Dofus Codex
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Dofus 3

Destino de un cazador

por Erenid Galeryl485 palabras
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Estoy grabando estas palabras ahora que aún puedo pronunciarlas. Pronto, todos mis recuerdos desaparecerán, y mi cabeza estará tan vacía como una cáscara de nuez kabombz. Solo me guiarán los instintos primitivos. Comer, beber, dormir. Dormir para soñar con una vida sacrificada en el altar de mi arrogancia y de mi locura...

He conocido la gloria, la satisfacción, los honores de un cargo prestigioso. He saboreado el poder y he sentido al máximo la excitación de la persecución. ¿Cuántas presas ha perseguido mi manada? ¿A cuántos culpables he castigado, clavados con mis flechas en el tejo del juicio?


La diosa me había concedido el derecho de condenar a muerte a quienes se negaban a asumir la responsabilidad de sus actos y a pagar el precio de sus errores y sus extravíos. Era un montero. Quizás el más tenaz y feroz de todos.
A mi lado cabalgaban los aulladores arqueros de la Caza Salvaje. Las fosas nasales de las monturas humeaban en la niebla, mientras sus cascos golpeaban las nubes como los tambores de los leodas. Yo dirigía el baile, el siniestro ballet que se abría con el sonido de la trompeta y terminaba con la nota del tañido.


He volado y cruzado muchas tierras al frente de mi tropa: bosques impenetrables, mares de olas verdes, llanuras que abrazaban el horizonte. Pero mi favorita era la Osabana. La espalda de un titán indómito pero amaestrado.

Galopé con la horda, ebrio de viento y de libertad. Sentía que podía hacerlo todo. Solo había una prohibición: no se podía molestar a la criatura ágil que vivía en los árboles. Por alguna misteriosa razón, el Amo de las Bestias la había puesto bajo su protección. No debía ir en contra de su divina voluntad en ninguna circunstancia.


Al principio fue fácil. Pero el mono era engañoso, astuto, más ruin que el más ruin de los srams. Sabía cómo jugar con su impunidad.
Más de una vez intervino en nuestras cacerías para desviarnos del buen camino. Cubría las huellas, imitaba los gritos de presas imaginarias y atormentaba a los molosos. Las monturas se encabritaban ante sus repentinas apariciones, amenazando con arrojarnos al abismo bordeado por una estrecha cornisa de escamas. ¿Por qué la tomaba con nosotros? No lo sé. Quizás por pura maldad.


Después de la enésima jugarreta, terminó ganando. Y yo perdí. Perdí la paciencia. Reuní a unos cuantos jinetes rhoarims y lancé la que sería mi última cacería.
Lo perseguimos durante varias temporadas. Cuando finalmente disparé mi flecha, corté el delgado hilo de su destino... y sellé el mío con el mismo golpe fatídico.


Ya no oigo la voz del arquilón. Ya no siento la exquisita pulpa de las manzanas azules. Ahora solo como el pan de mono.
Mil veces mil temporadas: eso durará mi castigo.
Mi memoria se vacía como un cáliz que una fiera ha aplastado entre sus colmillos.

Pronto, sí, pronto... ya no seré nada.