Dioses y Demonios
Pequeño tratado para místicos
Los dioses y sus orígenes
¿De dónde provienen los dioses? Porque los Once no son los únicos. No están solos en el universo, ¡ni mucho menos! La verdad es que proliferan por todas partes, incluso a nuestro alrededor, aunque a menudo son completamente ignorados por los mortales.
Hel Munster, en una de sus obras menores, el Diis Ignotis, estima que hay mil ochocientos veinticuatro. Este filósofo, famoso por sus teorías de la brisa cuadramental, sostiene que caen desde el universo al Mundo de los Diez gracias a esta brisa mágica. Por supuesto, como todos los otros filósofos de las deidades, nunca fue capaz de demostrarlo.
Entre las divinidades que registró, podemos encontrar algunas destacables: el dios de los hongos comestibles, el dios que adormece a los moskitos en las noches de verano, el dios de los bailes excitantes de los gusanos de anzuelo (excitantes para los peces, evidentemente). Así como también destaca dioses aparentemente indispensables: el que aumenta extraordinariamente la fuerza de un golpe o el efecto de un hechizo, el único que puede hacer que los árboles crezcan más rápido, el que manipula los restos de los monstruos para que encontremos herramientas muy útiles, hermosas baratijas y elementos que nos faciliten nuestros proyectos de aventureros.
Resumiendo, una multitud de dioses, siempre al acecho, listos para lanzarse sobre el primer ser vivo que les preste tan solo un instante de atención (es todo lo que necesitan en un primer momento). Pero el objetivo real es cambiar la mencionada atención por una FE auténtica. Ciertamente, los primeros pasos de un dios son bastante modestos. A pesar de que realmente quieran ser reconocidos como lo que son -dioses con un poder que pronto será inconmensurable- tienen muy pocos medios: intuiciones, signos y voces. Además, sus seguidores deben creer en ellos... Y antes de que eso ocurra ¡hay un largo camino por recorrer!
Por ejemplo, tomemos el caso de la diosa Sacrógrito, que no nació ayer... Ella logró imponerse en el estrecho círculo de los dioses tremendamente útiles...
Su ascensión comenzó con una simple observación: el Mundo de los Diez era un mundo de sufrimiento. Había sufrimiento de todo tipo: dolor, devastación, tormento, tortura y otros muchos más (lo extraño es que los otros dioses no se dieran cuenta antes). Sin embargo, cuando los dioses están buscando creyentes, la idea es simple: para hacerse un nombre, hay que innovar en lo sagrado. ¡Y la diosa Sacrógrito lo entendió!
Eligió a un aprendiz de leñador del que se decía que un hacha en sus manos era como un rayo en el cielo, que nunca cae dos veces en el mismo lugar. Sus diez dedos no eran suficientes para contar sus heridas... Cada día, la diosa iba junto a él, diminuta e invisible; esperaba pacientemente a que estuviera a punto de estallar, y gritase de dolor o de rabia. Finalmente, ese día tan esperado llegó. Mientras él sujetaba su cabeza entre sus ensangrentadas manos, pensando golpearse contra un tronco, ella le susurró al oído:
Si te golpeas tú primero
con la fe llenando tu cuerpo entero,
en tu sangre verás repentina,
una dosis sorprendente,
y extremadamente potente
¡de adrenalina!
Con ella los leños de un golpe partirás
y más cosas increíbles harás,
como subir corriendo a una colina.
El leñador aprendiz siguió el consejo que le dio la voz. Su hacha cayó. Sus dedos estaban ilesos, y el leño estaba cortado por la mitad. Luego, volvió a escuchar la voz en su cabeza:
Antes que ser víctima de otra fusta,
inflígete tú una penitencia justa.
¡No volverás a sufrir si el dolor te gusta!
¡¡Sagrados son tus gritos, Sacrógrito!!
Como la voz que oía era una voz femenina, el leñador creyó en una diosa que se llamaba Sacrógrito. Todos los días, se golpeaba copiosamente los dedos, la cabeza, los brazos... y a cada golpe crecían sus fuerzas. Pronto empezó a rezar oraciones de su propia creación: «La alegría de recibir, el placer de dar» o «Ofrece la mejilla derecha, golpea con la mano izquierda». En este punto, la diosa Sacrógrito sabía que estaba listo para ser un profeta...
Durante el terrible invierno provocado por la muerte de Solar, el leñador salió a los campos a predicar. Como los campesinos habían sufrido tanto, escucharon atentamente al extranjero que prometía convertir su sufrimiento en una nueva fuerza.
En menos de una semana, el leñador había propagado sus oraciones más que otros sus gérmenes. Los creyentes crecieron en masa, la diosa fue sumada al panteón, y desde entonces el Mundo de los Diez se llamó Mundo de los Once...