó.

Había algunos objetos esparcidos a sus pies. Se inclinó para agarrarlos y los examinó: una pala de maderucha, una capa brakmariana, una foto, una carta y una especie de cascarón de huevo de buen tamaño, negro como el ébano quemado.


Aquellas minucias le resultaban familiares, pero no era capaz de recordar nada de los últimos días. A la luz de una linterna, examinó la fotografía: una zurcarák de entrada edad, con aire sereno, sentada sobre un tronco delante de lo que parecía ser unas copas de árboles. La metió en su bolsillo y leyó la carta. Supo así que había sido invitado a conocer a Just Issforowl, un capitán de la guardia de Bonta. Decidido a comprender cómo había llegado a Astrub tan maltratado como un Puch Ingball, reunió todos los objetos y se dirigió al oeste, hacia la majestuosa Bonta.


Las fortificaciones de la bella ciudad aparecieron frente a sus ojos al alba. Aceleró el paso. Cuando tenía la puerta a apenas veinte minutos, un miliciano le cerró el paso.

―¡¿Quién va?!

Adoptando el aire más importante que su dolorido cuerpo le permitía, Oligo blandió la carta frente al rostro del soldado.

―¡Debo ver al capital Just Issforowl por un asunto de suma importancia!

El guardia, al reconocer el sello de la carta, se apartó.

Gracias a las indicaciones de algunos bontarianos y a la ayuda del documento oficial que portaba, el joven aniripsa llegó por fin al despacho del capitán. Llamó y entró. Un inmenso yopuka se dio la vuelta y, al verlo, abrió los ojos como platos y se abalanzó sobre él.


―¡Oligo! ¿Vienes solo? ¿Dónde están Ymmur, Sever y Flechaviva? ¿Tienes el huevo? ¿Estás herido?

―Señor, he venido esperando encontrar respuestas, no preguntas...

―¿Cómo dices?

―Anoche me desperté en Astrub. No sé quién es usted y apenas sé quién soy yo... Esperaba que usted pudiera aclarármelo porque entre mis cosas he encontrado... esta carta.

El capitán tomó la carta que le tendía.

―Claro, es la convocatoria. ¿Quieres decir que sufres amnesia?

Se podía leer la preocupación en el rostro del yopuka.

―Exactamente, señor.

Con aire disgustado, Just Issforowl se dejó caer en su sillón.


―¡Qué desastre! Hace dieciséis días que os fuisteis. Los brakmarianos probablemente ya han echado el guante al huevo.

Oligo sacó la cáscara negra que guardaba en su alforja.

―¿Se refiere a esto?

―¡Por Jiva! ¡El huevo negro! ―exclamó el capitán―. ¿Está vacío?

Oligo, con un trozo de cáscara en cada mano, se limitó a encogerse de hombros.

―¿Podría decirme quién soy, y qué hacen esta cáscara, esta capa y esta pala entre mis cosas?

Just Issforowl se volvió a mirar a través de la gran ventana por la que entraba un sol radiante, que iluminaba su rostro lleno de cicatrices.

―Eres Oligo, un cazatesowos. Y uno de los mejores. Me ordenaron contratarte a ti y a Ymmur, otro cazador ―un zurcarák―, para encontrar el huevo negro antes que las tropas de Brakmar.


»Solo Djaul sabe lo que podría pasar si cayera en las manos equivocadas... Dos mercenarios os ayudaban en la misión: Flechaviva, un ocra, y Sever, un sram. Sus habilidades en combate son de sobra conocidas; me sorprende que hayáis fracasado en vuestra misión con tanto talento a vuestras espaldas.

―¿Qué es este huevo negro?

―Los escritos sagrados de la biblioteca de Bonta cuentan que cada diez mil lunas nuevas, el legendario bwak negro sale de su refugio subterráneo y pone un huevo. También está escrito que...

El capitán no había terminado de contar su historia cuando alguien llamó a la puerta. Una zurcarák entró en la sala, y Oligo no necesitó ni un segundo para reconocer a la zurcarák de la fotografía. No parecía para nada sorprendida de verlo en el despacho del capitán.


Su rostro y sus ropajes ―reales―, a plena luz y sin amarillear por el tiempo, hicieron que el aniripsa recordara de pronto el huevo negro y el poder que el codiciado bwak negro otorgaba a su poseedor; el encuentro con White Jackie, la exploradora bontariana apostada en el pueblo de los salteadorillos; el camuflaje del grupo a base de capas brakmarianas; los dos días y dos noches que habían pasado cavando las landas de Sidimote, buscando el huevo; el descubrimiento de este; y la traición de Sever, el sram, y de sus secuaces escondidos entre la maleza.

