El bastón y el escudo de Feca
Hace mucho tiempo, un pintor se instaló en Incarnam. Un día, mientras bosquejaba las nubes al borde del archipiélago celeste, la diosa Feca pasó por allí. Curiosa, miró por encima del hombro del artista y halagó su trabajo:
«Me gusta mucho como dibujas. Por favor, dibuja un jalató para mí. Lo enmarcaré y lo colgaré sobre la puerta de mi corral divino.»
Dibujar animales no era la especialidad de aquel pintor, que prefería la naturaleza muerta y los paisajes bucólicos. Pero como no quería contrariar a Feca, lo hizo.
La diosa observó atentamente el resultado y dijo:
«Tu jalató parece muy enfermo, no llegará a primavera. Haz otro.»
El artista dibujó otro.
«Esto no es un jalató, es un jalamut. Tiene unos colmillos enormes...»
El artista hizo otro dibujo más. Pero al igual que los anteriores, la diosa lo rechazó:
«¡Este es más viejo que Anutrof! Quiero un jalató que viva mucho tiempo.»
Al borde de un ataque de nervios, el artista garabateó un último dibujo y dijo:
«Aquí tiene una caja. El jalató que quiere está dentro.»
El pintor sonrió enseñando todos los dientes. Esperaba ver cómo la cara de Feca se iluminaba ante un método tan revolucionario.
Pero en lugar de eso, la Altiva Pastora frunció el ceño, dejó su égida, plantó su cayado en el suelo y se subió las mangas de pura lana virgen. Después, se dispuso a castigar al vil estafador que osaba reírse de una diosa.
La historia no dice qué le pasó al artista irreverente. Pero la cólera de Feca fue tal que olvidó sus cosas cuando se fue... A menos que dejara su bastón y su escudo a modo de advertencia.