Dofus Codex
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Dofus 3

Caída del cielo

Entre wukin y wukang

873 palabras
100%


Una noche un poco más oscura de lo normal, un acontecimiento poco habitual tuvo lugar en el cielo justo encima de Pandala. Una estrella se descolgó de la bóveda celeste. ¿Cómo y por qué? Solo los búhos que anidan bajo las inmensas alas del gran dragón tienen la respuesta, y no cuentes con ellos para que se lo ululen todo al primero que llegue.

Tras una caída vertiginosa a través de la oscuridad agujereada por cabezas de alfileres, bajo las miradas de los soles moribundos, el astro en peligro atravesó las nubes del Mundo de los Doce, rebotó sobre algunas montañas y acabó rompiéndose en el fondo de un lago insondable, en mitad de un bosque de bambúes.



No muy lejos de allí vivía un artesano pandawa. En la soledad de su cabaña, Yokizawa trabajaba sin descanso, de sol a sombra, en la confección de un papel de grano más fino que la arena del sueño. Luego tomaba una cena frugal, rezaba a la diosa y se acostaba rápidamente.
Antes de cerrar los ojos, acariciaba con sus dedos el forro de un libro grueso que descansaba en su mesita de noche. Una obra heredada de su padre de la que nunca había podido recorrer sus páginas ya que el sentido de las palabras se le escapaba. A pesar de todos sus esfuerzos, el maestro del papel blanco no había conseguido dominar las letras negras... Una de esas amargas ironías de la vida.



Al despertarse sobresaltado por el silbido de un meteoro incandescente sumergiéndose en el agua fría, Yokizawa salió de su cabaña. Distinguió una luz en las profundidades del lago.
Le pandawa se sumergió en él sin dudarlo. No tenía miedo. Nació a orillas de este lago y los kuapas lo dejaban en paz.
Acabó volviendo a la orilla. En su mano, una piedra refulgía débilmente, pesada a causa de un velo líquido, como una luciérnaga venida a otro mundo que hubiera perdido el equilibrio en el borde de un cubo de lluvia.
Yokizawa susurró palabras de consuelo. La roca celeste palpitaba, desorientada y aterrorizada. Tras colocarla cerca del hogar, el pandawa la vigiló, inquieto. Temía que perdiera su luz.
Pero se necesita más que el agua de un lago para apagar una estrella.



Pasaron los días. El artesano seguía con su labor diaria. Al atardecer, se sentaba delante de su casa, en los escalones, con la piedra a su lado. Señalaba con el dedo las constelaciones del Codiazo pandaleño. ¿De dónde venía este astro? ¿De chtigre o sería del toro? A menos que no se le cayera del cuerpo a las millones de escamas de la coolebra.
La estrella centelleaba tristemente, consciente de estar lejos de su hogar. Yokizawa sentía su nostalgia. Desafortunadamente, ¿qué podía hacer él? No era más que un humilde fabricante de papel.
Trataba de mantener los ojos abiertos para hacerle compañía a la que había acogido, pero el cansancio acabó por dar cuenta de él. Se durmió.
Y soñó.



Un Qilin saltaba en un bosque de origamis. La fiera fabulosa se detuvo un instante, asegurándose de haber atraído la atención del pandawa. Luego retomó su carrera salvaje hasta la orilla de un lago de tinta.
Unas cigrullas estaban reunidas. Bailaban con gracia al son de una música silenciosa.
Con una señal muda, alzaron su vuelo.


Yokizawa volvió de su corto viaje onírico. Se frotó los párpados llenos de arena. Se había llevado una cosa con él: una idea, que no tardó en germinar y desplegar sus pétalos.



El pandawa se encerró en su taller, eligió una hoja fina con textura nacarada, la posó sobre la mesa de trabajo y luego comenzó a plegarla minuciosamente, guiándose por su inspiración.
Cuando se detuvo, tenía una cigrulla entre sus manos. La llamó Vuelo. Ese nombre, esa palabra, aparecía claramente en su mente. Sin embargo, las palabras eran invisibles en el papel.
Agarró una nueva hoja de papel y creó dos cigrulla con largas alas. Danza y Ballet.
Otra hoja. Y otra más.
Diez cigrullas.
Veinte cigrullas.
El alba tiñó de rojo los bambúes.
Treinta cigrullas.
El crepúsculo rodeó los juncos con una niebla cenicienta.
Cien cigrulla.
Sobre la mesa de trabajo cubierta de pájaros blancos, la estrella brillaba con delicadeza. Su destello era el de la esperanza.



Pasó una semana.
Novecientas diecinueve cigrullas.
Y, finalmente, la última. Un deseo hecho realidad.
Todo se había confuso alrededor del artesano. Solo existían los plegados, las palabras, y la piedra naufragada.
Puso los ojos como platos. La cigrulla batía las alas en la palma de su mano.
Sus hermanas la imitaron.
Miles de pájaros se fueron volando por la ventana, llevándose con ellos al agradecido astro.
Yokizawa alzó la mano a modo de despedida.



Muchos años más tarde, en una noche un poco más oscura que de costumbre, un pandawa se sentó en los escalones de una cabaña, a orillas de un lago. Plegó lentamente una hoja de papel y la metió entre las páginas de un libro que dejó a sus pies. Conocía cada palabra de este libro. Lo había recorrido tantas veces.
Yokizawa alisó su pelaje salpicado de gris. Levantó la cabeza para mirar el Krosmoz antes de lanzar un profundo y último suspiro.
Después, se reunió con las estrellas.