―Capitán. Oligo, supongo que ya has contado al capitán nuestra desafortunada aventura, ¿no?

―Pero ¡¿qué haces tú aquí?! ―exclamó el capitán―. ¿Por qué no has continuado con tu misión?


―Ya no existe misión alguna, señor. Los brakmarianos nos tendieron una emboscada, orquestada por Sever. Se hizo con el huevo una vez lo hubimos encontrado y desenterrado. Estaba confabulado con las tropas brakmarianas desde el principio. Flechaviva ha sido capturado e Ymmur...

Fuera, sonaron bruscamente las trompetas de alerta. El yopuka dio un brinco con la mano ya puesta sobre la vaina de su gigantesca espada. Sorprendido, Oligo le siguió rápidamente, seguido a su vez por White Jackie. Subieron los escalones de las murallas de cuatro en cuatro, y lo que vieron los dejó clavados en el sitio.

Una centena de soldados brakmarianos a lomos de colmillos blandos se abalanzaba, aullando en medio de una nube de polvo, sobre la ciudad.


Pero lo más impresionante era el inmenso bwak del color de las tinieblas que los encabezaba, rasgando el cielo azul con una envergadura infernal. A sus lomos, montaba un sram encapuchado, que llevaba a cada mano una espada corta que desprendía un brillo mágico.

―Fabuloso ―murmuró muy a su pesar White Jackie.

―¡Arqueros, en posición! ―gritó el capitán, sonriendo de emoción a pesar del horror que le inspiraba aquella monstruosa escena. Desenvainó su hoja resplandeciente y descendió las escaleras sin dejar de vociferar órdenes a sus hombres, los cuales estaban paralizados por el miedo. Un pensamiento cruzó veloz su mente: nunca más volvería a confiar en un sram.

En el momento en el que los primeros colmillos blandos alcanzaron la puerta sur de Bonta, Oligo recordó el aire burlón de la estatua de Sram de Astrub, y comenzó a rezar.


Madahín

―¡Eh, despierta!

―Mmmm... Mamá, estoy durmiendo. ¡Déjame en paz!

―¡Arriba!

Un aniripsa está tirado en el suelo. Una ocra, de rodillas a su lado, intenta despertarlo. El aniripsa abre los ojos, y se da cuenta con sorpresa de la situación: está tirado en una oscura calle del Mundo de los Doce...

―¿Dónde estoy? ―balbucea, confuso.

―Estás en Astrub. Ya sabes, la ciudad más poblada de la región... ―ironiza la joven ocra. Duda un momento―. ¿Y bien? ¿Estás perdido, pequeño? ¿Quieres que te ayude a encontrar a tu mamá?

―¿Tengo pinta de crío o qué? ―protesta el aniripsa sonrojándose.


―¡Quién sabe! Todos los aniripsas tenéis cara de niños...

Él suspira.

―¡No recuerdo nada! ―exclama de pronto, rompiendo así el silencio incómodo de la ocra.

Mira a su alrededor. Unos srams con aire burlón lo observan junto a una estatua extraña, sonriente. Entre los dedos tiene un papel arrugado, y está sentado sobre una tela oscura. Lee el papel: una carta.

―«Yo, Amayiro, jefe de la milicia bontariana, certifico que a partir del día 28 de agusto del año 636, el miliciano S. ESUPEWY queda readmitido en la milicia bontariana».

―¿Esupewy? ¿Como Sam Esupewy, el autor de El pincelito? ―pregunta la ocra, que también ha leído el papel.

―Esupewy es un wabbit... Y su libro es El pwincipito, inculta... ¿Tengo cara de conejo o qué?


«Pfff... ¡Vaya amnésico! ¡Suelta toda su cultura literaria, pero no es capaz de acordarse ni de su propio nombre!».

El aniripsa intenta levantarse.

―¡Ay! Me duele el ala izquierda...

―¿Cuál?

―La izquierda, te digo...

―Tienes dos pares de alas, imbécil. Tus alas de aniripsa y unas pequeñas alas blancas, ahí... ―explica ella con tranquilidad, quedando accidentalmente enganchada al ala angelical de la izquierda.

―¡AYYY! ¡Podrías tener más cuidado!

―¡Eh, eh! Soy una guerrera, ¡no una enfermera! En cambio, tú... no tienes pinta de ser muy bueno luchando. Toma tu arma; estaba a tu lado ―añade mientras le tiende una pala de maderucha.

―¿Eh? Ah... Gracias ―responde él ofendido, contemplando la pala.

