El frasco de Aniripsa
Hace mucho tiempo, cuando Incarnam aún era joven, Anutrof se relajaba echado sobre un montón de oro, al borde del archipiélago celeste. Sus escamas rivalizaban en brillo con los metales preciosos bajo los rayos del astro solar, y aquellos brillos le tranquilizaban.
Un día, la siesta del Avaro se vio interrumpida: unos clamores insistentes atravesaban el Krosmoz. Estas súplicas no estaban dirigidas a Anutrof, sino a Aniripsa, la Divina Practicante. Jóvenes almas en peligro imploraban ayuda a la diosa.
El Hada de los Milagros apareció volando para socorrer a sus fieles, llena de gracia y ligereza. A un lado, le colgaba un frasco lleno de un elixir brillante como miles de luciérnagas en vuelo. Esta luz captó la mirada del Avaro, al que le dominó un deseo irreprimible: ¡Ese frasco de cristal tenía que ser parte de su tesoro!
Anutrof ofreció un puñado de monedas de oro acuñadas en su propia fragua a cambio del frasco: la diosa las rechazó.
Anutrof le ofreció el poder de hablar con las piedras y de entender sus rugidos rocosos: la diosa lo rechazó.
Anutrof ofreció un cortejo de almas que adorarían a Aniripsa hasta el fin de los tiempos: la diosa lo rechazó.
Anutrof ofreció un río de diamantes, una mina de plata, una montaña de rubís: la diosa los rechazó.
Obsesionado por el frasco que no podía tener, el Avaro perdió el sueño, el apetito y la razón. Su propia codicia lo consumía. Sus escamas se ablandaron y se convirtió en la sombra de lo que había sido en otro tiempo.
Entonces, la diosa desplegó sus alas con bondad y puso el frasco entre las garras de Anutrof: de este modo, él podría beber su contenido y volver a ser el que era, curándose así del mal que se había infligido. Calmar el dolor fue el regalo de Aniripsa, un regalo que no tenía precio.
Frente a este frasco vacío, que descansa en esta roca desde los tiempos del nacimiento de Incarnam, todos pueden recordar la lección: ningún hombre, dios o dragón puede comprar el frasco de Aniripsa.