Dofus Codex
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Dofus 3

Forjados por nuestros padres

858 palabras
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Reinamos bajo las montañas desde hace más de siete mil años. Somos los amos del mundo subterráneo; horadamos la roca para extraer los metales que luego moldeamos a nuestra conveniencia. Nuestros picos abren caminos en la oscuridad igual que la luz penetra en las tinieblas; nuestros martillos golpean los yunques al ritmo del canto de los artesanos. ¿Nuestra recompensa? Esculpir la piedra, fundir el hierro y pulir las gemas para crear obras maestras que transmitiremos a nuestra estirpe.

A pesar de ello, no somos móguices. No nos escondemos de los habitantes de la superficie. El fuego de la guerra arde en nuestras venas. No tememos a nada ni a nadie: son nuestros enemigos quienes nos temen a nosotros. Los trools de las cuevas manchan sus taparrabos solo con oír nuestro nombre; los bworks nos tienen pánico; los cocodrails llaman quejosos a su mamá. Hasta los dragones duermen con un ojo abierto. Y es que estas criaturas viles desprovistas de honor saben que no mostraremos piedad alguna si los sorprendemos en nuestras cuevas.


A lo largo de los milenios hemos librado muchas batallas. Son innumerables los goblins que han perecido bajo el peso de nuestra furia (y de la cabeza de nuestros martillos). Hemos expulsado sin contemplaciones de nuestras minas a los discípulos de Anutrof; a los servidores de Ocra les pedimos que regresaran a sus bosques para no acabar arrojados a la lava. Algunas disputas entre los siete clanes se zanjaban a golpe de hacha, cuando no a golpe de jarra llena. Tuvo que pasar bastante tiempo antes de que nuestros soberanos se decidieran a coronar a un señor entre ellos, un jefe supremo, un rey de reyes: Skori Blancabirra fue el primero. Por desgracia, también fue el último...

Sin embargo, el reinado de Skori comenzó con los mejores auspicios. Hicieron falta siete días para elegir a uno de entre todos los pretendientes al trono de grithril. Tras una contienda memorable, se acabó imponiendo el rey del clan Blancabirra.


El primer cometido del monarca consistió en unificar los clanes bajo una sola bandera: mil cervezas, un rey. Había que poner fin a numerosas disputas. Las biblias de los rencores y las recapitulaciones de afrentas se purgaron de los contenciosos que enfrentaban a las familias. Se firmaron nuevas alianzas, se sellaron pactos y se intercambiaron pelos de barba.

Cuando el Sangriento Señor de Jade partió a la conquista del Mundo de los Diez para expandir su imperio, Skori se alzó contra él. Los Cabeza Dura y los Barbamundo hicieron frente común para proteger las llanuras de Cania; los Botafuego detuvieron la nanoinvasión al sur de las landas de Sidimote. Los Martillelo y los Blancabirra atravesaron el mar Kantil para reforzar las tropas que combatían en el continente. Los Vientrepiedra defendieron el reino de Amakna. Quienes pagaron más alto precio fueron los taponanos de la montaña de los koalaks, que sufrieron el ataque frontal de las legiones de cocodrails. La reina Trenzha Verdín se distinguió durante el enfrentamiento definitivo contra los escamosos sobre la colina de Astrub. El emperador cayó ante las murallas de la ciudad de los mercenarios; su ejército fue diezmado. Por primera vez en la historia, los discípulos de los Diez combatieron a nuestro lado; nuestra victoria pasó a formar parte de la leyenda.


Tras estos acontecimientos el mundo cambió. Los dofus trajeron la esperanza de un futuro mejor antes de caer en manos de un dragón. El Reloj de Xelor comenzó a marcar el curso del tiempo, recordando de forma inexorable el peso de los años sobre los hombros de los mortales.

Las ciudades de Bonta y Brakmar nos dividieron. La desconfianza, la hipocresía y la mentira quebrantaron las antiguas promesas. Durante la Aurora Púrpura, los hijos y las hijas de las montañas se volvieron unos contra otros. Dejaron de pertenecer al mismo bando; no volvieron a compartir mesa durante los banquetes organizados por el rey de reyes. Skori Blancabirra, último símbolo de la unión de su pueblo, se negó a tomar partido. Esta decisión le costó la vida: él y los suyos fueron asesinados por cobardes al servicio de demonios. La atroz masacre marcó el final del gran reino unificado de los taponanos.


En el gran salón de los Blancabirra hoy ya solo sopla el viento. El resto de los clanes se han replegado sobre sí mismos. Los Martillelo luchan contra un invierno eterno; los Cabeza Dura han sido expulsados de su fragua por seres contra natura; los Botafuego perdieron a su rey; los Barbamundo se complacen en sus sueños de conquista; y los Vientrepiedra ya no salen de su reino. Solo los Verdín siguen fieles a su juramento: velan por que los escamosos dejen de ser una amenaza para el Mundo de los Doce .

Esta es nuestra historia. Aunque a veces sintamos un peso en el corazón, festejamos cada vez que tenemos ocasión y alzamos nuestras jarras para brindar por la gloria de quienes nos precedieron. Cuando golpeamos con los martillos sobre las hojas incandescentes, oímos las voces de nuestros ancestros resonando de nuevo en los salones majestuosos, como ecos del pasado.

Somos los taponanos, los hijos del Forjador.
Mientras haya montañas, reinaremos.

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