Un día en Astrub
Con el traqueteo de los caminos y al trote, me dirijo hacia Astrub. ¡Llevo muchísimo tiempo si volver a mi ciudad natal! El trabajo en el taller me permite rara vez dedicarme a pasearme y a distraerme, así que esta breve excursión se agradece.
Cuando la diligencia se acerca y se vislumbra la ciudad a lo lejos, no puedo evitar sonreír. La robusta muralla, los tejados multicolores, los bosques aledaños... Un horizonte que casi había olvidado. Y, sin embargo, guardo tiernos recuerdos de aquellos días que me pasaba vagando por las praderas, intentando alcanzar la copa de los árboles y jugar con los girasoles.
Me hacen una señal para que me baje; he llegado a destino. El bosque está cerca, ya huelo sus suaves aromas; ¿qué mejor que un paseo campestre para empezar este día?
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¡Qué bueno volver a este lugar! La luz se filtra a través de los ramajes, los follajes susurran bajo la brisa matinal. La vegetación, moteada de azul, de púrpura y de tantos otros matices, se asemeja a una acuarela. Siempre cambiante a la par que inmutable. Los fresnos y los castaños, los ardillóxidos dando brincos: no son los que conocí hace tanto tiempo, pero el bosque conserva su impronta indeleble.
Estos bosques parecen acoger a numerosos visitantes. Aventureros, seguramente, por sus pintas. Me pregunto qué los atrae a este lugar: ¿un tesoro olvidado, un enemigo de leyenda? ¿O, simplemente, la expectativa de una recompensa por sus servicios prestados?
¿Ha sido siempre así? No sabría decirlo. Quizás yo también he formado parte de aquellas y aquellos que soñaban con una vida llena de peripecias, de enfrentamientos épicos y de profecías...
Ay, ¡no debería dejarme llevar tanto por fantasías! Mis mercancías me esperan, será mejor que retome el camino al centro de la ciudad.
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¡No me acordaba de que Astrub estuviera tan llena de actividad! La ciudad es más densa que en mis recuerdos; transeúntes por todas partes, habitantes o viajeros, y talleres de toda clase. Las plazas de comercio deben rebosar de recursos y de materias: no puedo no curiosear un rato. Puede que descubra componentes raros y herramientas finamente trabajadas.
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¡Todo me lleva a pensar que los astrubienses ya no tienen los mismos estándares de calidad y de seguridad! Me quedo perplejo.
Fui testigo de un espectáculo desolador en el momento en que posé la mirada en mis mercancías tan esperadas: varios frascos rotos, plantas y especias amontonadas y desordenadas, rollos de pergamino empapados... Uno de los lados de la caja estaba arrancado.
Las mercancías que encargué están inservibles. Así que volveré al taller con las manos vacías; no me apetece nada pasar más tiempo cerca de las plazas mercantes.
Intenté hacer que el comerciante entrara en razón, pero me respondió que debía de tratarse de un problema de entrega y se limitó a decirme, con un tono de lo más impertinente, además, que me dirigiera a la Torre del Consejo y que hiciera allí una reclamación. Así que otra vez tengo que atravesar la ciudad e ir hasta el muro norte.
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Ahora estoy esperando en el gran vestíbulo de la Torre del Consejo; la señora Sepe debería recibirme en breve.
Así que aquí es donde se despachan los asuntos políticos de la ciudad. El sitio es sobrio: las paredes de piedras están decoradas con algunas banderas. Al fondo de la sala, dos escaleras macizas permiten ir a la planta de arriba. Me parece oír un traqueteo de engranajes; probablemente, el mecanismo del gran reloj. Aquí todo evoca el orden y la disciplina, hasta el personal. Una mujer con imagen estricta me lanza miradas insistentes; quizás debería guardarme la tinta y la pluma.
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Todos estos acontecimientos me han abierto el apetito. La taberna sigue siendo igual de amena y el menú es delicioso: un gofre grande y una infusión de hojas de verbena me vendrán perfectamente. Mi audiencia en la Torre del Consejo ha ido bastante bien, pero es difícil saber si obtendré alguna compensación. Mi caso no es un caso aislado; otros artesanos también han sido víctimas de incidentes varios: piedras de alma con contenido incorrecto, mimobiontes atrapados en redes de captura... Por lo visto, son los «gajes del comercio». Se supone que recibiré un correo próximamente, en el que se me informará del estado de mi solicitud.
Por el camino, me dio un vuelco el corazón cuando me fijé en el escudo de la gran Feca. Instalado en una placita, utilizado como mera decoración; vestigio de una época pasada...
Mientras escribo estas líneas, el silencio cae en la sala cuando una dulce melodía se hace oír. Una mujer de larga cabellera de oro está sentada en el estrado, sus dedos pellizcan las cuerdas de un arpa de madera labrada. Está entonando un canto impregnado de nostalgia: «Los embates del mar me están llamando a volver a ti... de repente supe que tendrías que partir y me vi en la encrucijada del tiempo; se han perdido las viejas costumbres».
En este instante me gustaría dejar atrás mi billete de diligencia y mi vida en el taller. Pero ¿para qué? La ciudad de Astrub que conocí ya no existe; no porque haya cambiado ella, sino porque he cambiado yo. No podría evitar sentir esta disonancia. Más que con sus grandes puertas, sus comercios y sus estatuas, con lo que me gustaría reencontrarme es con mis años de infancia...
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Estoy en la última etapa de este viaje. Las hojas ambarinas y bermejas cubren el suelo; la calma fúnebre solo la rompe el ruido de mis pasos.
En mi infancia, acompañaba a mis padres sin entender de verdad las cosas. Me gustaba llamar este sitio «el valle dormido»; hoy sus muchos caminos bordeados de criptas le dan más el aspecto de un pueblo. ¿Se despertarán a veces los espíritus? ¿Estarán en paz, o se lamentarán a semejanza de las estatuas que los custodian?
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El sol empieza a ocultarse, bañando la ciudad con una luz tornasolada; es hora de que vuelva. Dirijo con emoción los ojos al horizonte por última vez. Este día en Astrub no se ha desarrollado exactamente como había imaginado; estuvo lleno de alegrías y de penas, de desvíos y de imprevistos. Después de todo, ¿la vida no está siempre hecha de eso?
Una cosa es segura: no esperaré una temporada tan larga para volver.