―También he encontrado unas cáscaras de huevo de bwak y... esto.


La ocra le da el retrato de una vieja zurcarák, de mirada inteligente. Aunque no sabe de quién se trata, el aniripsa se siente mal de repente; palidece, le arrebata con brusquedad el retrato de las manos a la sorprendida ocra y grita:

―¡Ni se te ocurra tocarlo!

El grito del aniripsa hace enmudecer las conversaciones a su alrededor, y los transeúntes lo miran sorprendidos. Incómodo, vuelve a intentar levantarse, pero el movimiento reaviva el dolor de su ala y no tiene más remedio que seguir en el suelo.

―Pareces estar sufriendo ―le dice en tono compasivo la joven ocra―. Ven. Quizás puedas tumbarte a descansar. ―Señala una casa en venta pegada a las murallas.

Agarra la tela oscura del suelo y, bajo la burlona mirada de Sram, conduce al aniripsa al interior y lo sienta sobre la cama. Luego, minuciosamente, comienza a registrar todos los recovecos de la habitación.


―¿Qué haces? ―pregunta él, confuso.

―Quiero asegurarme de que nadie pueda oírnos ―responde ella con tranquilidad.

―¡Eh! No estarás pensando en que tú y yo...

―No ―le corta ella―. No te preocupes. Yo también soy de Bontar. A ver... El hecho de que tu ala blanca esté rota hace pensar que has luchado contra un brakmariano... Sin embargo, las estatuas divinas de Astrub generan una zona de no agresión... ―Observa atentamente el rostro del aniripsa durante un segundo―. Un brakmariano de poco nivel, como tú, fue asesinado ayer muy cerca de aquí. Lo mataste tú, ¿me equivoco?

El aniripsa palidece. Su mirada se vuelve ligeramente nerviosa: ya sí recuerda... ―Entonces, tú eres...


―... Mah Taharih, de los servicios secretos de Brakmar. Mis alas son de mentira. ―Marca una nueva pausa, antes de gritar secamente―: ¡Vosotros, venid aquí!

Dos guerreros enmascarados surgen de la escalera y, a modo de intimidación, despliegan sus alas demoníacas.

―Estos son Mismonn y Pehnni, tus «verdugos», señor Esupewy, ya que ese es tu nombre. Verás, al leer tu libro El pwincipito, me pareció que su estilo no era natural...: era un código con el que divulgabas los nombres de nuestros agentes infiltrados en Bonta. No está mal la idea de esconder códigos en un best-seller... Ni está mal la idea de hacerte pasar por un wabbit ante los lectores... Una idea tan estrafalaria que podía alejarte de toda sospecha.


»Solo te hacía falta una prueba de tu lealtad... como la placa y la capa de uno de nuestros espías, al cual asesinaste ayer por la noche, aquí al lado, y cuya capa tengo entre mis manos. ―La ocra se regocija blandiendo con aire teatral la capa brakmariana―. Si eso te tranquiliza, ese inútil será remplazado mañana mismo. En cuanto a su placa, la habrás escondido antes de desmayarte; pero una cosa es segura: la encontraremos. Dicho esto, no me explico la presencia de cáscaras de huevo de bwak justo a tu lado. No obstante, este retrato...

»La he reconocido enseguida: Miss Tyficadora, jefa del Estado Mayor de Brakmar. Desde que ocupa ese puesto, no dejamos de acumular derrotas... Pero ahora lo entiendo: ella también es una espía. Dime... ¿Estoy en lo cierto?

―Te... Te equivocas ―balbucea Esupewy, a la vez desconcertado y ofendido.


―No eres muy convincente... Dime, ¿sabías que debido a un dolor brutal, como la fractura de un ala..., se puede perder la memoria? Es pasajero, por supuesto: tú ya has recobrado la tuya. Aunque nosotros tenemos la forma de borrarla para siempre... Matarte sería algo vulgar. Las guerras entre espías son demasiado refinadas para algo así...

A continuación, le da la espalda y baja las escaleras. Los dos guerreros obligan a Esupewy a beber una pócima extraña. Antes de desmayarse, piensa: «¡Idiota! La placa de tu espía está de camino a Bonta, en manos de un cómplice. En cuanto al huevo de bwak, es un antídoto que he encontrado para tus queridas "pócimas Memento". Recobraré la memoria dentro de unos días... Habréis descubierto a Miss Tyficadora, pero quien ríe último...». Después, se desmaya.

Al día siguiente, se despierta cerca de la estatua de Sram, tirado en el suelo. No se acuerda de nada...